La Rioja

Alfonso Ruiz: conquistando cumbres que se alzan en el asfalto

Alfonso Ruiz, enfermo de ELA, se encuentra a diario con problemas para acceder a los autobuses urbanos

Alfonso Ruiz sabe lo que es enfrentarse a retos titánicos. En octubre pasado subió al Cabezo del Santo con la ayuda de los miembros de las asociaciones Ezina Ekinez Egina y Gurpiltrek by Kemen, dos grupos que creen firmemente en que, con esfuerzo, lo imposible se hace posible. Para Alfonso, diagnosticado con Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), aquella experiencia fue un símbolo de superación y de cómo el apoyo puede romper barreras que parecen infranqueables. Sin embargo, la verdadera lucha de Alfonso no está en las cumbres sino en algo mucho más cotidiano: moverse por Logroño, especialmente en autobús, pero también por las calles. «Algunas parecen que están hechas para todoterrenos».

Después de la magia que sintió al llegar a los 1.854 metros de la cima y sentir que, a pesar de su enfermedad, podía llegar donde quisiera, volver a toparse con la realidad del día a día ha supuesto un pequeño mazazo. Otro más. Porque en la ciudad la realidad es otra. «A veces, simplemente subir a un autobús parece más difícil que escalar una montaña». Y es que, aunque Logroño presume de accesibilidad, la experiencia diaria de Alfonso con el transporte público demuestra lo contrario. Rampas que no funcionan, otras manuales que los conductores se niegan a desplegar por prisa o incomodidad que se contraponen a la mirada cómplice de muchos de los pasajeros que entienden su situación y que incluso son los que denuncian lo que le pasa un día sí y otro también. «Leí un Sereno en el que yo era protagonista y nadie de mi entorno lo había escrito. La verdad es que agradecimos que se pusiera de manifiesto la situación porque si me pasa a mí le pasa a muchas más personas que están en la misma situación».

Era el día de Navidad. Tenía una reserva en un restaurante a la que casi no llegó porque el último autobús del día no se dignó a bajar la rampa: «Decía que había mucha gente y que tenía mucha prisa». Y así, compuesto, con su silla de ruedas y su máquina de oxígeno, Alfonso tuvo que armarse de paciencia en la parada de la plaza Primero de Mayo y salir en dirección al Arco sin poder utilizar el transporte público que, como el resto de los logroñeses, paga con sus impuestos.

«Hay días en los que me toca esperar al siguiente porque la rampa está estropeada o porque el conductor me dice que no puede desplegarla porque tiene mucha gente a bordo. Otras veces, directamente ni se molestan». Esas situaciones afectan a su movilidad, pero no a su ánimo: «Si pude subir a un monte gracias a la solidaridad de unos montañeros, ¿cómo es posible que no pueda ir al centro de mi ciudad en autobús?».

Las barreras no son solo técnicas. Alfonso se encuentra, a menudo, con una falta de empatía que le recuerda que todavía queda mucho camino por recorrer en términos de inclusión. «Entiendo que los conductores tienen prisa, que el sistema no es perfecto, pero no puede ser que en pleno 2025 aún tengamos que pelear por algo tan básico como acceder a un servicio público». No siempre es una simple salida al centro a pasear, muchas veces es una cita al médico perdida o una reunión con alguien anulada. «Y en muchas ocasiones no poder coger el autobús supone que se acabe la batería de la silla y entonces se complican aún más las cosas».

Pese a todo, Alfonso no pierde la esperanza. Su experiencia en el Cabezo del Santo le recordó que, cuando hay solidaridad y compromiso, lo imposible se vuelve alcanzable. Ahora, su lucha es más terrenal: que las autoridades locales tomen en serio la accesibilidad y que el transporte público en Logroño sea realmente para todos. A veces las montañas a conquistar están mucho más cerca de lo que pensamos.

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