A mediados de septiembre me vi en la necesidad de ingresar a mi padre en una residencia privada en Logroño, ya que tras una operación de prótesis de rodilla no podía continuar viviendo solo. Mis hermanas y yo vivimos fuera de La Rioja, lo que hacía imposible su cuidado en casa.
Mi padre, de 73 años, siempre ha estado orgulloso de haber trabajado durante más de 50 años, cotizando y pagando sus impuestos con la firme convicción de contribuir al bienestar social. Hoy, con alzhéimer y movilidad reducida debido a su reciente operación, su única opción para mantener una vida digna ha sido ingresar en una residencia privada, con todo el esfuerzo emocional y económico que eso conlleva.
Tras visitar varias residencias privadas (ya que acceder a una pública es inviable sin un grado de dependencia 2), finalmente encontramos una que nos convenció a ambos. Un entorno espectacular, prometía fisioterapia tres veces por semana, apoyo psicológico y social, y comidas preparadas con variedad diaria. Todo parecía ideal, hasta el punto que me pregunté si no viviría mejor allí que en mi propio piso compartido en Barcelona.
La realidad, lamentablemente, fue muy diferente. Tras tener que ir a Logroño expresamente para sacar a mi padre de esa residencia, me doy cuenta del gran problema que enfrentamos como sociedad en el cuidado de nuestros mayores.
Mi padre sigue siendo una persona consciente, con ganas de vivir y, por suerte o por desgracia, con un fuerte sentido de la justicia, no ha podido convivir con el trato impersonal y de mínimos que allí existía.
Tras dos semanas tras su salida de la residencia, conseguí que nos devolvieran parte de la medicación que llevamos al centro en su ingreso y, cuál es nuestra sorpresa cuando no nos dieron todos los medicamentos que llevamos, y, además, no nos dieron ni aquellos que compraron en la farmacia con su tarjeta sanitaria y dinero mientras él estaba ingresado en la residencia. De los medicamentos que nos dieron algunos tienen hasta el nombre en la caja de otro de los residentes de la residencia.
Todo esto me genera mucha rabia, dolor e impotencia, de ver cómo hay empresas, y, dentro de ellas, personas, que tratan a nuestros mayores de una forma denigrante e impersonal, mostrando cómo para ellas mismas, las residencias son un simple vertedero de personas. Y, si esto lo hacían con mi padre, persona totalmente consciente y cabal, no me quiero imaginar el trato que se les dará a las personas que no puedan comunicar a sus allegados los detalles del trato que reciben.
Creo que como sociedad debemos reflexionar sobre el sistema de cuidados a los mayores, tanto a nivel público como privado. Es urgente encontrar soluciones que permitan a personas como mi padre, y a tantas otras, vivir con la dignidad que merecen después de toda una vida de esfuerzo.
(El tema de que nuestros mayores tengan que vender a empresas externas la vivienda que consiguieron tras trabajar toda su vida para poder seguir viviendo mejor lo dejamos para otro día).
*Puedes enviar tu ‘Carta al director’ a través del correo electrónico o al WhatsApp 602262881.


