El uso de la tecnología desde las edades tempranas causa problemas psicológicos en niños y adolescentes que ya se tratan en las consultas de psiquiatría, pero, ante esa situación, no solo hay que tomar medidas restrictivas de uso de dispositivos, sino ir hacia «otro modelo de crianza», en el que esos aparatos no ocupen una papel preeminente en las familias.
Esta es la idea en la que han coincidido Nacy Virginia García y Ana Belén Jiménez, dos psiquiatras infanto-juveniles del Servicio Riojano de Salud que han intervenido este viernes en el Parlamento regional ante los miembros de la comisión de estudio sobre el uso e impacto de la tecnología en la infancia y la adolescencia.
Nancy Virginia García ha centrado su intervención en el uso de la tecnología por niños de temprana edad, a quienes el abuso de dispositivos provoca que no se sepan frustrar, aburrir o fomentar su creatividad, «todo lo quieren inmediato». Ha criticado que la sociedad actual, por el abuso de tecnología, ha hecho que haya niños que no saben jugar y «tengan problemas de atención y concentración, también alteraciones en el lenguaje» e, incluso, «síntomas del espectro autista». «Una tableta no puede cuidar a un niño», ha recalcado esta psiquiatra, quien ha calificado de falsa la idea de que existen aplicaciones educativas.

En esta línea ha pedido a la sociedad en general que «se grabe a fuego» que, «de cero a seis años, el uso de tecnología debe ser cero». «He llegado a ver a niños que hacen los deberes con la ayuda de chat GPT, algo que es escandaloso», ha afirmado, porque, «en un momento en el que deben desarrollar sus capacidades, tienen en sus manos herramientas que les pueden hacer todo, no tienen la necesidad de pensar, de crear, de abstraer ideas».
Esta situación, ha considerado, «se ha convertido en una bola de nieve que no sabemos parar» y «está el riesgo añadido de la adicción» porque «la tecnología genera los mismos mecanismos mentales que las sustancias adictivas». Entre sus propuestas ante esta situación ha explicado que apoya el que las cajas de dispositivos móviles incorporen fotografías explícitas sobre efectos de estas adicciones; así como campañas en televisión, dado que «los chavales ya no la ven, pero sí lo hacen los padres, que es a quienes tenemos que llegar».
Las nuevas tecnologías se quedan
Por su parte, Ana Belén Jiménez se ha centrado en la adolescencia y ha asegurado que «no hay un día» en el que no tenga una consulta relacionada con el uso del teléfono móvil. «Pero hay que ser claros, las nuevas tecnologías han llegado para quedarse y, además, son herramientas buenas, aunque tienen riesgos», ha afirmado.
En la adolescencia «es cuando hay más riesgo porque el cerebro está en formación» y, por eso, «aunque haya que usar tecnología, no hay que tener acceso ilimitado a ella». Pero «más importante que el límite en el uso es lo que esos chavales ven en los mayores» y, «en muchos casos, entre los 14 y los 18 años, la solución es simplemente romper la dinámica que hay en casa», ha indicado.

Según su experiencia, en esa franja de edad, «los chicos se centran en videojuegos y por el uso excesivo de tecnología tienen problemas sueño, cansancio, apatía, bajada de rendimiento escolar, mal comportamiento con los padres y poco interés por actividades de ocio». Sin embargo, ha dicho, «las chicas usan más las redes sociales y contenidos sobre el físico, con lo que presentan problemas de autolesiones, ansiedad e ira».
Ha relatado que los adolescentes a los que atienden utilizan dispositivos electrónicos una media de cinco horas al día, aunque llegan a doce los fines de semana, por lo que «la primera consecuencia es que se están perdiendo muchas cosas».
Otra consecuencia es que «la rapidez (de lo que se consume en internet) influye en los circuitos neuronales» de los menores porque «si aprendo rápido no puedo pensar» y «no se aprende en cómo resolver un problema, sino solo en que se resuelva rápido».
Esta psiquiatra se ha manifestado en desacuerdo con la idea de que los niños actuales son nativos digitales, ya que, para ella, son «huérfanos digitales» porque «viven en un modelo de crianza en crisis, en el que los adultos no damos bases estables y calmadas para que los adolescentes se enfrenten a situaciones nuevas». «Nuestros adolescentes no están más enfermos que antes, lo que pasa es que están más desregulados y tienen más dificultades para aprender a gestionar sus emociones», ha concluido.


