Olga Fernández se ha incorporado al Centro de Salud Mental de Albelda como la primera enfermera especialista en este ramo del Servicio Riojano de Salud (SERIS), tras un concurso de traslados. Su labor incluye desde la educación en salud mental y el manejo de intervenciones terapéuticas hasta la creación de programas de atención y la formación en el área. Además, con la reciente convocatoria de otras dos plazas, el sistema de salud público riojano contará en breve con tres profesionales especializados en esta disciplina, fortaleciendo la atención en salud mental en La Rioja.
– Trae una dilatada experiencia en el ámbito de la salud mental en otras comunidades ¿cómo se intersó por este campo de la enfermería?
– Siempre me había llamado la atención la psicología y todo el tema de la salud mental así que decidí hacer la especialidad. Desde entonces he trabajado en el País Vasco y luego saqué la plaza en el Servicio Aragonés de Salud, pero como buena riojana siempre he querido volver a la tierra y esta ha sido una oportunidad perfecta para hacerlo. En otras comunidades la especialidad existe desde hace muchísimos años, así que es una buena noticia que el Gobierno de La Rioja haya decidido invertir más en salud mental.
– ¿Por qué es tan necesaria la especialidad en este ámbito?
– Partiendo de la base de que las enfermeras y los enfermeros que están haciendo esta labor sin especialización lo hacen muy bien y saben mucho gracias a la experiencia, la importancia de la especialización se basa en tener las suficientes herramientas y conocimiento científico para dar un servicio de calidad, que los cuidados a estas personas sean de la mayor calidad posible. También creo que tener una especialidad te da más seguridad como profesional porque no sabemos de todo. Por eso es necesario implementar las especialidades en enfermería. Nadie nos imaginamos a un médico de Atención Primaria realizando una intervención de cardiología o al revés.
– ¿Qué labor tiene la enfermera especialista en salud mental?
– Mis funciones abarcan diferentes ámbitos. Hay que ocuparse del manejo de psicofarmacología y de distintas modalidades de intervención terapéutica, adaptándolas a las necesidades individuales de cada paciente. También desarrollar programas de Salud Mental. Hay que dar herramientas tanto al enfermo como a las familias para manejar de la mejor forma posible la enfermedad, enseñarles a que se sepan relacionar con el entorno, acompañarles en la recuperación en esos momentos de vulnerabilidad en los que se encuentran. Que tengan un espacio seguro en el que ser escuchados. Enseñarles a resolver conflictos, poner lo que sabemos a su disposición, valorar patronos de riesgo, signos de alarma.
– ¿Cuáles son las enfermedades que más llegan a las consultas?
– Hay que tener en cuenta que una de cada cuatro personas vamos a sufrir un trastorno mental alguna vez en nuestra vida. Tras la pandemia han aumentado mucho los casos de ansiedad e incluso depresión. Es verdad que hay una mayor concienciación de las administraciones pero también de la sociedad en general. También tenemos esos trastornos graves como pueden ser la esquizofrenia y los trastornos bipolares. También tenemos casos de adicciones y nuevas adicciones, casos de intentos autolíticos…
– Los números dicen que los jóvenes sufren cada vez enfermedades relacionadas con la salud mental: ¿se ve eso en las consultas?
– Los últimos tres años he estado trabajando en un servicio de corta estancia infanto juvenil y ha habido en los últimos años un importante repunte, tanto que tuvimos que ampliar el servicio. Cada vez son más los intentos autolíticos entre gente muy joven, también hay un serio problemas con las nuevas adicciones relacionadas con la tecnología.
– La salud mental ha tenido siempre un estigma. ¿Está cambiando esa situación en los últimos años?
– Tenemos que entender de dónde venimos y lo hacemos de una sociedad que tenía ‘manicomios’ a las afueras de las ciudades. Se les llamaba locos y había que tenerlos lejos. En ese aspecto se ha cambiado mucho y en los últimos años también en el tema de la visibilización. Poder hablar sin ser juzgado, sin ser señalado supone una gran parte del camino para superar el proceso.


