La Rioja

El calvario de Alba con Ryanair en Sarajevo: «Parecía que no íbamos a salir nunca»

Alba es de Logroño, pero desde hace seis años vive en Irlanda. Después de pasar unos días en Bosnia, el final de sus vacaciones ha sido de auténtico calvario. Lo que debía de ser un simple viaje de regreso a su casa a través de un vuelo de Ryanair desde Sarajevo a Londres (de allí, a Cork) se ha transformado en una experiencia agotadora de tres días de esperas, varias cancelaciones y dos jornadas enteras a base de agua dos cruasanes (uno por día).

Todo comenzó cuando Alba llegó al aeropuerto de Sarajevo para tomar el vuelo programado a Londres a las 10:45 de la mañana. Al ver que el vuelo se retrasaba, decidió seguir el trayecto del avión a través de la aplicación Radar Fly. «Vi que había hecho un intento de aterrizaje en Sarajevo, pero no lo había conseguido y lo estaban redireccionando a Dubrovnik». Para su sorpresa, el avión intentó aterrizar dos veces allí, sin éxito, por lo que finalmente fue desviado a Londres. Mientras tanto, Alba y el resto de los pasajeros permanecían en la incertidumbre sin recibir información clara por parte de la aerolínea.

Pasaron las horas y no fue hasta las cuatro de la tarde cuando Ryanair finalmente confirmó la cancelación del vuelo. Durante toda la espera, la compañía sólo les ofreció una botella de agua y un croissant de queso. Además, fueron obligados a salir del edificio. Según les informaron, Ryanair no paga las tasas para que sus pasajeros permanezcan en la zona de espera del aeropuerto. «Había familias con niños y estábamos a tres grados».

En el mostrador general del aeropuerto —ya que Ryanair no dispone de uno propio en Sarajevo— les ofrecieron alojamiento en un hotel, lo que en ese momento pareció un pequeño alivio. Pero las complicaciones no terminaron ahí. A la mañana siguiente, el sábado, los pasajeros fueron llevados de nuevo al aeropuerto a las ocho de la mañana, donde se suponía que un vuelo de rescate los llevaría a Londres. Sin embargo, las horas pasaron y a las siete de la tarde, después de once largas horas en el aeropuerto y «otro croissant», les informaron de una segunda cancelación. “A mí me tocó un hotel decente, pero hubo gente en alojamientos sin agua caliente ni calefacción. Muchas familias con niños estaban agotadas».

Finalmente, el domingo, Alba consiguió embarcar en un vuelo hacia Londres, observando cómo el resto de aerolíneas habían operado con normalidad durante todo el fin de semana. Sin embargo, ese vuelo no fue suficiente para dar cabida a todos los pasajeros afectados. Muchos tuvieron que esperar hasta el lunes o buscar por su cuenta vuelos alternativos con múltiples escalas para llegar a su destino. Aparte de perder su conexión a Cork, otros pasajeros con conexiones transoceánicas hacia destinos como Nueva York y Australia también se vieron afectados, debiendo asumir gastos adicionales.

La falta de una buena conexión de internet en Bosnia agravó aún más la situación, dificultando la comunicación y el cambio de planes. «Ha sido una auténtica locura, parecía un agujero negro del que no íbamos a salir nunca», concluye Alba, quien finalmente pudo llegar a Irlanda después de una odisea que jamás imaginó al planear sus vacaciones.

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