Una placa bien reluciente reconoce en San Román de Cameros a los hermanos Simón y Diego de Ágreda. Uno, naviero, economista, escritor y político. El otro, comerciante, político y militar. A pesar de que desde muy jóvenes, y tras la muerte prematura de su padre, se tuvieron que trasladar a Cádiz y después a México, nunca olvidaron el lugar que les vio nacer. Por eso en 1787 fundaron las escuelas del municipio y las mantuvieron durante años. Casi doscientos cincuenta años después es la escuela más antiguas de La Rioja y desde hace años la más pequeña.
Entre calles empedradas, balcones llenos de flores y un entorno casi de cuento que pone de manifiesto la belleza de los pueblos de la sierra riojana, luce orgullosa una pequeña casa en la que tres niños y, este viernes, dos profes, empiezan la mañana. El invierno empieza a asomar por los montes de la sierra. Una señora mete leña ya en casa. Conforme uno se va acercando a la escuela no se escucha el alboroto habitual de un centro educativo. Una puerta de madera con cerrojo de los de antaño abre un mundo especial: el de la escuela rural.
Los pequeños se lavan las manos para empezar con los primeros juegos y aprendizajes. Eric, uno de los profes, les recoge las mangas para que no se mojen. Son Daniel de Ajamil y Alexa y Mauricio que han llegado hace unas semanas al pueblo. Hasta ahora Daniel era el único pequeño que hacía su vida escolar allí, pero ya no está solo y poco a poco se va haciendo a compartir lo que hasta ahora era para él solo.

La atención no puede ser más individualizada. «Es un niño que avanzaba muy bien aunque estuviese solo porque hacemos muchas actividades en el entorno y todo el mundo le conoce y todos hablan con él». Para Daniel la sociabilización no era un problema y gracias a él se ha podido mantener la escuela de San Román. De no ser por la implicación de sus padres, la escuela ya habría echado el cerrojazo.
«Desde el principio queríamos que Daniel estuviese en la escuela en San Román», cuenta Débora, su madre. El año pasado la escuela tenía a dos niñas del valle. Pero Carmen empezaba este año la ESO y Carla también dejó el centro. «Hay un niño que ha nacido este año en la zona pero habrá que esperar porque como no nos dan el servicio de 0 a 3 años». Débora lo intentó el año pasado. Daniel podía haber estado con Carla y Carmen en el cole pero nos dijeron que era imposible. Para ellos ese servicio sería fundamental para tener mayor margen a la hora de mantener la escuela.
«Todos los mayores del pueblo nos lo dicen, como se vaya la escuela, adiós al pueblo». Por eso Débora insiste en que la gente joven que hay en los municipios cercanos se animen a tener hijos y que la gente que quiera vivir en un entorno rural opte por este valle. «Los veranos aquí son una gozada y los inviernos ya no son como los de antes». Un entorno maravilloso que esta año ha contado con casi 40 niños en la ludoteca de verano.

Eric es el primer año que está en San Román como profesor aunque cuenta con la experiencia de haber trabajado antes en entornos rurales. » Aquí el día a día es mucho más tranquilo. El entorno te da pie a ello». Agradece muchas cosas de trabajar en el entorno rural. «De momento ya no vienes con prisas ni con dobles filas, si llegas un poco tarde es porque, como mucho, una vaca se te ha cruzado en el camino, no por otra cosa». Además cuenta con un entorno seguro, con espacios reducidos e interacciones personales de confianza sin dejar de tener todos los recursos necesarios para poder desarrollar la práctica docente. «Entre los tres niños, de edades similares, los juegos son compartidos y las dinámicas de aprendizaje pueden adaptarse sin demasiadas complicaciones».
A la llegada de los dos nuevos niños al cole se suma la posibilidad de que puedan llegar otros a lo largo del curso. «En principio parece que hay un compromiso de que puedan llegar otros tres chavales», cuenta Débora.
Alejandro es el padre de Alexa y Mauricio. Salieron hace años de su Argentina natal y se acogieron al programa de repoblación rural. Llegaron a Castellón hace un tiempo, también al mundo rural pero la dificultad para encontrar empleo de Alejandro que es ingeniero cerca de la zona les hizo buscar otra opción. Entonces llegó un trabajo en Milagro (Navarra) y la posibilidad de vivir en Olite. «Nos habían dicho que era un municipio rural pero era demasiado grande para nosotros que buscábamos algo más chiquito».

Entonces conocieron San Román de Cameros. La acogida no ha podido ser mejor. «Lo hacemos por nuestros hijos que es el primer motor para elegir el mundo rural para vivir». Así ellos se están adaptando a la sierra riojana de manera extraordinaria. «Lo más complicado es encontrar vivienda porque la mayoría son segundas residencias» pero el Ayuntamiento ha contribuido a que se puedan quedar en el pueblo y aumentar los alumnos del colegio.
Mientras los vecinos valoran que el cole, donde se han educado la mayoría de ellos siga con las puertas abiertas. Un compromiso intergeneracional que refuerza los lazos entre los vecinos, quienes valoran cada vez más la posibilidad de mantener viva la escuela y, con ella, la esperanza de que el pueblo siga habitado.

Para los padres de los nuevos alumnos, que buscaban un ambiente tranquilo y en conexión con la naturaleza, la escuela de San Román es un refugio perfecto. La adaptación de los pequeños ha sido sencilla, y tanto ellos como Daniel disfrutan de una experiencia educativa que va más allá de los libros y las lecciones diarias. Aquí, aprender también implica relacionarse con el entorno, explorar la naturaleza que los rodea y compartir momentos con personas que, aunque mayores, los reciben con cariño.
El esfuerzo de mantener la escuela abierta es una muestra del compromiso del pueblo con su historia y su futuro. San Román de Cameros sabe que, sin niños, no hay futuro. En una comunidad con una población mayoritariamente envejecida, cada nuevo alumno es un rayo de esperanza y un motivo de alegría. A pesar de los desafíos, se mantienen firmes, conscientes de que la escuela es mucho más que un lugar de aprendizaje: es un símbolo de resistencia y de amor por la tierra.


