Todo hombre y mujer tiene un punto de ruptura. Y para expresarlo crea un mundo propio, al que solo se accede con invitación. Un espacio en el que surge la magia. Del desvelo inicial a ese estado de ensoñación permanente, siguiendo el camino marcado por las baldosas amarillas: naipes que hablan, conejos blancos, hombres de hojalata, teteras parlanchinas, varitas mágicas, criaturas celestiales, anillos encantados… Grandes historias que el cine ha plasmado en aventuras insólitas de mundos imaginados.
Plasmar en 24 fotogramas la ruptura del individuo hacia propósitos individuales. Fotogramas enológicos en la bodega infinita. Un lugar de cine, que late en el corazón de La Rioja Alta. Un palacio gastronómico con un rey en la montaña. De cuevas centenarias, pasadizos encantados y tesoros aún por descubrir. La aventura de La Vieja Bodega, en hogar de reinas (en Casalarreina), parece no tener fin, cuando alcanza las setecientas referencias enológicas por el empeño de Ángel Pérez, el rey en el interior de este castillo del buen comer y beber.
Celebra treinta años. Con incendios, pandemias… los típicos giros de guion del cine de aventuras, a la espera de la ruptura definitiva en la que todo acaba por tener sentido. De ahí que la respiración de este rey en su castillo suene relaja, con el ritmo acompasado. Porque todo acaba por encajar en este puzzle vital de tres décadas de trayectoria, entre amigos y sonrisas. «Damos de comer y de beber, y eso siempre hay que hacerlo con una amplia sonrisa».

Lo de Ángel Pérez con el vino es la típica ruptura con la realidad. Ni un empeño ni una apuesta contra el destino. Tan solo el reflejo de una pasión a la que le pone control. «No quiero convertirme en un coleccionista. Estoy vacunado contra esta posible enfermedad». Se aferra a la música, a sus viajes por África y Sudamérica, al cine, el teatro para no quedar ensimismado en eternas conversaciones de vino que suelen acabar en el momento que vive la política en el sector. La bodega de la Vieja Bodega es una película de aventuras, un espacio encantado, un lugar para la imaginación. Lo que queda a sus márgenes es sencillamente la pura rutina.
En un decorado tétrico, en el interior de unos calados centenarios, las telarañas húmedas del silencio perpetuo engalanan el lento y constante trabajo del envejecimiento en botella. «Aquellas las compró mi padre». Y mira a un lado. «Estas me llegaron casi por casualidad». Y gira la cabeza hacia el otro. Se agacha, se sorprende, se divierte… Despega su imaginación en la labor embotellada. «El mundo del vino te engancha por su romanticismo, por la conexión con la tierra y con las personas que hay detrás de cada botella».

Por si acaso tiene que echar una mano viste botas de monte. «Es un trabajo duro, pero al final ves el resultado en la copa y es mágico. Me gusta conocer a los productores, ensuciarme las manos en la viña, entender el proceso desde la raíz». Y presume de con quien aprendió a podar, a desnietar, a espergurar… Es la pasión que transmite a sus clientes. «Cada cliente es un mundo. Hay quienes me dan carta blanca y solo quieren que les sorprenda. Con ellos, el reto es recordar sus gustos y acertar con la recomendación». Pero reconoce que «otros se sienten abrumados por la extensa carta y me piden consejo». Entonce, «la clave está en leer al cliente, entender sus preferencias y adaptarme a ellas. A veces la información debe ser concisa y directa, otras veces puedo explayarme y contar la historia detrás de la bodega. Me gusta hablar de las personas que hay detrás de cada vino, de su filosofía, de su forma de entender la vida».
Este bodega infinita, en constante expansión, se aleja de los extremos y las verdades absolutas. No existen axiomas de puertas para dentro. «Busco el equilibrio entre la oferta gastronómica, la selección de vinos y el precio final». Se trata de servir vino al comensal, acercarle a esta película de aventuras que es la vida de Ángel Pérez. «La idea es que el cliente se sienta cómodo y disfrute de la experiencia sin preocuparse por la factura». Ángel quiere que «vuelvan una y otra vez, incluso que tengan su propia mesa». Para lograrlo, «los precios de la carta de vinos no deben ser excesivos, lo cual confirmo con la satisfacción de mis clientes. Muchos me dicen que les sorprende la variedad y la calidad de la carta a precios tan ajustados».
La bodega ha crecido en estos treinta años. «Comenzamos con apenas veinte vinos». Y ahora se sorprende al sumar hasta las 700 referencias. «La clave está en la experiencia y en la conexión con los productores», explica. «Hay muchos vinos importantes que se mueven menos, pero el corazón de la carta son los vinos de Rioja, con los que me siento más cómodo y conectado». Y siente un empeño casi personal con los pequeños productores, «con los que la relación va más allá de lo comercial y se convierte en una amistad». Son parte de esta casa de comidas: «Compartimos cenas en sus bodegas, hablamos de la vida, de sentimientos…». Esta conexión humana de cine se refleja en la calidad de los vinos y en la experiencia que ofrece a sus clientes.

Rioja es el principio y el fin de esta bodega infinita abierta al mundo, como toda buena aventura. «Abro las puertas a otras regiones vinícolas. Me encanta la Champaña, Borgoña, los vinos alemanes… Pero tengo una debilidad especial por Argentina, porque allí tengo amigos que elaboran vinos de gran calidad, y me encanta presentarlo en el restaurante para que mis clientes los puedan probar». Y es que esta bodega crece al ritmo que Ángel Pérez acumula nuevas vivencias. «Siempre estoy probando cosas nuevas. Esta semana me han encantado los vinos de Javier Arizcuren, que siempre me sorprende. También he probado algo nuevo de Elena Corzana que aún no ha salido al mercado. Y ayer mismo disfruté de un vino de Labastida elaborado por Manuel Ruiz Pedreira. Es raro que pase una semana sin descubrir algo nuevo y emocionante».
La Vieja Bodega cuida el vino que se beben los clientes. Forma parte de la corriente alterna del Rioja, esa que sirve el vino y lo cuenta, que lo mima y lo ama, que lo protege y viste, que lo engalana. «He visto de todo en mis viajes. Hay lugares donde el vino no se cuida como se merece, y otros, como Francia, donde la cultura del vino está muy arraigada». Ángel Pérez cree que «en España hemos experimentado un cambio brutal en los últimos años». Se refiere al cuidado del vino en los restaurantes. «Lo que más sorprende a los extranjeros es nuestra cultura de bares, con vinos de calidad a precios increíbles acompañados de pinchos. Es algo único que no se encuentra en otros lugares del mundo».
En casa, por tanto en La Rioja, «hemos dado un salto cualitativo en los últimos años». Ahora la presentación de los vinos se hace mejor que nunca. «Antes, la Asociación de Sumilleres era un grupo pequeño y poco organizado. Hoy en día contamos con más de cien miembros, lo que significa que hay un gran número de profesionales que conocen y aman el vino». Un pequeño ejército organizado que siempre avanza para «transmitir nuestra pasión a los clientes, creando una cultura del vino accesible y de calidad».

Para el propietario de esta bodega infinita, «La Rioja tiene algo único en el mundo: una región pequeña con una oferta vinícola increíble y una relación calidad-precio imbatible. Es algo que debemos valorar y compartir con el mundo». Que es precisamente lo que él hace a diario, dando de comer y beber a todos los amigos que visitan La Vieja Bodega, infinita y repleta de aventuras.


