La luminosidad y la tibieza de un sol en los albores del otoño van a fundirse sin saberlo con la nostalgia y la añoranza de un pasado no muy lejano en el que por Calahorra nacían toreros como por arte de birlibirloque. El frío de las primeras horas ha desparramado de forma uniforme su rocío por los parajes de Río Bravo. A no más de 15 kilómetros desde Logroño, la familia Lumbreras ha conseguido que en este remanso de paz, la bravura y la casta convivan con la nobleza y la pujanza en perfecta y total armonía.
Cuando el sonido de la sirena que en la capital anuncia el mediodía aún retumba levemente en los muros de la placita de tientas de la familia Lumbreras, sólo el caballo de picar, protegido ya con su peto, parece presto para probar la bravura de las tres eralas que aguardan en la manga de los corrales junto a una nutrida parada de cabestros.
Unos cariñosos y simpáticos saludos mutan a la seriedad que imprime el vestirse de torero. Pedro Carra, José Antonio Pérez Vitoria y el novillero Alberto Donaire acaban de encajarse la calzona. Sólo Donaire ha optado por el traje corto al completo, vistiendo en camisa Pérez Vitoria y decantándose Carra por un jersey marino de punto fino. Todos con botas camperas. Los tres, en torero.

Tres papelillos de fumar convertidos en bolitas aguardan a la suerte dentro de una gorra campera. Otras tantas manos inocentes dirimen el orden de lidia de las tres becerras: 255, 256 y 253. ‘La castaña, la negra y la veleta’ apuntilla el hijo de Carlos Lumbreras que va a encargarse de ir abriendo el portón de chiqueros.
Fernando Pascual, presidente del Club Taurino Logroñés, da la bienvenida a un nutrido grupo de aficionados que se apiñan en el palco de la placita y en el andamiaje reconvertido ahora en grada. Por su parte, el ganadero pide silencio y quietud mientras las vacas estén siendo sometidas al veredicto del caballo.
‘Va vaca’. No tarda Pedro Carra en fijar las embestidas de su enemiga. ‘Ja, mira bonita, mira’. Vence y cimbrea Carra su figura hacia la becerra al abrirse de capa, intentando imprimir más largura a su lance, aunque, en realidad, el torero pretende abrazarse al toreo como quien se asa a lo que le mantiene con vida. Hasta 6 veces ha ido al caballo la 255. El animal tiene fijeza y mucha duración. También nobleza y ritmo. Carra ofrece el medio pecho, encaja la figura, hunde los riñones y atornilla sus botas al piso. Siempre cruzado y dando ventajas a una erala que carece de profundidad en la embestida; siempre tan rectita en sus obedientes acudidas a los cites del matador retirado. La faena de Carra ha sido extensa, pulcra, mecida y torera. Carra, que llegaba a Río Bravo de tentar unas horas antes en lo de Carriquiri, sonríe disimulando la satisfacción de quien acaba de llenar el depósito de su alma torera.

Más suelta de salida parece ser la 256. Tiene la humillación exacta y rebosante la clase. Algo más reacia también a la pelea bajo el peto del caballo. Sin tanta repetición como la anterior en la muleta, pero de embestida más exigente y profunda. Fiel a su procedencia santacolomeña. La apuesta de Pérez Vitoria por exprimir la clase y el son de un pitón izquierdo que desparrama calidad a borbotones es total. Sin invadir los terrenos del animal, Pérez Vitoria echa al hocico de la erala los vuelos de su muleta para embeber las enclasadas y entregadas acometidas. Siempre tan sometidas y templadas. Justos y toreros los adornos. Medidos los toques. Exactos los tiempos y las distancias. Asido siempre por su mitad el estaquillador. Aunque sin la continuidad deseada, surgen pasajes de innata gracia, relamido gusto y sabor añejo. Lumbreras felicita ahora a Pérez Vitoria, que se sabe feliz junto a su hijo al tiempo que su corazón late con torería.
Más descarada y ofensiva es la erala que le ha correspondido a Alberto Donaire, que hace unos días fue declarado como el novillero valenciano más destacado de la temporada, lo que le da derecho a hacer el paseíllo hoy en la plaza de toros de Valencia. La frescura y la soltura propias de quien está en activo se vislumbran con facilidad en Donaire. Esta 253 ha mostrado su bravura en el caballo: ha ido alegre y se ha empleado empujando con fijeza y humillación bajo el peto. Sin apenas toques, Donaire aprovecha los templados y largos viajes que regala la encastada erala. Siempre con la boca cerrada y atenta a las telas de Donaire, capaz de imprimir ritmo y compás en cada muletazo. Deja entrever Donaire su dominio, su saber, sus conocimientos, su técnica, su temple y su solvencia. Su capacidad en definitiva; su notable evolución. Unos toreros ayudados por alto de genial expresión sirven para terminar una prueba que deja a las claras el alquimista hacer de una familia ganadera capaz de aunar clase, casta, bravura, nobleza y ritmo en sus animales.

Carra, Pérez Vitoria y Donaire volverán a verse vestidos de corto el próximo sábado en Calahorra. A su encuentro se unirá ‘El Víctor’, que ayer andaba preparándose por tierras salmantinas. Y también los rejoneadores Domingo y Sergio Domínguez y Pedro Javier Ciordia. Todos son de Calahorra y todos son toreros. Se preparan a conciencia para reaparecer con toda la dignidad y la responsabilidad que exige el toreo. Por una buena causa también. Aunque la mejor causa será la de reverdecer los laureles toreros de aquella Edad de Oro del toreo en La Rioja de la que, por desgracia, cada vez sobreviven menos vestigios.


