Álvaro Sainz (Logroño, 1990) es parte del joven equipo encargado de organizar el festival Sierra Sonora. Un evento que huye del modelo habitual y que está consiguiendo volver a poner a Viniegra de Abajo y a las 7 Villas en las agendas de sus vecinos. El promotor cómo es montar un festival en un entorno como la sierra, cómo es la dinámica de los conciertos y cómo ve el futuro del festival.

FOTO: Sierra Sonora/ Sol de Invierno.
– Hace tiempo dijeron que les gustaría no tener que depender de la temporada alta. Ya ha llegado ese momento. ¿Ha sido antes de lo que imaginaban?
– Realmente sí. El nombre de Sierra Sonora se ha hecho cada vez más grande y a la gente ya le da igual la fecha o los artistas que vengan, sabe que es una experiencia única. Creo que estamos muy cerca, por no decir el año que viene, de huir de las fechas de aglomeraciones y confiar y potenciar las de baja afluencia: invierno, primavera y otoño. Lo acabamos de ver ahora con Rozalén, un domingo a las 18:30 horas en Viniegra de Abajo y vinieron 600 personas; eso es un reto.
– ¿Creen que han conseguido volver a colocar Viniegra de Abajo en las agendas de los vecinos?
– Sí, se ha generado una comunidad, un movimiento muy bonito del cual se sienten todos parte. Lo tienen como una fecha importante en el calendario, casi como las fiestas o incluso más. Huimos de la estructura típica de los festivales y aquí lo que hay es mucha ilusión y pasión por nuestro pueblo. Creo que eso es de lo que se han contagiado todos los vecinos y vecinas.
– ¿No hay nadie a quien le moleste el ruido de los conciertos?
– Mayoritariamente, no hay ninguna queja más allá del horario, que a veces se alarga un poco. Pero piensa que la mayoría del tiempo están en un silencio muy profundo, entonces escuchar música alegra los corazones y las casas. Recuerdo, en las primeras ediciones, escuchar por las mañanas los discos que habían comprado el día anterior, eso es muy bonito.

Rozalén, en la última edición del festival. FOTO: Sierra Sonora/ Sol de Invierno.
– ¿Cuánta influencia ha generado el festival, no solo en Viniegra, sino en toda la zona?
– Cada año hacemos una encuesta y preguntamos si aparte del festival conocen, por ejemplo, Espacio Arte VACA, si han comido en nuestros restaurantes, si han conocido los pueblos de alrededor… Y hay un porcentaje muy alto de gente que ya conoce las Siete Villas, el Teatro de Canales de la Sierra, Brieva de Cameros, Ventrosa… Creo que estamos creando territorio, ya se empieza a ver movimiento. A veces vuelven diciendo: “Estuve aquí en Sierra Sonora, pero quería venir un día más tranquilo”. Entonces, el efecto llamada, el efecto Sierra Sonora, se está empezando a ver en los negocios o en la afluencia de gente durante todo el año.
– ¿Qué dificultades tiene montar un festival en la sierra?
– Es muy complicado. No saldría adelante si no fuese por los vecinos, hay facilidades que tenemos gracias a ellos. El clima también puede jugar malas pasadas, pero los artistas son capaces de entenderlo. Luego también sufrimos una gran brecha entre la ciudad y el entorno rural a nivel económico con los portes. El porcentaje más alto de gastos se va en alquileres y desplazamientos de materiales. Una cabina de baño puede costar noventa euros al día, pero los portes mil doscientos euros. Entonces, por mucho que queramos mejorar, por ejemplo, el camping, los baños o el escenario, es muy difícil. Uno de los objetivos actualmente es tener nuestro propio camión pluma para hacer nosotros los portes y ahorrarnos dinero.
– ¿Cómo es organizar un festival de música cuatro veces al año?
– No hay descanso. Acaba la edición de invierno y ya estás con la preproducción y la comunicación de primavera. Y somos personas que no nos dedicamos íntegramente a esto. Siempre decimos que es nuestro hobby, pero está ya por encima de nuestros trabajos. Paso más horas pensando en Sierra Sonora que en mi productora audiovisual. Esperamos que de aquí a un tiempo, y creemos que es legítimo, podamos vivir de esto, que es nuestra pasión. Desgraciadamente todavía no podemos hacerlo, tenemos muchos gastos. Pero creo que llegará el día.

– El festival ha trascendido La Rioja. ¿Desde qué sitios ha llegado la gente?
– Ahora mismo más del cincuenta por ciento son de fuera. En agosto es increíble porque viene gente de Canarias, mucha gente de Madrid, de la Comunidad Valenciana, Navarra, País Vasco… Ya era increíble salir de las Siete Villas o de la zona del Alto Najerilla, pues imagínate.
– ¿Cuál es el origen que más les haya llamado la atención?
– Una persona que vino de Algeciras. Fue en autobús hasta Salamanca y de ahí vino en bicicleta y apareció sin entrada. ¿Cómo no le vamos a dar una entrada? Le ponemos una alfombra roja. Que venga gente de Canarias y Andalucía también es increíble.
– ¿El aforo cambia mucho de una edición a otra?
– Desde luego, la de invierno es una edición completamente deficitaria; pero a la vez necesaria, sobre todo para el pueblo y para sus negocios. Ahí intentamos reducir el aforo a 150 personas porque en el pueblo hay una carpa pequeña y la aprovechamos para no gastar en una más grande como hacemos el resto del año. Luego, en primavera y otoño unos 400 más o menos. Y en verano 700 porque la hacemos al aire libre. Lo marca, sobre todo, el clima y la capacidad que tenemos en las carpas.

– ¿Han llegado alguna vez a agotar las entradas?
– Siempre. Porque al final es un aforo muy reducido. Se podría meter más gente, en la pradera donde hacemos la edición de agosto caben tres mil personas, pero lo marca el pueblo y la capacidad que tiene para sostener a la gente, no lo marca el recinto.
– Estos aforos crean, como dicen ustedes, «experiencias íntimas y únicas que conectan al público y a los artistas mutuamente». ¿Qué valoración sacan ambos lados de esta experiencia?
– Tanto público como artista disfrutan de poder tocar de tú a tú sin esos protocolos o esas barreras de seguridad que hay en otros festivales. Para los artistas es como un pequeño retiro, unas vacaciones e incluso un ensayo. Porque es un concierto diferente, esa cercanía no existe en otros festivales. Que puedan ir por la calle o a comer y no sentirse agobiados, porque no es un público que se te echa encima, es súper respetuoso y los artistas lo valoran muchísimo.
– ¿Cómo se encuentran los artistas en esta dinámica?
– La carretera ya lo marca todo. A veces llegan flipando por haberse encontrado vacas y ovejas en medio de la carretera. Y cuando los llevas a la casa, estilo Indiana de hace 100 años, alucinan también. Porque claro, están acostumbrados a hoteles de muchas estrellas en los que duermen y se marchan; aquí pueden desconectar, abrir las ventanas y ver la naturaleza. El restaurante está a un paso de la casa y el escenario justo debajo. Ofrecemos también servicio de fisioterapia, productos de kilómetro cero e incluso poder quedarse alguna noche más si quieren. Y todo eso lo valoran mucho.
– ¿Tienen un estilo musical marcado?
– Hay un formato marcado, apostamos por lo acústico, tríos, cantautores… Pero no un estilo marcado, estamos abiertos a todo tipo de música. La edición de invierno sí que es más rockera porque el clima pide un poco de rock and roll y movimiento. Pero, casi siempre es formato acústico, que se pueda disfrutar sentado y tomando un buen vino o un vermut.
– ¿Cómo ven el futuro de Sierra Sonora?
– Que no se quede en unas fechas puntuales, sino que Viniegra de Abajo aparezca en el mapa cultural de toda España; es algo que ya estamos consiguiendo. En cuanto a público, lo vemos igual, no vamos a crecer en número. Pero sí vamos a crecer en calidad, con artistas de talla nacional e internacional. Y otro objetivo clave es poder seguir creando empleo en la zona.


