El intento de acuerdo de las comunidades autónomas para el reparto de menores no acompañados a diferentes regiones del país en el colapso que vive Canarias en sus servicios ha evidenciado la falta de recursos para acoger a estos niños y jóvenes en diferentes comunidades, entre ellas La Rioja.
En la región, en estos momentos, hay nueve menores no acompañados en pisos tutelados. Deberían haberse acogido otros cuatro en 2023 (algo que no sucedió) y el Gobierno riojano se ha comprometido a recibir otros cuatro durante este año. Ocho jóvenes más a los que dar la bienvenida en la región pero un número que obliga a la consejera de Salud y Servicios Sociales, María Martín, a explicar que la comunidad no puede acoger con “dignidad a más menores tanto por infraestructuras como por profesionales que les puedan atender».
La Rioja tiene en la actualidad 113 plazas para acoger a menores. No son sólo menores llegados desde otros países. En la mayoría de los casos son niños y jóvenes que ya vivían en La Rioja y que, por diferentes motivos, necesitan estar tutelados por la administración. Todas estas plazas se reparten en los once pisos tutelados que existen, todos ellos ubicados en Logroño. Desde hace años se cambió la política de acogimiento en la región y desaparecieron los grandes centros para optar por pisos más pequeños donde se viviese casi como en una familia.

Allí no distinguen entre migrantes o no migrantes y en estos momentos el servicio se encuentra al 90 por ciento de su capacidad. «Hay jóvenes que nos llegan por otras vías y que también hay que protegerlos», explica Martín.
Todos estos pisos son gestionados por la Fundación Diagrama. Con un máximo de ocho plazas por piso (en la mayoría de ellos) el objetivo es que la dinámica sea lo más parecida a la de un hogar.
Para conseguirlo, hay que hacer un trabajo previo individualizado porque cada uno trae su mochila personal. Son chavales que, en muchos casos, lo han pasado muy mal hasta que llegan a estos pisos. «Nuestra labor es conocerlos, detectar sus puntos fuertes y potenciarlos», cuenta Marta Suárez, psicóloga de cuatro de estos pisos.
Lo fundamental es que los chavales estén lo mejor atendidos posible. Para ello también es necesaria una atención psicológica porque hay que tener en cuenta que muchas veces llegan a estos pisos de situaciones muy complicadas, incluso traumatizantes.

Después hay que conseguir que se integren lo máximo posible y una vez conseguido su rutina no dista de lo que puede vivirse en cada hogar diariamente: se levantan, hacen su cama, desayunan, se preparan, van al cole (a los pequeños les llevan los trabajadores), vuelven para comer y hacer sus deberes, sus clases extraescolares dependiendo de sus aficiones, los mayores pueden disfrutar de un rato con los amigos hasta la hora de cenar si han acabado sus tareas. Después: cena, ducha y a la cama. Lo mismo que cualquiera de nuestros hijos.
Los jóvenes suelen estar distribuidos por edades y los pisos son mixtos. Están acompañados las 24 horas por los educadores y auxiliares educativos. Además, trabajadores sociales y psicólogos llevan a cabo una intervención mucho más individualizada y que permiten que la mayoría de las historias terminen con un final de éxito. «La mayoría cuando salen de los pisos siguen estudiando o encuentran trabajos en los que seguir buscando oportunidades para una vida plena».


