Agricultura

Una campaña de estreno a los mandos de la cosechadora

A sus 28 años, el agricultor Adrián Fernández se inicia en la siega del cereal

Adrián Fernández, durante la cosecha de una finca de cebada en Alcanadre. | Fotos: Leire Díez

La de 2024 va a ser la primera campaña de Adrián Fernández en la que se estrene a los mandos de su nueva cosechadora para pasar algo más de un mes segando cebadas, trigos y algo de colza también. Natural de Nájera, este joven de 28 años afronta ya la tercera semana de cosecha por las zonas de Alcanadre, de donde desciende su madre, y Ausejo antes de que estén listas las fincas en La Rioja Alta. En estas últimas, asegura, el panorama de producción es mucho menos esperanzador porque apenas ha llovido.

Hace seis años dejó su puesto en una empresa de maquinaria agrícola para quedarse en el campo, junto a su padre, realizando servicios a terceros con vendimiadoras y prepodadoras, pero hasta ahora el cereal no había estado entre sus ocupaciones. La apuesta por la cosechadora, a la que alguna vez ya se había subido de chaval, vino motivada de la falta de máquinas para cubrir la demanda que existe en la región, así como también por el poco interés de los agricultores por trabajar en esta campaña. “Son muchas horas y también implica entender un poco de mecánica para solucionarte, aunque no todos, muchos de los problemas que pueden surgir con la máquina. Además, influye si el pueblo tiene concentración parcelaria o no, ya que si las fincas son más pequeñas las máquinas no siempre quieren venir a cosechar”.

Es un año de estrenos por partida doble y es que Fernández también se ha iniciado esta campaña con la siembra directa. Las primeras sensaciones que le está dando este sistema de cultivo, destaca, son positivas: “La media de rendimientos igual sale a algo más de 2.000 kilos por hectárea, pero otro rastrojo del año pasado ha dado bastante bien, con 3.000 y pico kilos por hectárea, así que estoy contento”.

Aunque tenga una corta experiencia en esta técnica, reconoce que ante el escenario actual de precios y costes, “hay que ir a ajustar lo máximo posible”. Así que echa cuentas: “La siembra directa si la pagas cuesta unos 70 euros la hectárea, mientras que si siembras con barbecho tradicional casi te vas al doble de coste porque tienes que estar todo el rato dando vueltas con el tractor y más pendiente de los herbicidas, pero contando con que el precio del grano sigue estando como hace 40 años. Es cierto que a la gente de esta zona todavía le cuesta, aunque se irán acostumbrando sobre todo por los gastos que implica. En Navarra, al otro lado del Ebro, no quieren saber nada de la siembra convencional, así que es cuestión de probar y ver cómo funciona”.

Por delante tiene a unos 14 agricultores pendientes de cosechar y calcula que para mediados de julio concluirá esta primera campaña de muchas que espera que vengan por delante. Eso sí, no corren tiempos fáciles sobre el terreno, de eso no le cabe duda. La rentabilidad en la mayoría de cultivos se cuestiona cada temporada con unos costes que siguen al alza y que obligan a diversificar y ampliar superficie. “Trabajar más para sacar lo mismo. El agricultor sostiene muchos gastos a sus espaldas que no se ven recompensados porque hay que arriesgar mucho dinero para ganar poco. Nosotros que hacemos trabajos a terceros lo notamos cuando la gente tarda más en pagar porque igual todavía no ha liquidado o ha liquidado poco. Y esto al fin y al cabo es una cadena, si a uno no le va bien se nos lleva a todos por delante”, sentencia.

“La verdad que no he cogido ni un año bueno desde que estoy en el campo” –ríe– “y es cierto que para los que empezamos así cuesta más ver un futuro con motivación, así que sí o sí esta forma de vida te tiene que gustar para engancharte a ella y continuar. Los veteranos del campo ahora no se acuerdan de que también ha habido años buenos y se ha sacado dinero de la tierra, pero es que ahora llevamos ya varias campañas agrícolas que es un golpe tras otro. Aquí seguimos porque nos gusta, no porque sea rentable. Es que si te pones a echar cuentas tu tiempo ahora mismo vale entre poco y nada. Para cualquier servicio o producto que adquieres te ponen un precio y tu te amoldas a ello, pero luego el agricultor no puede poner el precio a sus productos”.

Se aferra así a ese vínculo personal que le une con fuerza al campo y que, a pesar de todo, tanto le satisface. “Esto va de luchar por lo que te gusta, ¿no? Creer en ello y pelear. Lo que sí espero es que nos dejen hacerlo y no se olviden de nosotros porque cada vez exigen más papeleo y cada día son más problemas. Y la gente no quiere tantos problemas. Es más, cada vez prefiere vivir más tranquila y sin tantas responsabilidades, por eso se adapta a su jornada de ocho horas y a un sueldo fijo a final de mes. Pero aquí en el campo si tienes un problema no duermes y si ya trabajas para otros ni te cuento, porque es más difícil parar. Así que esperemos que arreglen algo”.

Aunque reconoce que su empleo de mecánico le daba esa estabilidad que falta en el sector primario, lo de pasar horas estar entre cuatro paredes no es para todo el mundo. “Creo que hay que intentar, siempre que se pueda, dedicarte a lo que te gusta. Yo he podido porque he contado con la ayuda de mi padre, ya que si no es por él hubiera sido inviable afrontar una inversión que te puede llevar a los 300.000 euros, por ejemplo, con las ganancias que hay ahora en el campo”.

Es consciente de que no abundan perfiles de jóvenes agricultores como el suyo que, además, apuesten por campañas como la del cereal, de las que obligan a “pasar semanas llegando a las once o doce de la noche a casa y a las siete de la mañana del día siguiente estar ya soplando la máquina”. Así que incide en la importancia de llevarse bien unos con otros: “Al final nunca sabes cuándo necesitarás un favor, por lo que tener problemas con el resto, para los pocos que estamos, no te lleva a ningún lado”.

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