El Rioja

Definiendo un estilo: Viña Lanciano como Rioja de territorio

El estilo de los vinos de Bodegas LAN está determinado por su origen, el viñedo del que proceden. Viña Lanciano, la finca de LAN en el meandro del río Ebro, tiene unas cualidades que marcarán en cada cosecha el perfil de los vinos de la casa, con una identidad que se crea en este viñedo y sus uvas frescas, que desembocan en un maravilloso equilibrio al entrar en juego la guarda en botella.

El viñedo, pues, determina ese ADN de frescura y equilibrio que comparten los diferentes estilos de vinos de LAN, y que viene marcado por la situación junto al Ebro de Viña Lanciano y el microclima que allí se genera. Una influencia atlántica, por un lado, y mediterránea por otro marcan el curso de la maduración de las uvas, una circunstancia que, en estos tiempos, precisa observación más intensa, si cabe, por los efectos que tiene el cambio climático en la viticultura. Las cosechas se adelantan, la erosión se acentúa y se pierde materia orgánica. La falta de agua de lluvia eleva la salinidad del suelo y la biodiversidad se ve afectada en los ecosistemas vitícolas.

En Viña Lanciano se toman medidas para contrarrestar estos efectos y aprovechar las bondades del territorio, controlando rendimientos para obtener uvas sanas y con niveles óptimos de acidez y concentración que permitan largas crianzas y vinos longevos, tanto Viña Lanciano como Culmen, el tinto top de la bodega, o el más desenfadado LAN a mano.

La mezcla de variedades de la finca, que se hace ya en la bodega y con los diferentes vinos elaborados, es otra de las claves que influye en el estilo, pero siempre buscando esa convivencia de la frescura con la vivacidad y la capacidad de guarda en botella.

Reservas y grandes reservas, clásicos entre los clásicos

En Rioja, hablar de estos dos estilos de vinos hoy en día es casi como viajar atrás en el tiempo. La enóloga Victoria Vicente recuerda unas palabras del crítico vinícola José Peñín en las que los define como vinos esencialmente tintos, con acidez alta (indicando que esta podía ser “propia” o “añadida” que se fermentaban sin control de temperatura y se almacenaban en viejos depósitos de cemento, con el objetivo, apunta el veterano cronista, de “neutralizar sus valores de juventud y frescura” y que luego se llevaban a barricas ya envejecidas por numerosas cosechas.

Estos vinos se elaboraban con el propósito firme de aguantar muchos años, de soportar la permanencia larga en barrica a base de fuerte extracción, color intenso, astringencia en los taninos y acidez alta, ya que algunos pasaban cinco o más años en barrica (y de hecho, esta permanencia era uno de sus argumentos de venta, que se lucían en sus etiquetas como “embotellado en su quinto año” y similares mensajes).

Los 90 llegaron con vinos que renegaban de ese carácter y trajeron tintos, sobre todo, hipermaduros, con mucho grado, potencia, opulencia y criados en maderas siempre nuevas (en ocasiones, los vinos estrenaban hasta dos veces barricas durante su crianza), un estilo marcado, principalmente, por las preferencias en el gusto del mundialmente famoso crítico estadounidense Robert Parker.

Pero esa etapa también se fue quedando atrás y los vinos han ido recuperando su perfil equilibrado, de maduraciones perfectas y elaboraciones controladas, que han traído un estilo de clásicos renovados muy atractivos para los consumidores iniciados, que los buscan por esa elegancia adquirida con el tiempo, su complejidad y, sobre todo, sus texturas en la boca, más redondas y sabrosas. Es, precisamente, el estilo de los vinos de larga crianza de LAN, tintos con fruta presente, roja, negra, y una boca pulida, de taninos maduros y potencia controlada, un estilo que, recordemos, se origina en el viñedo.

La botella, herramienta de perfección

En los vinos de reserva, la guarda en botella tiene un papel fundamental. En Rioja, los llamados reservas han de permanecer, al menos, seis meses en botella, y su guarda se puede alargar hasta los diez años o más. Los grandes reservas están obligados a guardarse como mínimo 24 meses en botella, pero esta permanencia puede durar, con
unas buenas condiciones de temperatura y humedad, hasta los veinte o veinticinco años. Y qué placer provoca encontrarse con estas joyas, elaboradas por otras generaciones, que han sido testigos del paso de los años y muchos acontecimientos y se descorchan para mostrarse fluidos, elegantes y con múltiples matices.

La botella va a ser cómplice de la progresiva complejidad que va adquiriendo el vino; va a contribuir a que una cosecha excelente y elegante dé lo mejor de sí en la copa. Durante la guarda en el botellero se produce un cambio en el aroma y en el color, pero es en la textura donde, quien lo bebe, percibirá mejor su efecto. Esta es un tipo de crianza llamada “reductora” porque se produce en la casi total ausencia de oxígeno, y la microoxigenación que le llega al líquido a través de los poros del corcho con el que se tapa la botella obrará el milagro, puliendo taninos y haciendo el vino más redondo, sin que llegue a oxidarse, es decir, manteniendo una evolución lenta y medida que será después la que provoque esa magnífica sensación que se tiene al descorchar un vino elegante, redondo y con un equilibrio que parece fácil de conseguir, pero que es fruto de una constante y minuciosa labor de observación y control.

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