El Rioja

Álvaro Palacios, el «buen pastor» del viñedo

Álvaro Palacios: «Lo realmente tocado por lo divino son las viñas»

FOTO: Sergio Espinosa.

Le sobran las palabras grandilocuentes. Con él no van las definiciones perfectas marcadas a fuego como si no se pudiese rebuscar un poco más para encontrar lo simple, lo auténtico, lo primigenio. Buscar. Esa palabra que ha ido ligada a su trayectoria vital. Buscar su camino, buscar terruños, buscar la excelencia. Siempre buscar. Inconformista desde la cuna, le basta con encontrar la felicidad y que sus vinos consigan hacer dichoso al que los disfruta. Vida, tierra, tradición, oficio, magia… y remontarse quizás a esa Edad Media que tanto le fascina.

Nada sencillo en una persona en la que la entrega, la pasión y la energía convergen de tal forma que se hacen palpables en cada poro de su piel. Entre esos dos mundos consigue sobrevivir Álvaro Palacios. Entre la responsabilidad de ser un referente en el mundo del vino y el hecho de ser simplemente ‘Alvarito’, aquel niño que jugaba entre cubas en la oscuridad y la humedad de la bodega familiar, aquel joven que cogió los bártulos y se fue para abrir caminos que ningún otro se atrevió a explorar.

FOTO: Sergio Espinosa.

Hablar con Álvaro Palacios de vinos es conjugar los verbos más auténticos en pasado y con rima asonante porque lo que sale de su boca es pura poesía. La naturaleza de las palabras llevadas a un mundo en el que no pudo ser torero ni piloto de motos (aunque ambas cosas las intentó con esa plaza de toros enfrente de casa y esa Bultaco que entró por casa de la mano de su hermano Toño), pero que le permitió descubrir que su pasión estaba mucho más cerca de lo que incluso él creía. «Me dediqué a esto porque un día me di cuenta de que de lo que más sabía era de vinos». Y así, con 17 años, decidió escucharse a sí mismo y descubrió que el oficio, eso que se pega aunque uno mismo no se dé cuenta, estaba ahí.

Todo queda aún de ese joven que no dejaba de buscar. «Es que el objetivo sigue siendo el mismo, el reto es muy especial, muy concreto, y es buscar esos grandes vinos clásicos, de altísima cotización, piezas sensibles y admiradas». Y hacerlo en España, aunque pudiese haberlos encontrado en cualquier otro rincón del mundo. De ese joven aún sigue en pie «la llama en plena ebullición, pero con un poso que te hace trabajar con más tranquilidad». Una mezcla entre cansancio y experiencia que le hace ver todo con más pausa. «La situación del país, de los políticos, me ha envejecido mucho estos años», reconoce.

FOTO: Sergio Espinosa.

Fiel a la viticultura tradicional, no duda en quitarle importancia al factor humano. «En una vitivinicultura tan asentada como la nuestra, el viticultor solo tiene que ser un buen pastor de ese patrimonio casi perfecto, porque lo que realmente está tocado por lo divino son las viñas», asegura. Esas viñas con rasgos mágicos, que cautivan con emociones indescriptibles el alma de una persona. «La tecnología no puede crear la magia que te ofrece un vino y que es la cumbre de la calidad». Y es que en la viña está la raíz de todo. «En Francia, en Italia, incluso en Alemania han sabido verlo y esas viñas están muy bien clasificadas, muy bien ordenadas y muy valoradas por sus privilegios y su tradición. El viticultor lo único que tiene que hacer es no estropearlo, en España nos hace falta darnos cuenta de eso».

No rechaza la elaboración de las grandes bodegas. «Cuando hay que hacer millones de botellas de las que te tocan el alma es necesario más talento humano, pero en los grandes vinos la viña es lo que importa, es como el pastor que mete las ovejas en el aprisco, sólo hay que guiarlas».

«Hay menos vinos buenos de los que me gustaría». Surge su lado más inconformista. «Fallamos un poco en el segmento de vinos de precio medio y gran volumen que es por donde la gente se aficiona a nuestro mundo y quienes mantendrán el consumo », asegura. «Cosechar a máquina… es muy práctico, pero…», lamenta. Está convencido que se puede volver a las manos. «La Montesa es un ejemplo, ahí es donde te la juegas, viticultura ecológica, vendimia a mano, todo seleccionado a mano, así es como se invita a que la gente se aficione». Sensibilidad, cariño, darle a la tierra lo que quieras que ella te devuelva. Clave en la forma de entender su mundo.

A muchos les resulta curioso que Álvaro Palacios pusiese sus ojos en el Priorat siendo un hombre de Rioja. «Quizás ahora hubiese sido diferente, pero hace 33 años en la región, incluso en la familia, se respiraba un ambiente en el que hubiese sido imposible hacer un vino como Valmira». Entonces el reto de cualquier bodega que quisiera estar a la altura del resto pasaba por llegar a las 450.000 cajas. Pero Álvaro vio en los grandes vinos de Burdeos y Borgoña, en su paso por Petrus, un ejemplo a seguir. «Todo el mundo entonces miraba a España, me di cuenta desde muy joven en los viajes que el sector internacional estaba esperando nuestros grandes vinos», cuenta. El ‘viejo mundo’ como escenario, conseguir piezas originales como objetivo. «Había pocos estímulos: El gran Alejandro Fernández, en Pesquera; por eso no me fui a Ribera, porque allí ya había un gallo y yo entonces iba a por todas».

FOTO: Sergio Espinosa.

Fue con René Barbier con quien descubrió entonces el Priorat. De nuevo buscando. Se enamoró del lugar. Y buscando encontró un lugar de monjes borrachos, de historias de alquimistas, de viñas viejas tocadas por un don divino. Estaba ahí. En un lugar difícil («tenemos en la familia algo de masoquistas con el trabajo»). Y después llegó el Bierzo de la mano de su sobrino Ricardo. Lugares en los que el vino estaba «infravalorado» y en los que el futuro sólo pasaba por potenciar la ruralidad para convertirla en sofisticación.

Sigue plenamente convencido de que hay potencial. «Todos los pueblos de España eran la Borgoña, fruto de las herencias de las familias. Te llegaba un mercader y te decía que eso se lo guardases, eso seguía pasando en Francia e Italia, pero en España dejó de pasar con la industrialización». Una época decadente para el mundo rural que «nos hizo pensar que nuestros abuelos no sabían hacer vino». Error por partida doble. Ahí es donde había que fijarse: «Todo eso terminó en la masificación absoluta, era cuestión de sobrevivir, empezaron las denominaciones grandes para dar solución a una precariedad de mercado. Se perdieron los rasgos de autenticidad, de origen, de sensibilidad, de singularidad…» Revertir eso es lo que intenta día a día.

Y del mundo a Yerga. Un lugar al que volvió buscando (otra vez ese verbo) sus raíces. Y encontró uno de sus mayores tesoros. «Me fui pero sin irme nunca, no podía pasar más de dos fines de semana sin venir a Alfaro», recuerda. Y cuando llegó para quedarse se volvió a enamorar. «Jamás pensé que podía darme tantas sorpresas desde el punto de vista de calidad. Esta zona de Rioja Oriental siempre ha sido la hermana pequeña de Rioja, con un montón de complejos, no creíamos en lo nuestro, en lo que hacíamos…». Recuerda que incluso la familia compró una bodega en Logroño para poder embotellar como Rioja Alta. Y entonces, después de tanto buscar, encontró, y lo hizo en casa. «En Yerga descubrí una zona que tiene ciertos espacios mágicos, una tierra que nos está dando un vino a la altura de los grandes vinos de Borgoña». El hombre que se fue buscando monjes encontró además que aquí estaba uno de los monasterios cistercienses más importantes. Buscar para encontrar. Un lugar mágico con sus veinte centímetros de arcilla ferrosa en superficie, apoyados en cinco metros de carbonato de calcio blanco impoluto que le da un sabor, una textura y una pigmentación fascinante a los vinos.

«Suave, fresco y rico». Así define al Quiñón de Valmira. Sin más pretensión, humilde y a la vez sofisticado como el bucólico paisaje de una simple viña, alejándose de las excusas para definir vinos. «Lo importante es lo que queda en la botella». Así de simple, buscar en una botella vacía y disfrutada el éxito de un buen vino. Como ha sido siempre a lo largo de los siglos, «desde la espiritualidad más absoluta de las ofrendas a los dioses a las bacanales, siglos y siglos en los que el vino ha mandando en nuestra cultura».

FOTO: Sergio Espinosa.

Y si el pasado es clave, no lo es menos el futuro que pasa por las nuevas generaciones y por cambiar muchos, quizás demasiados conceptos. «La Rioja tiene que dar pasos importantes en las clasificaciones, no hay nada inventado. El futuro pasa por subirte a Bruselas con el ejemplo francés, buscar la excelencia de ciertos lugares de La Rioja», intenta adelantar. «Hay que dar espacio a la gran viña clasificada (gran cru classé) a la viña clasificada (cru classé), lo que sería aquí un paraje y el vino de villa bien promocionado para que se puedan subir los jóvenes». Y si no, lo tiene claro: «La Rioja perderá a la Alavesa y mucho más, la categoría que merece la zona vinícola más reconocida de España».

No le pilla de sorpresa lo que está pasando estos días con la encrucijada en Rioja Alavesa. «Es natural lo que está pasando, es naturaleza geográfica y del hombre, algunos más y menos agradecidos. Creo que se debería ser más inteligente y llevar a cabo una transición donde las clasificaciones fuesen importantes, a la francesa». Está convencido de que «el problema se evitaba porque podrían convivir perfectamente con esas personas que quieren salirse». Es preciso en su visión del conflicto: «Con una selección buena de viñedos esto se evitaba, propuestas y no siempre el enfrentamiento. Y si los políticos no se meten, mejor, porque los mercados se resienten cuando entra la política», asegura.

También lo tiene claro con respecto a la llegada de infraestructuras como los molinos. «Es inviable llevar a cabo ningún proyecto con el futuro que nos vemos encima, nadie está pensando en el futuro vitivinícola de La Rioja». El miedo va más allá. «Ahora llega una refinería de aceites que está ubicada entre las tres bodegas más representativas de Alfaro, es un auténtico despropósito, por eso hemos echado atrás el proyecto», asegura.

No es hombre de quedarse con mal sabor de boca, por eso termina reivindicando el poder de la viña demostrado más que nunca esta última vendimia. «Ha sido una vendimia agotadora», dice con la angustia que Paco de Lucía mostraba al ponerse detrás de su guitarra. «El agostamiento de la cuenca del Ebro va a más, la naturaleza nos da avisos desde hace tiempo, venimos de años de extremos, todo lo que está en las previsiones se está acelerando», pero… Y es que para Álvaro Palacios siempre hay un pero optimista: «La viña es resistente, te vuelve a sorprender y da calidad, hay que reaprender junto a ella, quizás readaptar los tiempos de crianza para hacerlos cada vez menores y sobre todo recurrir a las variedades históricas que se eliminaron en la zona». Requena, monastel, Tinta Velasco, etc… «Son esas tintas de ciclo más largo, que están dando muy buenos resultados para dar pinceladas a los vinos por las que hay que apostar», asegura.

Buscar y volver a buscar. Apoyados en el pasado sin dejar de mirar al futuro. Buscar en lo que los abuelos nos enseñaron, en las prácticas de toda la vida, en una labranza inevitable, en más masa foliar. Buscar frescura, aromas, alegría, vida. Porque, para encontrar, no queda otra que seguir buscando.

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