El Rioja

Los 25 brindis de un reserva especial en Bodegas Peciña

Alberto Ortiz, en una de las viñas de la propiedad de la Bodega Hermanos Peciña. | Foto: Leire Díez

La de aquel 1997 recuerda Alberto Ortiz que fue «una cosecha atípica» en la Sonsierra. «Compleja, adelantada, con un invierno templado y mucha pluviometria durante el año que dejó mucho forraje en campo». Mientras recorre el laberinto de salas que esconde la bodega familiar Hermanos Peciña bajo tierra se reconforta al atender admirado lo avanzado en el último cuarto de siglo. Desde que comenzó con el actual propietario de la firma y que por aquel entonces era su suegro, Pedro Peciña, en una pequeña bodega en el casco urbano de San Vicente, hasta que dieron el paso a las afueras del pueblo, junto a la carretera LR-124. En 1992 los planos de la nueva bodega dibujaban un escenario prometedor para embotellar, por fin, el trabajo de campo de todo un año y el sueño de Pedro.

«Se construyó como una bodega funcional, más pensada para elaboraciones cómodas con sus tolvas de recepción. Pero a medida que ha ido pasando el tiempo el tratamiento que se le ha dado a la uva ha sido diferente, optimizando una materia prima de calidad que se reparte en unas 50 hectáreas de viñedo en propiedad», remarca Ortiz, enólogo  en camino hacia la gerencia. Entre San Vicente de la Sonsierra, Labastida y Salinillas se desarrollan las vendimias de Bodegas Hermanos Peciña en unos viñedos que rondan los 40 años de edad, a excepción de dos hectáreas de viura en Salinillas recientemente plantadas.

«Todo está a este lado del río Ebro, entre 400 y 600 metros de altitud con tempranillo y garnacha principalmente que no llegaron a elaborarse hasta el 1966, pero haciéndolo en las anteriores instalaciones. Fue la de 1997 la añada que se vinificó ya, por fin, en la nueva bodega y que este año sopla 25 velas desde aquella primera vendimia que recorrimos El Codo, una parcela ubicada en la zona baja de San Vicente y de la que procede este reserva, el primero que llegó a la casa y con el que rendimos un homenaje a la bodega con esas 400 botellas en formato magnum que salen el próximo mes», resalta. Una sobria etiqueta diseñada en el siglo pasado, cuando «no había ninguna pretensión de llegar a donde estamos ahora», por lo que poco se parece al estilo que inunda los diseños de la Rioja actual.

Alberto Ortiz, en una de las viñas de la propiedad de la Bodega Hermanos Peciña. | Foto: Leire Díez

Aunque las renovaciones han sido continuadas en estos 25 años de historia, la innovación en bodega de puertas adentro llegó en el 2005, con una nueva e importante ampliación de instalaciones enfocada a una elaboración más eficiente. «Se trata de un sistema que busca aprovechar el diferencial de altura de siete metros que existe entre una nave y otra de la bodega. Allí colocamos una cascada de depósitos de acero inoxidable, de 17.500 litros, ubicando el más elevado en el centro a modo de pirámide con el fin de que la uva, previamente seleccionada en la mesa y despalillada, caiga por gravedad en los depósitos sin necesidad de ningún tipo de bomba y que no se rompa el grano a través de una maceración intracelular», apunta Alberto.

Por si fuera poco, Peciña se caracteriza por ser una de las pocas bodegas en la denominación que hace sus trasiegos a través del método tradicional de gravedad y decantación: «Gracias a que tenemos un sistema de apilado manual de barricas a cinco alturas, podemos limpiar el vino de forma natural sin necesidad de hacer clarificados ni filtrados, sin bombear o agitar el vino. A través de un pequeño agujero de cinco centímetros en la parte baja de la barrica se cuela todo el vino dejando en el fondo los sedimentos naturales del producto», explica.

Instalaciones de la Bodega Hermanos Peciña. | Foto: Leire Díez

Tres naves entre las que se reparten las cerca de 4.500 barricas de roble americano que descansan bajo tierra y de las que salen esas 250.000 botellas anuales. El destino principal (en torno a un 90 por ciento) es el extranjero, con el cliente estadounidense a la cabeza en la recepción de las creaciones de Peciña, por lo que en tiempos de Trump y sus aranceles los ánimos estaban revueltos en bodega. «Hubo miedo y, sobre todo, mucha incertidumbre por ver qué ocurría y también por ver cómo se comportaban nuestros operadores», reconoce Alberto, aunque afortunadamente sus vinos tienen más de 14 grados (a excepción del joven), así que no hubo grandes problemas.

«Este año, por ejemplo, sí ha sido muy raro el comportamiento del mercado allá. Empezamos muy fuerte la temporada, pero con el tema del encarecimiento del transporte pasamos de cuatro semanas de tránsito con los barcos a ocho, lo que generó mucho miedo a un posible desabastecimiento. Así que la gente empezó a hacer acopio de vino. Luego, al poco tiempo, esa demanda se frenó y de nuevo volvió a reactivarse, pero ya en con números habituales. Prácticamente, en seis meses hemos hecho las mismas operaciones que en un ejercicio normal», calcula el enólogo, al tiempo que tantea una mayor inmersión futura en el mercado nacional.

Alberto Ortiz, en la Bodega Hermanos Peciña. | Foto: Leire Díez

Considera que el aspecto determinante a la hora de cautivar a su público consumidor recae en el factor calidad precio. Así, mientras pone sobre la mesa una variada partida de vinos entre gamas clásicas y otras más modernas que se escapan de las corrientes tradicionales, los precios se ajustan a un mercado competitivo pero sin alejarse del valor que tiene pertenecer al territorio de la Sonsierra. «No hablamos de vinos baratos, pero tampoco elitistas. Lanzamos al mercado un crianza en torno a los 8 euros, una cifra apta para que pueda llegar a más gente, pero a su vez lanzamos Chobeo. Esta es la gama alta de la bodega que salió por primera vez al mercado en 2005 y con la que buscamos salirnos de los estilos más clásicos y plasmar más nuestra tierra, de ahí que el nombre sea el mote con el que se referían a la familia Peciña».

En los nueve vinos que elaboran, la madera no se comporta de igual forma para demostrar el poder de la barrica en el comportamiento de el fruto. Por un lado, los clásicos crianza, reserva y gran reserva, «unos vinos muy criados en barrica de varios usos»; por otro, la gama más moderna, con estancias más cortas en madera, por lo que son de nuevo uso. En este caso, Gran Chobeo hace la maloláctica en madera y toda su vida la pasa en barrica antes de ser embotellado.

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