El Rioja

Últimas cepas de una vendimia a la riojana

Inés Echeverría, durante la vendimia de una de sus últimas fincas en Sajazarra. | Foto: Leire Díez

El Consejo Regulador de la DOCa Rioja lanzaba hace poco más de una semana un inesperado mensaje que sobresaltaba a muchos de los agentes implicados en esta ardua tarea: la vendimia 2022 finalizaba oficialmente con 409.184.205 kilos recepcionados, de los cuales cerca de 49 correspondían a uva blanca. Pero quedaban muchos racimos todavía por cortar. El cierre general de la cosecha se establece cuando más del 80 por ciento de la producción total descansa ya en bodega. Así que aún hay cabida para esas últimas uvas, esas últimas viñas, esos últimos pueblos.

Como Sajazarra. Allí la vendimia concluyó el pasado 13 de octubre con el cierre de las tolvas de la cooperativa, pero todavía se ven tractores yendo y viniendo, aunque sean a cuentagotas. Inés Echeverría ha cumplido con el tradicional refrán de «para el Pilar, todos a vendimiar». Avanza cepa tras cepa arrastrando el cesto con sus iniciales que va copándose de racimos de tempranillo que han crecido ya en término de Cihuri. Así lleva cinco días y la acompañan en la tarea una cuadrilla de portugueses, Nuno, como trabajador durante todo el año, y su marido Javier, que hace tres años cambió las botas de seguridad de la fábrica por las del campo para unirse a la gestión de esas dieciséis hectáreas de viñedo que dirige su mujer a título principal junto a las que trabaja con su hermano.

Inés Echeverría, durante la vendimia de una de sus últimas fincas en Sajazarra. | Foto: Leire Díez

Lo de ser agricultora casi le llegó por las propias circunstancias de la vida que tienden a cambiar el rumbo preestablecido. Su padre sufrió una enfermedad a mediados de agosto de 1996 que le dejó de baja justo a apenas dos meses para comenzar las vendimias. Ella, la pequeña de tres hermanas, acababa de concluir entonces su contrato laboral en Madrid tras formarse como socióloga y el futuro se le presentaba incierto. Así que no lo dudó. «Me tocó echar un cable ya más en serio, casi como relevo generacional, porque lo que había hecho de chavala era meramente ayudar a mis padres en el campo espergurando o deshojando, pero a todas nos dieron la oportunidad de estudiar fuera». En aquel momento Inés tenía 29 años y desde aquel día no se ha despegado de las viñas de su padre que este dejó a buen recaudo.

«Fue una decisión que me tocó tomar en ese momento y me siento bien orgullosa de ello. Muchas veces es agotador, pero a la vez reconforta venir al campo y ver cómo progresan tus viñas. Y es entonces cuando recuerdo que más agotador era para mi madre. Ella, además de vendimiar, tenía que madrugar para preparar el almuerzo y la comida para todos. Luego, cuando volvía del campo, se cambiaba y de nuevo, a la cocina. Por no hablar de que tenía que andar al cargo de las hijas también. Y a pesar de andar al tanto de todo y de todos, aún era la que más arreaba cortando uva, que muchos decían tener miedo de ir en su mismo renque porque les dejaba atrás. Cuando llenaba el cesto, todavía aprovechaba el delantal negro de pana que solía llevar colgado para echar algún que otro racimo más. Ella es una de esas tantas mujeres que tenía que haber cotizado a la seguridad social por el trabajo desempeñado pero que nunca lo hizo», cuenta entre risas.

Inés Echeverría, durante la vendimia de una de sus últimas fincas en Sajazarra. | Foto: Leire Díez

Inés tampoco se ha despegado de su pueblo natal, casi en la frontera con Burgos y con cortos senderos que comunican con los Montes Obarenes. Reconoce que es una suerte poder vivir en uno de «los pueblos más bonitos de España», tal como lo certificó la asociación promotora para el reconocimiento del valor patrimonial y cultural del país. Pero a ella le gustaba casi más cuando no era tan famoso y no había cientos de personas desconocidas recorriendo su calles cada fin de semana. «Yo me he quedado en el pueblo porque mi madre se quedó también y tengo claro que es el entorno idóneo para vivir. Pero sigo pensando que las mujeres seguimos acarreando con gran parte de la gestión de un hogar. Somos, sin que esté escrito, las encargadas de cuidar de los pequeños, pero también de los mayores. Y a eso súmale la actividad profesional a la que nos dediquemos. En el medio rural todavía se agudizan más esos roles, por eso creo que aún queda mucho por cambiar», reflexiona es madre viticultora.

Lo que tampoco ha cambiado mucho desde entonces es la rutina de vendimias, a pesar de que la concentración parcelaria de 1993 modificó el paisaje de esta zona y se llevó por delante mucho viñedo viejo. Meticulosidad, trabajo manual, organización y selección parcela a parcela… Todo lo que estime Bodegas Muga para elaborar después sus grandes vinos. A esta familia les une una relación comercial que ya cumple las dos décadas, cuando Javier llamó a la puerta de Jorge e Isaac y estos aceptaron recoger cada campaña las uvas de Inés, convirtiéndose así en una proveedora más que la firma tiene en esta zona límite de cultivo en Rioja.

«Solo nos preguntaron la zona y dijeron que sí. Luego se acercaron a ver las viñas para estudiarlas y ver cuándo se podrían vendimiar. Habían pasado pocos días desde que otra gran bodega de Rioja a la que llevábamos las uvas desde hacía tiempo nos había comunicado que prescindirían de nuestro producto para la próxima vendimia, así que teníamos que buscar una solución en la que no entraba la cooperativa del pueblo porque mi padre no era socio, aunque Javier sí lo fuera, pero aún no estábamos casados, así que llegamos a Muga», relata Inés. Desde entonces, la bodega jarrera se surte de las uvas de Inés procedentes de los términos de Sajazarra, Cihuri y Galbárruli, «pero sigue siendo el agricultor quien gestiona el cultivo y quien hace los muestreos oportunos antes de vendimias».

Vendimia en Sajazarra. | Foto: Leire Díez

Eso sí, visitas a pie de campo durante el año, más constantes en los meses previos a iniciar la campaña, así como el control de la producción parcela a parcela corre a cargo de Muga. «Reciben las muestras de grado y los kilos estimados de cada parcela para decidir cuál vendimiamos. Unas uvas van a cajones; otras, en toldos pero sin sobrepasar los 1.000 kilos. Nada de sacauvas para no amontonar la uva. Todo implica un mimo enorme tanto en la viña como durante la vendimia, con muchas exigencias, por lo que se manejan unos costes importantes. De ahí que el precio también sea elevado y, lo más importante, estable año tras año (las tintas rondan el euro)», incide Inés, quien apuesta por esta diferenciación para dar mayor valor a la marca Rioja.

Las lluvias de agosto dieron un respiro a las uvas de esta zona, que en mayo fueron algo golpeadas por la piedra, y el resultado ha sido impresionante. «Se quejaban esta campaña de que en las zonas altas no iba a haber grado, pero aquí estamos sacando 15 grados, algo que en la bodega es bien recibido porque esperan hasta el último momento para vendimiar. Ni en los blancos hemos visto nada tocado. Toda la uva se ha comportado muy bien, aunque los kilos no han acompañado mucho. Pero aquí siempre hacemos un aclareo previo a vendimias para regular bien la producción (el año pasado llegamos a tirar hasta el cincuenta por ciento), como un encaje de bolillos para evitar sobrepasar el limite fijado en bodega y tampoco quedarte corto»

La viura y la garnacha blanca las cortaron en septiembre, incluso antes que la parcela de cava, que también vendimian para la bodega jarrera. Ahora afrontan ya las últimas jornadas de cargar cestos y transportar remolques a Haro. El almuerzo ya no se hace en la viña, ni hay tantos comensales a los que atender, pero sigue habiendo una directora de orquesta a la cabeza coordinando cada paso, cada decisión y también cada plato.

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