El Rioja

Félix Mato: «En Rioja sobran hectáreas de viña que nunca debieron plantarse»

Félix Mato, presidente de la Cooperativa Bodegas Sonsierra. | Foto: Leire Díez

Un asfalto serpenteante discurre entre terrazas de viñedo. Algunas en pendiente. Otras a la altura de los meandros del Ebro. Esto es el territorio de Sonsierra atravesado por seis ríos. «La autenticidad de Sonsierra», remarca Félix Mato, presidente de la Bodega Cooperativa de San Vicente desde 1986, mientras conduce por la LR-318, alejándose del municipio y adentrándose en el término de la Sambuera. Hace una parada en uno de los guardaviñas desde los que se ve a lo lejos el Castillo de Davalillo y disfruta de las vistas que después de 65 años lo mantienen prendado de esta zona.

«¿Acaso me vas a decir que esto es igual que Nájera? ¿O igual que Briones? ¿O que Alfaro? No. Porque lo que hay en San Vicente es algo único. Esto es un pueblo monocultivo que siempre, siempre se ha dedicado a la viña mediante un cultivo tradicional. Nos quieren meter a todos en el mismo saco de Rioja, pero en esta denominación no somos todos iguales y eso lo saben. Por la orografía de nuestro territorio, nos parecemos más a Rioja Alavesa que a Briones, que está a escasos kilómetros. Es lógico y entendible que queramos defender nuestra viticultura en una zona donde hablar de hectáreas es imposible porque aquí una hectárea ya es un terreno muy grande. Pero no actúan y, tal y como están funcionando las cosas ahora, a esta zona le quedan los días contados», se resgina Mato.

El que fue vocal del Consejo Regulador de la DOCa Rioja durante los años 90 y hasta principios del presente siglo, y que se conoce «a la perfección cómo funciona esta denominación», insiste en que el cambio ha sido brutal. «Venimos de una viticultura muy tradicional que se antes se concentraba en la Sonsierra a lo largo de la Sierra Cantabria, algo también en la zona de Nájera y la parte alta de Uruñuela entre el pueblo y Huércanos, y tres pueblos al otro lado del Ebro donde el cultivo principal era la viña: San Asensio, Cenicero y Fuenmayor. Y, en La Rioja Baja, muchas llanuras de las que ahora son cepas, antes eran huerta, frutales y almendros. En toda la vega del Najerilla ahí no había una viña porque eso era todo hortaliza. Pero a finales de los 90 todo empezó a masificarse».

El Manao, en uno de los viñedos singulares de Bodegas Sonsierra | Foto: Leire Díez

Un visión crítica del desarrollo de una denominación que ha disparado su superficie de viñedo cultivada al mismo tiempo que ha reducido sus rendimientos amparados. «En San Vicente hemos pasado de los 8.125 kilos por hectárea amparados de toda la vida en esta zona a los 6.175, pero nosotros no podemos suplir la falta de ingresos motivada por una reducción de rendimientos con cereal, hortaliza o frutales. Y ya no es solo la reducción de rendimientos, sino también de precios porque muchas bodegas han comprado sin precio. Y esto ocurre porque no lo están regulando los profesionales del sector, los agricultores y bodegueros, sino que se está regulando políticamente. Desde los despachos y no desde la viña», sentencia con una opinión no compartida por muchos profesionales del sector que sí aplauden esta reducción de rendimientos.

Mato recuerda cómo antaño existían esos rendimientos diferentes para cada pueblo establecidos en función de sus particularidades como la orografía y la climatología. Unos rendimientos, además, variables en función de cómo vendría el año meteorológicamente hablando. «Eso permitía que la viña se regulase ella misma, dejando producir lo que debe y evitando tirar uvas en perfecto estado y con gran potencial. Pero hacer eso ahora implicaría tener un exceso de producción. Y todo ello porque en Rioja sobran hectáreas de viña que nunca debieron plantarse».

La desvalorización y generalización de Rioja, asegura el presidente de Bodegas Sonsierra, llegó a principios de los 2000 con la creación de la Interprofesional. «Una que yo también la firmé, pero en ese documento aparecían unas cosas muy diferentes a las que luego se hicieron. Es más, dice todo lo contrario a lo que se está haciendo. Se creó con el fin de hacer una especie de lobby entre agricultores y bodegueros para defendernos de las políticas nacionales que iban a dirigirse más hacia vinos de España, cargándose así las DO. Pero le dieron la vuelta y al final hubo denominaciones de origen para cualquier producto con el fin de garantizar su origen. Y así Rioja fue uno más con el que todos competían. Pero es que aquí cultivamos nuestras viñas igual que antes, ¿cómo competimos entonces con todo lo que hay fuera, incluso con el resto de Rioja?»

Sobre la viña El Manao, que recorre con delicadeza sorteando las viejas cepas, Félix regresa a la actualidad más actual: la vendimia. De los 36 años que lleva en la bodega, la de este 2022 es una de las mejores añadas que ha visto. «Aquí la sequía apenas ha apretado porque se labra mucho la tierra para que ese estrés hídrico no se note tanto, por no contar con la merma de cosecha que ha favorecido. Y las viñas que están hechas polvo es porque no pertenecen a agricultores. Hasta en el mismo término de San Vicente se ven las diferencias entre tratar la viña de una forma u otra. Y luego es imposible que salgan los mismos vinos», afirma contundente. Aunque todavía están en bodega viendo lo que sale de los primero depósitos, «lo que se aprecia es que va a haber vinos muy buenos e interesantes solo viendo la uva que entra».

Es contundente al remarcar que la clave del mantenimiento del patrimonio vitícola de San Vicente recae en las manos de los viticultores más veteranos. «Les mueve la ilusión por venir a sus viñas y cuidarlas como han aprendido de sus padres y abuelos. Son viñas, por tanto, aptas para el cuidado de un agricultor y si caen en manos de grandes bodegas, están condenadas a morir en tres años. De ello tengo prueba en otras parcelas del municipio y se me ponen los pelos como escarpias porque no sé cómo vamos a sujetar este patrimonio natural si nadie se preocupa por él cuando no estemos nosotros».

Y esa ilusión de los mayores hay que reconocerla económicamente. Mato asegura que si no hicieran rentables estas viñas viejas, acabarían arrancándose o abandonándose por sus propios dueños: «Por eso pagamos por rendimiento y es que de los viñedos catalogados como ‘Singulares’ lo máximo que podemos llegar a sacar son unos 2.000 kilos por hectárea. Del último que metimos, El Muérdago, apenas entraron 450 kilos. Así, si el precio estándar en la cooperativa estaba en 75 céntimos el kilo de uva general, el de la uva de los viñedos singulares llegó hasta 1,60 euros».

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