El Rioja

De Gredos a Rioja con la meticulosidad bordelesa

Carlos Sánchez, en su viñedo de Labastida. | Foto: Leire Díez

Perfeccionismo, orden, meticulosidad y esmero son las cualidades de Carlos Sánchez para no perder detalle de lo que se cuece en sus viñas y de lo que después han de reflejar sus vinos. Asegura que es así en todos los ámbitos, también cuando era maestro en Madrid. Pero aún afloran más estas aptitudes cuando se calza las botas y se pone frente a los depósitos. Tal vez algo de esa pulcritud y precisión con la que trabaja se lo deba a los días pasados con sus amigos de Borgoña, donde este año se ha estrenado como vendimiador.

Le llamaron en verano y un 24 de agosto ya estaba allí, con toda la ilusión de formar parte de la excelencia bordelesa. Tuvo el tiempo justo para acabar con el chardonnay y el pinot noir en Francia y llegar a la viura de Rioja con las fuerzas suficientes para afrontar su enésima cosecha. Y cambiando también la mentalidad. «Porque la manera de trabajar que tienen allá es muy diferente, con unas dinámicas distintas. Solo hay que saber que allá el kilo de uva pueden pagarlo hasta a 150 euros y la hectárea de viña, a tres millones. Nada más que decir. Además, allá la vendimia se vive como si fuera un acontecimiento por todo lo alto, con una fiesta de despedida a la que me repitieron varias veces que no podía faltar. Y tuve que hacerles caso», ríe.

Amante de la Borgoña y, en concreto, de una de las viñas de La Romanée-Conti llamada Belles Montagnes, Carlos no dudó en tomar prestado ese nombre para etiquetar sus tinto y blanco procedentes de una parcela en Labastida de apenas media hectárea donde conviven tempranillo y viura que para estas fechas ya han sido vendimiada. Los Montes Bellos de Buradón, entendiéndose antiguamente por Buradón aquella zona que se extendía por toda la sierra desde Salinillas de Buradón, es su niña mimada. Y es que de las prácticas bordelesas también se ha traído ese interés por elaborar parcelarios.

Vino de Carlos Sánchez, procedente de uno de sus viñedo de Labastida. | Foto: Leire Díez

Una visita turística a Rioja hace ya un tiempo le sirvió para descubrir que el vino tenía que formar parte de su vida de una forma u otra. Así que tras unos estudios de Enología, y unas notas sobresalientes, dejó todo para dedicarse al asesoramiento a bodegas y, poco a poco, a experimentar con sus conocimientos. Comenzó en la cooperativa toledana de Méntrida y poco después se puso a elaborar en la Sierra de Gredos sus vinos Las Bacantes en compañía de Javier García, uno de los enamorados de este enclave y fundador la firma 4 Monos. También tuvo de maestro a Iñaki Otegui, el creador de la sidra vasca Malus Mama que tanto interés suscita en el sector, de quien se lleva «grandes aprendizajes y la visión de cómo manejar los tiempos en bodega». Pero para entonces, allá por el 2008, Carlos ya había hecho realidad el sueño de estar más cerca de Rioja con la compra de una vivienda en Cuzcurrita de Río Tirón (donde actualmente vive). Eso, sin saberlo, solo era el principio de su inmersión en el corazón de la Sonsierra.

Ahora continúa con esos servicios de asesoramiento en fincas de Toledo y Albacete, donde le toca hacer «vinos más comerciales enfocados al gusto del cliente internacional», pero cada vez con más frecuencia va excavando más en Rioja para hacerse un hueco mayor. «Aquí es donde exploto mis inquietudes, donde puedo probar y dejarme llevar. Lo que busco conseguir son vinos sin color y con finura, vinos poco complejos y una estructura limitada que llevan unas maceraciones largas. A poder ser, primero que me gusten a mí y luego ya que le gusten al consumidor, aunque suene egoísta», reconoce este «hacedor de vinos», como le gusta definirse. Y así salen sus 12.000 botellas anuales.

Carlos Sánchez, en su viñedo de Labastida. | Foto: Leire Díez

Solagüen, en Labastida, es el centro neurálgico donde las ideas de Carlos cogen forma, y aromas, para que esa esencia adquirida durante años salga embotellada a la perfección. Porque Carlos no entiende de improvisaciones. Ha de tener todo bien hilado antes, durante y después de la vendimia en las ocho parcelas (tres en Labastida y cinco en San Vicente) que trabaja y que juntas apneas suman cuatro hectáreas. Si le ofrecen vendimiar una viña semanas antes de campaña, se niega. Antes ha de haber pasado meses recorriendo esa parcela, estudiando su comportamiento y sus suelos, atendiéndola él o, al menos, controlando su gestión.

Este asesor técnico de campo no pasa por alto que sus viñas las rocíen herbicidas ni tratamientos químicos. Trabaja sus ocho hectáreas en propiedad entre Labastida y San Vicente de la Sonsierra bajo prácticas ecológicas y biodinámicas (ya en proceso de reconversión para obtener la certificación oficial). Se las labran con tractor, sí (porque él no tiene maquinaria agrícola), pero no con rotavator. «Que tampoco busco melones. Es más, nunca llego al papel y eso no me preocupa. Aquí lo que abundan son racimos pequeños y no me importa tener 2.000 o 2.500 kilos de rendimiento. Pero si exijo ciertas cosas en campo, también las pago», aclara.

Carlos Sánchez junto a Beatriz, en la bodega Solagüen donde elaboran. | Foto: Leire Díez

Esta semana el trabajo se hace de puertas de bodega para adentro. Allí está su mano derecha, su pareja Beatriz, bazuqueando los depósitos mientras Carlos va borrando ‘hojas’ de su particular esquema de organización de vendimias, celebrando que ya casi puede despedirse de él hasta el año que viene. En 2021 optó por una pizarra donde dejar huella de cada paso, cada proceso y cada avance de cada uno de sus vinos, pero esta campaña ha preferido ir a lo grande tomando testigo de lo que Beatriz ya inició vágamente la temporada anterior: ahora las paredes de los depósitos de hormigón que hacen de paredes en la planta baja de la bodega son la pizarra de vendimias.

Allí descansan barricas, depósitos de polietileno y hasta una vasija de barro con viura fermentando que ya forma parte de otra idea experimental de Carlos con un amigo de Cihuri para cuyo resultado habrá que esperar un poco más. Lo que ya se puede saborear es lo que amasa con Tres Viñerones desde Labastida, el proyecto que impulsó en 2015 junto a su amigo Javier García y Nacho Jiménez, de Alma Vinos Únicos, y con el que sacan al mercado otras 12.000 botellas de La Esquirla del Bardallo y Sedal.

Es pequeño productor llegado desde Madrid ya se ha convertido en una pata más de Rioja que colabora en que el nombre de Labastida y San Vicente de la Sonsierra lleguen lejos, crucen el charco y se coloquen en los restaurantes y vinotecas más selectas de Noruega. «Ojalá hubiera más pequeños productores así, que en lugar de ser cincuenta, fuéramos doscientos, como ocurre en Borgoña, donde hay 500 proyectos de pequeñas dimensiones. Y eso hace que las zonas cojan fama, alcancen más mercados y que coticen más».

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