El Rioja

El vino que revive a dos metros bajo tierra

Eusebio Casado crea en su bodega de Elvillar el primer vino enterrado del mundo

Un día un hijo soltó la mano de su madre y decidió salir de ese caluroso cobijo para explorar, hacerse grande y madurar. Pasado un tiempo prudencial, y conseguido un desarrollo personal, aquel hijo ya adulto regresó a los brazos que nunca dejaron de arroparle, aunque fuera desde la distancia, porque aquel vínculo que les unía era eterno. Un camino desandado del que salió más enriquecido.

Como ese melocotonero que se levanta erguido sobre la tierra y cuyo hueso del fruto regresa pasada la temporada a esconderse varios centímetros bajo tierra para volver a la superficie convertido en planta. O como ese vino que nace de unas uvas centenarias de tempranillo, graciano y algo de garnacha y que tras descansar durante 14 meses en barrica regresa a la tierra de la que nació, a dos metros de profundidad, para acabar de mejorar y dar lugar a un vino mucho más especial.

Los ciclos de la vida se desarrollan de igual forma bajo tierra que en la superficie porque las raíces, visibles o no, nunca se rompen. Eso fue justamente lo que Eusebio Casado, un ‘wine maker’ (como a él le gusta definirse) de Elvillar, buscaba estudiar cuando se lanzó a excavar un profundo agujero en una de sus parcelas más valiosas en la comarca de Rioja Alavesa para «esconder» unas tres mil botellas (en función de la añada) ya etiquetadas y lacradas que pasados 14 meses volverían a ver la luz.

«Descubrir el comportamiento de un vino que vuelve a sus orígenes, rodeado de las raíces de las cepas que lo han criado. Es decir, extraer el corazón de esa viña, el mejor vino de esa uva. Porque lo que sale de la tierra, ha de volver a la tierra». Apenas 0,6 hectáreas de viñedo a casi 600 metros de altitud. Y ya es suficiente información, del que Casado no quiere desvelar el nombre de este paraje para no dar más pistas de la ubicación donde reposa ahora un tesoro que volverá a ver la luz cuando concluya esta vendimia después de otros 14 meses de crianza arropado por una tierra húmeda  y pobre arcillo calcárea. Jamás ha visto intrusos con azadas merodeando por la zona, pero uno nunca debe fiarse (la botella sale al mercado a un precio de 60 euros).

Eusebio Casado en uno de sus viñedos de Elvillar.

Lo que sí suscitó curiosidad entre las gentes del municipio fueron esos primeros grandes hoyos que abrió Eusebio Casado en la tierra. «Hubo un año que llegaron dos personas a la viña donde estábamos excavando preguntando con qué fin lo hacíamos y, claro, les dije que estábamos haciendo unos estudios del suelo para conocer la composición de las diferentes capas de la tierra. Y en realidad era cierto, pero ese era solo el primer paso. Aquel día tuve que irme con esa gente para que no vieran las botellas y dejar a los compañeros para que hicieran ellos los enterramientos. Así que luego, cuando llegó la hora de desenterrarlas, aunque sabía la zona donde estaban, no conocía exactamente el punto, así que tocó explorar», recuerda entre risas. Y en el pueblo llegaron las sorpresas.

Las raíces son tan profundas en ese viñedo con 120 años de edad que han resistido valientes ante la arrasadora filoxera y las devastadoras guerras. Será por eso que Casado tenía claro que ese tenía que ser el nido donde su mejor creación descansara. Tiene más viñedos viejos heredados de la familia repartidos por la zona y que van a parar a los depósitos de Bodegas Viña Laguardia (datada de 1910), pero es este el que más atracción le suscitó cuando en 2015 decidió dar un paso más en sus elaboración. «Los enólogos no solo queremos hacer vino. Queremos hacer vinos especiales, diferentes, que destaquen, que generen interés». Y lo ha conseguido. Ni más ni menos que convirtiéndose en el enólogo que ha elaborado el primer vino enterrado del mundo y a quien muchos le ha seguido después sus pasos.

Vistas de Viña Laguardia en Elvillar.

Pirgos es el nombre que acompaña a cada una de estas botellas cubiertas por una fina capa de esa tierra de Elvillar y con el que Casado hace honor a esta isla griega en la que ya antiguamente se enterraban tinajas de barro con vino en busca de una temperatura óptima para su conservación. «Si fuéramos una bodega grande de renombre, esta historia hubiera llegado a todo el mundo desde el primer día, con la primera añada, pero no fue hasta 2018 cuando viajé a Mallorca para dar a conocer Pirgos. A partir de ahí, comenzaron a hacerlo también en esta isla, pero enterrando el vino reforzado con paja», señala.

Y a partir de ahí, Pirgos comenzó a viajar más y más kilómetros llevando este rinconcito de Rioja por todo el globo. «Ahora se codea en las cartas de los mejores restaurantes del mundo conviviendo en sus botelleros con los vinos de más alta gama». ¿Y que es lo que cautiva a estos consumidores selectos, la historia peculiar que tiene detrás o sus aromas? «Pues todo. Porque aquí hay singularidad, pero también riqueza aromática. Quienes lo han probado buena cuenta dan de ello, aplaudiendo un vino totalmente diferente a lo que estamos habituados a ver en Rioja. Un vino con cuerpo y estructura pero, sobre todo, más mineral que se ha empapado de la frescura del terruño durante meses», destaca su autor.

Un vino donde juegan un papel imprescindible la temperatura constante, la humedad, la precisión, la oscuridad y el silencio. La receta maestra para que el trabajo de todo un año llevado a cabo con una delicadeza extrema saque su mejor fruto. Una tarea solo para los mejores arqueólogos a la que le precede una vendimia en cajas de 15 kilos con varias pasadas por las mismas cepas, con desgranados a mano, elaboraciones en depósitos de 500 litros con las tapas abiertas y una primera crianza en madera de roble durante 14 meses antes de pasar a la tierra. Para eso ya se han realizado antes las calicatas oportunas para conocer los lugares con exceso de humedad.

Dos botellas Pirgos antes y después de pasar por la crianza bajo tierra.

«Máximo respeto y cuidado para este mínimo rendimiento de tan preciadas uvas», remarca. Y en esa segunda vida que Casado otorga a las botellas, el trabajo continúa: «Se deslacran y se vuelven a lacrar con un material especial, limpiando la botella de tierra en función de lo que demande el cliente». La conservación, insiste, «está asegurada», porque se trata de una botella trompo cónica y serigrafiada para que nada altere el vino que reposa en su interior.

Quien ya constituye la quinta generación de esta familia de hacedores de vino, con medio centenar de hectáreas de viñedo controladas actualmente y una partida de entre 200 y 300.000 botellas anuales, tiene claro que este emblema de Viña Laguardia solo ha de salir en las mejores añadas. La primera fue la de 2015 y le sucedió la de 2018 (que descansa ahora a dos metros bajo tierra). Ahora las esperanzas están puestas en esta de 2022: «Estamos a la espera de vendimiarla en los próximos días porque está evolucionando bastante bien en el último ciclo para que todos los niveles se equilibren y tal como ha venido este año, todo apunta a que habrá tercera añada de Pirgos. Ha sido un año anecdótico con un exceso de calor, pero esta viña que carece de riego ha logrado resistir y traer unas uvas excepcionales. Así que en honor a ese buen trabajo hecho por la planta nosotros solo podemos devolverle el favor elaborando estas botellas».

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