El Rioja

El viticultor lógico, limpio y sin sellos

Carlos Fernández, de Bodegas Tierra. | Foto: Leire Díez

Un entramado de calles empedradas se empinan cada vez más cuesta arriba, sumergiéndose en el barrio judío de Labastida que habitaron los rabinos allá por los siglos VIII y IX. Se dice que de Navarra salieron, a Laguardia llegaron y por Labastida se fueron. De ahí que ambas villas alavesas compartan el gentilicio de rabudos y rabudas. Pero antes de partir, a su paso por estas poblaciones dejaron grandes legados en torno al vino gracias a la vinculación histórica con esta bebida.

Siglos después, este olor típico de vendimias no ha desaparecido del barrio judío de Labastida. Es ahí, en lo alto del pueblo de Labastida y sobre cuatro antiguas viviendas restauradas, donde se albergan los depósitos de elaboración de Bodegas Tierra. Viviendas todas ellas de la familia, una de los padres, otra de los abuelos, otra de los tíos, que esconden en su interior un laberinto de pasadizos excavados en el subsuelo datados del 1400 y con numerosos lagos de hormigón a diferentes alturas, algunos renovados y en uso; otros, todavía por restaurar.

«Labastida tiene más patrimonio bajo tierra que en la superficie», asegura Carlos, promotor de este proyecto vitivinícola. Y es que toda la villa está construida sobre cuevas conectadas entre sí donde hace siglos sus antepasados trabajaban con ahínco para sacar a la superficie el esfuerzo de todo un año a pie de viña. Y donde Carlos, de mocete, pasaba las tardes recorriendo el pueblo de una punta a otra con sus amigos. Pero en el fondo sabe que el patrimonio de esta villa también recae sobre el terreno.

Vendimia en Bodegas Tierra. | Foto: Leire Díez

Que se lo digan a quien se considera más un viticultor que un enólogo. «Eso sin duda, porque es en la tierra donde está el valor de todo nuestro trabajo y de lo que luego se beben nuestros clientes. Por eso nos debemos a la tierra y a nuestra tierra, por eso remarcamos que hacemos vino de Labastida», afirma rotundo. De ahí que no tuviera ninguna duda sobre el nombre que ponerle a su proyecto vitivinícola que comenzó una nueva andadura a partir de 2017, encaminada más hacia los vinos parcelarios, los menores rendimientos y la búsqueda de una mayor calidad. Un momento en el que vivió también una gran expansión a nivel internacional.

El viñedo viejo es la perdición de Carlos. Un 40 por ciento de la superficie que trabaja (35 hectáreas, siete de ellas arrendadas) están por encima de los 50 años y alguna viña que supera el siglo de edad. «Viñas viejas y malas fue lo que se llevó mi abuelo, pero porque entonces no tenía dinero para más. Decían en el pueblo que esas viñas pequeñas, de suelos pobres y poca uva para Emilio, que él las compraba. Y ahora resulta que son las que más valen». Bendito Emilio que, sin saberlo, estaba armando un imperio para sus sucesores.

Recuerda Carlos aquello desde Tierra Fidel, un Viñedo Singular de 1925 certificado en 2017 que lleva el nombre de su padre. El perfecto ejemplo de la importancia de cuidar la materia prima desde el origen, desde el subsuelo, como hacían antaño en las cuevas, porque este, como le gusta decir, «es un viñedo único». En el término Castrijo, que se ubica en lo alto del Barranco del Oso (el punto de Rioja Alavesa donde más cerca está la montaña del río), cuelgan racimos blancos de viura, torrontés, malvasía, moscatel, palomino y cariñena que se han vendimiado hace pocos días para sacar su Blanco Fermentado en Barrica. Un momento clave, asimismo, el de la elección del punto de vendimia óptimo.

En este paraje singular la sequía estival no ha hecho gran daño por eso de que las cepas viejas aguantan bien las inclemencias del tiempo. «Pero algunos tintos no han corrido la misma suerte, sobre todo los más jóvenes, en los que se van a notar más los síntomas del estrés hídrico. Eso sí, estamos en una zona privilegiada en cuanto a frescura aquí a los pies del Toloño porque ya de Ábalos hacia Laguardia es diferente».

Carlos Fernández, de Bodegas Tierra. | Foto: Leire Díez

Este Viticultor del Año 2021 (tal como lo catalogó el prescriptor británico Tim Atkin y que supuso un salto de categoría para la firma) defiende la no intervención en campo porque «cuanto menos mano se le mete, más personalidad tienen los vinos». Así, emplea poco sulfuroso y trabaja con fermentaciones espontáneas, con abonos orgánicos, con confusión hormonal y sin nada de químicos.

«Todo lo que hago es respetando siempre la tierra, apostando por una viticultura muy limpia, pero lógica a la vez en la que se guarde un equilibrio. Por ejemplo, nosotros llevamos a cabo prácticas ecológicas, pero no estamos certificados como tal. No puedo jugarme mi modo de vida y sustento porque un año malo me he quedado sin cosecha por no usar tratamientos. No estoy dispuesto a pagar por un sello que considero un arma de doble filo. Y al final yo tengo que comer todos los días», manifiesta el viticultor.

Y por si fuera poco, desde hace diez años (los últimos cinco con mayor dedicación), trabaja sus dos Viñedos Singulares bajo las prácticas biodinámicas. Pero de igual manera, sin sellos que así lo acrediten. «Un amigo me metió en este mundo y me llamó mucho la atención, así que vamos probando. Eso sí, sin perder la cabeza. Queremos hacer vinos donde se transmita fielmente la esencia de Labastida porque es su tierra la única diferenciación que podemos tener en el mercado. Hubo un tiempo donde se cuidaba la tierra, pero se perdió ese respeto y ahora estamos desandando ese camino», reconoce.

Carlos Fernández, de Bodegas Tierra. | Foto: Leire Díez

Pero para llevar todo el viñedo bajo esta filosofía de respeto al terruño toca delegar funciones en terceras personas, ya de confianza, aunque reconoce que “cuesta un poco”. En total son nueve personas en plantilla durante todo el año, a las que se suman otras tantas en época de vendimias, momento en el que el patio de esta bodega familiar, que en verano se pone al servicio del enoturista, se transforma para dejar paso a remolques cargados de uva, despalilladoras y depósitos entre los que discurren hileras de mosto.

Carlos aplaude el «despertar» que se está viviendo en la denominación: «Rioja, ahora mismo, es el león dormido de españa que está despertando y en cinco o seis años va a darnos cosas muy chulas. Ahora ves que cada uno sigue su particular camino, hacia creaciones más personales y eso es lo bonito, la diversidad. Nosotros hemos llegado a las 210.000 botellas, pero ahora queremos reducir esa producción facturando lo mismo porque huimos de esa guerra de los volúmenes que ahora parecen compartir hasta grandes bodegas, que prefieren no decir el número exacto de botellas que comercializan».

Los ideales los tiene bien anclados a su cabeza, y los planes, también. Acaba de hacerse con un depósito de mármol («no sé si existe otro en España») para elaborar a saber qué uva y qué vino, porque todavía no lo ha decidido. Y alrededor numerosos huevos de hormigón por los que siente verdadera pasión. Y los proyectos continúan con las garnachas de Creaciones Sexeo y su participación en Dominio de Challao de la mano de productores de Uruguay, Argentina y El Bierzo.

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