La Rioja

El sastrecillo valiente: «El día que deje de coser será porque no pueda entregar una labor»

Algo de pintor, una pizca de ingeniero, artes de arquitecto y esencia de poeta. Entre hilos, tijeras, cintas métricas y telas, Sixto Bezares puede decir con orgullo que es el ‘último sastrecillo valiente’ que queda en Logroño «y no sé yo si podría decirse en La Rioja».

Entrar en su tienda de la calle Pérez Galdós 19 es perderte en un mundo de hilvanes, telas y mucha pasión por un oficio que «conlleva mucho trabajo pero no se ve». Sixto empezó con 14 años y no porque hubiera algún antecedente familiar, sino porque «me gustaba mucho la ropa». Se formó como aprendiz en la Sastrería Royal, situada antiguamente en Muro del Carmen. «Comencé haciendo recados y labores en el taller por cuatro perras. El jefe te explicaba los métodos e ibas haciendo cositas». En su casa seguía cosiendo y cuando terminó la mili decidió ponerse por su cuenta abriendo su propio taller.

Y ahí sigue y, de momento, seguirá. Porque no entra en sus planes eso de jubilarse. «Amo mi profesión y la gente no va a dejar que me vaya. Sé que si cierro la tienda voy a seguir cosiendo en casa. Si me jubilo, alguno me mata», sonríe satisfecho.

Prácticamente trabaja solo porque, y aquí viene uno de los problemas de este ya prácticamente desaparecido oficio, no hay mano de obra. «Forradoras quedan dos; chalequeras, una… Cuando yo empecé podías permitirte el lujo de tener a un empleado para enseñarle, pero ahora es imposible. Si haces una cosa no haces otra y además, tienes a una persona una semana hilvanando para que vaya cogiendo maña y te aseguro que a la próxima semana no vuelve».

Como el buen sastre tradicional que es, Bezares confecciona artesanalmente toda la prenda, lo que hace, entre otras cosas, que cada pieza sea exclusiva y, sobre todo, cómoda». Porque la diferencia entre un traje de confección y uno a medida es que «al primero te tienes que adaptar, sin embargo, el de medida, se habita y cae siempre con un aspecto limpio y elegante y un aplomo difícil de igualar».

Sixto reconoce que uno de confección puedes ser, a priori, más accesible a la hora de adquirirlo, pero «si mañana engordas medio centímetros, será complicado arreglarlo porque no se dejan ensanches». Y aquí llega uno de los tantos beneficios de los trajes a medida: la garantía no tiene caducidad. «Más que la calidad, -yo respondo cien por cien por mis telas-, es la forma de hacer. Al coser, no aprieto el hilo, de esta forma se adapta mucho mejor a todas las formas y, si después de varios años necesitas un arreglo, que puede solventar sin problema».

Porque un buen traje nunca pasa de moda. «Trabajamos con dos años de antelación. Las telas del próximo verano yo ya las tengo prácticamente compradas. De todas formas, un buen traje de fondo de armario no tiene por qué pasarse de moda».

Lo importante y primera pregunta que hace Sixto a sus clientes es saber para qué es el traje. Empresarios, políticos, hombres a punto de pasar por el altar, abogados o empleados de banca son, fundamentalmente, el perfil de hombre que abre la puerta del taller. Una cartera de clientes que Sixto sabe guardar con discreción.

«Si me dices que todos los días tienes que coger el coche para ir a la sucursal en la que trabajas te recomendaré que te hagas dos trajes de 700 euros en vez de uno de 1.500. Los primeros, con telas con algo de tergal y un poquito más duras y ‘troteras’ te van a durar, si los usas a diario, uno o dos años. Sin embargo, al otro, con ese uso, no le doy más de 6 meses».

Una vez Bezares sabe cómo se va a utilizar la prenda, toca elegir la tela, un momento delicado en el proceso, no menos que el de la toma de medidas. Hombros equilibrados, bolsillos y mangas a la altura precisa, una simetría perfecta. Después, empieza el trabajo manual. En este caso, Sixto suele dibujar directamente sobre la tela las medidas que ha cogido con ayuda de la «visión que mantengo del cliente en mi cabeza». Hablar de tiempo en sastrería es algo relativo. «Si te digo que me cuesta 40 horas hacer un traje, sería un decir. Depende de muchas cosas, aunque una de las claves es hacer un corte perfecto e hilvanar bien las entretelas».

Entre otras y una de las fundamentales, las pruebas que el cliente se haga. Porque eso no puede faltar en el trabajo del último sastre de Logroño. «Habrá que hacer todas las que hagan falta, dos o tres como mínimo porque, en el momento en el que coses y planchas, luego al soltar se ve toda la costura. Así que yo, si de primeras me dicen que no pueden probárselo, no lo hago. Más que nada porque luego no voy a poder ofrecerle soluciones si hay algún cambio».

Porque un traje es para toda la vida; porque se puede llevar traje sin ser aburrido «y otorga una categoría especial», y porque es su auténtica pasión, Sixto Bezares, aun con el dicho del sastre en su cabeza (‘O muerto de sueño o muerto de hambre’), seguirá «siempre que la salud me lo permita» vistiendo y dando clase a los riojanos durante, ojalá, varios años más.

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