El Rioja

La magia vinificada a cuatro alturas

Pisado de la uva en la antigua bodega de Queirón

Gabriel Pérez no hace gala de sus éxitos en el mundo del vino, pero sí del valor que su pueblo ha adquirido durante siglos en este sector. Quel, aquella villa riojabajeña que llegó a albergar hasta 350 cuevas en activo para la vinificación, según el catastro del Marqués de la Ensenada, sigue latiendo con fuerza desde su barrio de bodegas a cuatro alturas datado del siglo XVIII gracias a espíritus como el de Gabriel.

Las inquietudes que han mantenido vivo el espíritu de este viticultor queleño le devolvieron hace ya doce años a sus orígenes de los que, realmente, nunca se había desprendido. «Una vuelta a su niñez, a la historia de sus antepasados, a la riqueza de un pueblo, a la esencia de Quel». Fue ese sentimiento de pertenencia a un lugar y de querer dignificarlo lo que motivó a la familia Pérez Cuevas a ponerse manos a la obra para volver a abrir las puertas de un legado que había perdido la magia.

Una puerta de madera que avanza desde unos barrotes de hierro lo que se esconde en su interior se abre al disfrute y al conocimiento para vivir en primera persona lo que fue para aquellas familias un templo donde transformar sus uvas. Con los tradicionales lagos, las prensas, las antiguas cubas de madera y, por supuesto, las aberturas al exterior por las que arrojaban los racimos construidas como si de chimeneas se tratasen para facilitar la entrada de uva en aquellas cuvas ubicadas en lo alto de la colina. Así se distribuye la bodega de Gabriel en la que apenas han querido alterar el ambiente que la viste.

Avanzando unos metros entre la tenue luz, unas oquedades en las paredes de arcilla se lucen como botelleros que guardan el afán e ilusión de una familia. Perfectamente apiladas posan cientos de botellas de la añada de 2017 de Mi Lugar, una joya que, sin embargo, probablemente jamás se etiquete (esta bodega no está certificada como tal en el Consejo Regulador). Pasan los meses y una fina capa de polvo va tornándose más densa a la vez que más bella. La maravilla de aquellos que saben envejecer con elegancia, ganando interés y atractivo conforme pasa el tiempo.

Las botellas que se han descorchado hasta ahora se pueden contar con los dedos de una mano y lo que se ha descubierto es «algo maravilloso». Este vino no se ha creado para comercializarse a corto plazo, sino para poner a prueba su logevidad. Está hecho para que los sucesores de Gabriel desempolven la historia de su familia y se enorgullezcan de lo conseguido.

Pero esta cueva rehabilitada es solo un pilar de los que sostienen esta torre de voluntad y ahínco. En cuestión de minutos y unos cuántos pasos más, regresamos al Quel del siglo XXI, pero sin salir de su histórico barrio y todavía disfrutando de la peña del municipio con la fortaleza en lo más alto. Queirón ha construido un proyecto, todavía inacabado, que incuba un hogar para la familia de Gabriel. Una prolongación de aquella cueva picada a mano hace ya cuatro siglos.

En 2011, la idea que venía ideando en sus sueños (a veces despierto; otras, dormido) comenzó a tomar forma en la vida real. Piedra a piedra, con éxitos y fallos, hasta que este visionario del mundo del vino escribió un capítulo más en el número 9 de la historia vitivinícola de Quel, concretamente en la zona alta del barrio. La unión de dos bodegas ha dado lugar a unas instalaciones que guardan perfectamente la esencia de la elaboración del vino como antaño se hacía: por el método de gravedad, con una recepción de uva en la planta más elevada y unos depósitos en el hipocentro de esta bodega funcional, pero representativa de lo que fue y es este municipio.

Un espacio que, además, transmite el mismo simbolismo y la belleza artística que se respira en un rápido recorrido por Ontañón, la bodega asentada en Logroño donde la mitología griega acompaña en cada una de sus estancias. Un espacio en el que se respira el espíritu de Miguel Ángel Sáinz, fiel amigo de Gabriel, nada más cruzar la primera entrada y toparse de frente con ‘El hombre histórico’ de piedra. Y dentro de la bodega, las vidrieras y el original Centauro Folos, la perfecta representación del «equilibrio y la armonía, de la unión de tierra y vino, del saber hacer». Cada sala, cada recoveco, cada detalle busca guardar una estrecha relación con Ontañón, pero sin despegarse de la tierra que lo arropa. Esto es Queirón. Esto es Quel.

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