La Rioja

Daniel, los primeros pasos de un niño en Ajamil 34 años después

Subir al Alto Leza es disfrutar de un camino lleno de bellas estampas que incluyen caballos apagando la sed en el río, vacas en las laderas de las carreteras pastando y, aprovechando los últimos rayos de los largos días de primavera, una naturaleza exuberante plagada de saltos de agua, senderos y pueblos serranos cuidados con mimo que permiten al viajero disfrutar, posiblemente, de uno de los lugares más desconocidos de la región.

Uno de los lugares más bellos de La Rioja, sí, pero también uno de los más despoblados. En el Camero Viejo están empadronadas en la actualidad poco más de seiscientas personas, y muchas menos son las que viven día a día al abrigo de sus casas de piedra. Sus once pueblos y el resto de aldeas han visto nacer en los últimos años únicamente a once niños, algunos se empadronaron y luego decidieron no vivir allí, y el futuro es una espada de Damocles que decidirá en los próximos veinte años si seguirán teniendo vida algunos de ellos o serán sólo estampas bellas a las que acudir, de vez en cuando, a recordar cómo fue, otrora, su vida.

La mayoría de los municipios más pequeños de la sierra lleva más de una década sin ver nacer un solo niño. No es el caso de Ajamil. Allí 2021 fue un año especial. Dévora y Fran, que habían decidido trasladarse de Logroño a vivir al municipio, tuvieron a su primer hijo, Daniel. No hacia un niño en el pueblo desde que lo hiciese la hija del alcalde, treinta y cuatro años antes.

Aunque en Ajamil están empadronados un total de 67 vecinos, la realidad es que en el municipio a lo largo del año no viven mas que once personas. Daniel es el único niño. «Hace unos años mi hermano convenció a mi pareja para que cogiese el ganado de un vecino que se iba a jubilar y desde entonces vivimos aquí», cuenta Dévora mientras Fran juega con el pequeño entre unos bancos que dan a la pequeña carretera por la que no pasa ni un solo coche en toda la tarde.

Lo mejor de tener un hijo en un pueblo como el suyo es la tranquilidad. En Ajamil, como en todos los municipios que se parecen a él, el tiempo transcurre mucho más lento. «El colegio está en San Román, que está a siete kilómetros, pero hasta que no cumplen los tres años no pueden ir», dice. Dévora ni se plantea lo de una escuela infantil. «Sería subir y bajar a Logroño cada día, una locura». Lo ideal es que en el cole pudiesen entrar los niños antes de cumplir los tres años, pero parece que, de momento, no es posible. Así, hasta que el peque no pueda acudir a la escuela, Devora no se plantea ponerse a trabajar.

Eso sí, a Dévora no le faltan cuidadores. Que Daniel sea en único niño del municipio le permite que todo el mundo esté pendiente de sus necesidades. Todos son sus abuelos, sus tíos, y si hay que echar una mano puede contar con cualquiera. «Además, durante el fin de semana sí que vienen niños al pueblo, así que no se está criando sólo con adultos», comenta. Mientras llega el fin de semana, Daniel se entretiene con los animales, que le encantan.

«Además, los niños de los pueblos se crían de manera diferente, son más espabilados», dice la tía de Dévora, que ha salido a dar un paseo con ellos. «Muchos niños de la ciudad no han visto una gallina en su vida», dice. La realidad es que en el pueblo además de más tranquilidad hay más libertad. «Aquí los niños se crían en la calle, al aire libre».

Y aunque la historia parece idílica, no lo es. «Uno de los mayores problemas es no tener un pediatra de urgencias en la zona, hay que bajar sí o sí al San Pedro», cuenta Dévora ,que no quiere quejarse demasiado teniendo en cuenta que hace unos veranos estuvieron a punto de perder las urgencias para todos. «Nos piden que nos quedemos a vivir aquí, pero no lo ponen fácil», asegura. Desde hace un tiempo ni siquiera sube el panadero.

Con pan o sin pan. Daniel se cría feliz en un municipio en el que es el auténtico protagonista porque supone el futuro de un mundo rural que anda sobre la cuerda floja.

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