La Rioja

‘Living la vida’ en Muro de Aguas: Iker y la semilla contra la despoblación

Cuando nació el último niño antes que Iker en Muro de Aguas el ‘hit’ del verano era ‘Living la vida loca’ de Ricky Martin. Igual de alocada es la vida de Jorge y Marta, padres del pequeño que nació en 2020 y de Valentina, que está a punto de llegar a un municipio en el que son los dos únicos niños.

Jorge se había criado en el pueblo. Hasta hace un tiempo trabajaba en la instalación de aerogeneradores pero dentro de un tiempo se hará cargo de un taller mecánico en Arnedo. Marta era de Logroño y pronto encontró trabajo en el centro de integración social ‘Igual a ti’ en Calahorra. Su familia era de Ambasaguas y hace ocho años decidieron dar el valiente paso de establecerse en Muro de Aguas. Hasta entonces veraneaba allí y pensó que era el mejor lugar donde criar a los hijos que tuviesen.

«Vivir en un pueblo te tiene que gustar porque las complicaciones cuando llegan los niños se acumulan», cuenta. La vida es tranquila en el municipio de la sierra pero los viajes a otras localidades es continuo. Marta baja cada día a Calahorra para llevar a Iker a la guardería. «Allí estoy toda la mañana pasando el rato para que Iker pueda relacionarse con otros niños», dice. Asegura que vivir en el mundo rural te hace planificar las cosas año a año. «El año que viene que estaré de baja por maternidad, Iker irá al cole a Arnedo porque el viaje es más corto», dice. La carretera a Muro de Aguas no es nada buena: «Hasta el cruce está bastante bien pero del cruce al pueblo… pensábamos que cuando mejoraron la de Villarroya también lo harían con esta, pero nada».

Mientras charlamos, Iker juega con una azadilla que le ha comprado su abuelo. Entretanto, ya son seis personas en poco más de media hora las que han subido a por agua a la fuente que hay nada más llegar al municipio. «Si pidiésemos un euro por cada persona que sube a por agua el pueblo podría hacer un montón de cosas con el dinero recaudado», dice Jorge, medio en broma medio en serio. «Dicen que es buena para cocer los garbanzos, viene gente de todas partes, ya ves…», comenta, mientras un matrimonio rellena una veintena de garrafas de cinco litros y las mete en el coche.

Pros y contras de la vida rural

Vivir en un municipio como Muro de Aguas no es fácil, pero sí gratificante. «Hasta para dar de alta la luz tienes problemas, los últimos que se han hecho casas han optado por las placas fotovoltaicas porque es una pesadilla que te den los permisos», explica Jorge, que detalla que en el municipio el transformador de luz es pequeño y siempre hay algún problema cuando hay tormenta. Tampoco hay cobertura para todas las compañías de telefonía y «menos mal que llegó el wifi con unos planeas europeos».

Aún así a ellos les merece la pena vivir allí. «Los inviernos son complicados y eso que cuando nieva al menos llegan rápido las máquinas y dejan la carretera limpia pero vivir aquí es una bendición, los niños tienen mucha más estimulación, ya ves, éste no para quieto», dice Marta mientras el pequeño corretea por la bodega del abuelo mirando de cerca las herramientas.

Muchos aseguran que el futuro de estos pueblos está en su reindustrialización, pero Muro de Aguas demuestra que esto no siempre tiene por qué ser así: «Aquí hay una fábrica de embutidos y trabajan casi una treintena de personas, pero sólo el dueño de la empresa vive en el pueblo; hay que optar por otras soluciones, que pasan por los servicios y las buenas comunicaciones», dice Jorge. «Estamos algunos jóvenes que nos tenemos que mover cada semana tres veces a Arnedo al gimnasio, ¿tanto costaba tener cuatro máquina en algún local del ayuntamiento?», añade Marta. Cosas sencillas que mejoraran su vida.

Se oye una mulilla de lejos. Iker enseguida la reconoce, es la de su abuelo. El abrazo entre el niño y el hombre es eterno. Enseguida viene un vecino que se pone a jugar con el pequeño en la fuente. «Aquí Iker es el protagonista, todos los vecinos lo conocen», cuenta Marta.

Imposible hablar con ellos de futuro: «Mientras son pequeños la vida aquí es maravillosa, pero a ver cómo cambia cuando sean más mayores y quieran hacer extraescolares o tengan que hacer un trabajo con algún compañero. De momento seguimos encantados con vivir en el pueblo».

El abuelo de Iker está preocupado por el futuro del municipio: «En verano viene mucha gente, pero cada vez somos menos el resto del año». Muro de Aguas llevaba dos décadas sin ver nacer un niño, prácticamente una generación perdida. «Nació uno hace unos años pero enseguida se fueron», detallan. El problema es qué pasará dentro de otras dos décadas. Si nadie vive en estos pueblos durante el año, los que acuden en verano no podrán hacerlo porque se perderán los servicios.

Ellos son los últimos mohicanos que han apostado por seguir manteniendo la vida en ellos. Gracias a Marte y Jorge las risas de Iker lo inundan todo y dan, aunque sea, una oportunidad a los pequeños municipios de la región que siguen luchando por no desaparecer.

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