Desde que se comenzó a intervenir hace varios años en el solar de las Medranas de Calahorra salieron a la luz diferentes estructuras relacionadas con el mundo del vino. Aunque Calahorra a día de hoy no es una localidad inminentemente vitivinícola ni existe, como en otros municipios, un barrio de bodegas propiamente dicho, sí que son muchas las casas que contaban años atrás con bodegas y lagares. Dependiendo del mayor o menor poder económico del agricultor o propietario de tierra, las bodegas tenía mayor o menor entidad, como ocurre en el caso de las Medranas, donde la elaboración del vino era algo común en siglos pasados.
En el yacimiento calagurritano se puede contemplar un conjunto de cuatro lagares y los restos de una bodega para guardar las tinas, que se podrían fechar entre los siglos XVII y XVIII hasta el siglo XIX. Esos coinciden con las décadas de mayor extensión y producción de la viña en la comarca de La Rioja, a la que Calahorra no es ajena.
La propiedad de los medios de producción relacionados con el vino, tierras, lagos y bodegas, pertenece a una oligarquía urbana, dedicada en muchos casos a la producción vitivinícola, pues dispone de capacidad económica.
En la Edad Moderna, las ordenanzas de los ayuntamientos estaban llenas de prendimientos, multas y otras medidas encaminadas a frenar la introducción de caldos ajenos. Calahorra, junto con sus aldeas de Rincón de Ebro y Aldeanueva y el barrio de Pradejón, constituye el centro productor más importante de La Rioja Baja. Este esplendor del cultivo de la vid favoreció la mejora del nivel de vida.

Será a partir del siglo XX cuando estas estancias relacionadas con la producción y almacenamiento de vino se van abandonando para utilizar como corrales, almacenes y establos. Así en diferentes excavaciones se localizaron estructuras relacionadas con la elaboración del vino. En una de las estancias apareció un suelo empedrado alrededor de un lagar y una pileta. Los empedrados de cantos rodados constituyen la manera más sencilla de crear un suelo firme, fácil de limpiar y con capacidad para resistir los diferentes usos tanto de paso como de arrastre de carretas y toneles.
En otra estancia se excavó un lagar de planta rectangular construido con ladrillos macizos. Tiene una fila central de ladrillo que está inclinada, y cuya función era la de encauzar el mosto, una vez pisada la uva, hacia un orificio abierto en el muro y por el que caía el líquido a un laguillo o torco.
Los lagares fueron reformados y rehechos en diferentes ocasiones, sufriendo reformas que se aprecian en las sucesivas superposiciones de suelos de ladrillos. Al igual que los lagares, las piletas para decantar el vino también se reforman, haciéndolas más grandes y profundas; o en otras ocasiones se dejan de utilizar, colmatándose con escombros y fragmentos de recipientes cerámicos.

En otra habitación apareció un lagar de planta rectangular. Sus paredes se construyeron con ladrillo y cantos rodados unidos con yeso, todo revestido con un enfoscado de mortero de cal. Otro elemento que apareció relacionado en este caso con el almacenamiento de vino fue una estructura circular con un espacio redondo más pequeño que se intuye que se utilizaría para colocar una gran tina sobrelevada que evitaría que la madera se pudriese. El pequeño espacio circular abierto se utilizaría para colocar las cubas o los cántaros y trasvasar el vino de la tina a estos recipientes más pequeños.
Así, los arqueólogos determinan que las uvas eran transportadas en cuévanos de mimbre con caballerías o carros hasta la bodega. Una vez allí, eran colocadas en un depósito, lago o lagar, donde se llevaba a cabo su pisado y donde se realizaba la primera fermentación; previamente eran limpiadas y desinfectadas para sanearlo y evitar que el caldo cogiese gustos extraños.
El lago, en su parte inferior, tenía una salida que permitía el paso del mosto resultante a un torco; su ubicación y la inclinación del suelo del lagar, hacía que el líquido saliese uniforme desde todo el lago. Dentro de éste, en la misma boca del caño, se colocaba una gavilla de sarmientos; su función era frenar la fuerza de salida del mosto y al mismo tiempo filtrar los posos y las impurezas. Mediante pellejos se transportaba el vino a grandes tinos –entre 3.000 litros y 50.000 litros-, previamente desinfectados con azufre quemado, donde el mosto reposaba y se clarificaba, hasta que se producía la vinificación.


