La Rioja

La sonrisa frente al bofetón del diagnóstico: «Para esto no te preparan»

María José recuerda el día que le dijeron que tenía un linfoma y cómo ha sido su vida desde hace cuatro años

La sonrisa de María José lo dice todo. Desde hace dos años y medio está recuperada de un linfoma (cáncer en la sangre) que la tuvo año y medio contra las cuerdas. Hace cuatro años que recibió el mazazo de un diagnóstico que le iba a cambiar la vida. Al menos, durante los siguientes meses.

El día de Nochevieja de 2017 comenzó con tos. «Pensé que podía ser cualquier cosa, pero a los dos o tres días fui al medico de cabecera. Me mandó lo típico para un resfriado, pero vi que no me hacía ningún efecto. La semana siguiente volví y me mandó antibiótico», recuerda. Ese invierno había mucha gripe, pero ella se dio cuenta de que no era gripe. «La gripe te deja agotada y yo estaba cansada, pero no tenía esa sensación de agotamiento».

Con los antibióticos, la tos le remitió unos días, pero pronto volvió a aparecer en su día a día. Entonces sí empezó a estar más cansada. «Casualmente, el 2 de febrero tenía revisión con una de las niñas. Aprovechando que estaba por el Centro de Salud, miré a ver si mi médico de cabecera tenía un huequito para mí. Hablé con ella y me mandó al hospital a hacerme una placa». Bajó directamente al Fundación Hospital de Calahorra. «Recuerdo que había dos accidentes de trafico, me subí a casa y por la tarde volví a bajar».

En urgencias apareció uno de los primeros ángeles con los que se ha encontrado a lo largo del proceso. «Me encontré con el doctor José Jiménez y me hizo una prueba tras otra». Le dolía mucho el costado. «Pensé que de tanto toser a lo mejor se me había despegado una costilla y que eso era lo que estaban mirando». En las salas interiores del hospital las noticias que llegaban con cada prueba no eran buenas. «Una de las enfermeras me dijo que no me preocupase, que ese día salía de allí con un diagnóstico». Nunca pensó que iba a ser tan grave. Una placa, una ecografía, un escáner con contraste, varios análisis…

Ella seguía tranquila. Había bajado al hospital sola en su coche y había dejado a las niñas en un cumpleaños… Entonces llegó lo que ella llama «la auténtica bofetada en la cara». El médico se sentó en la esquina de la cama y le dijo: «María José, el diagnóstico de presunción es un linfoma». En un principio no supo muy bien de qué estaban hablándole. «Cogió carrerilla. Me dijo que no me preocupase, pero que me estaban esperando en el Hospital San Pedro». No dudó en preguntar. «Un linfoma es un cáncer de sangre. No tengo todas las pruebas en mi mano, pero tiene toda la pinta de que es eso». Sin reacción por su parte, le dijo aquello de «ellos son los que tienen que ponerle el apellido».

Más tarde sabría la suerte que había tenido de que se alojase en la zona del pecho. «El mío estaba ahí, pero podía haber estado alojado en cualquier otro sitio. Tuve esa suerte porque la tos evidenció que algo estaba atenazando los pulmones». Posiblemente, de alojarse en cualquier otro sitio, el diagnóstico hubiese llegado mucho más tarde. Unos problemas de piel anteriores podían haber sido una sospecha. «La sangre estaba echando histamina para que alguien se diese cuenta de lo que estaba pasando, pero se lo achacamos todo al estrés, a que trabajo muchas horas en la piscina -María José es profesora de natación en Calahorra- y no le hicimos demasiado caso».

Le dejaron irse aquella noche a su casa. Había que asimilarlo todo antes del ingreso. Había que dejar todo organizado. No sabía lo que iba a tardar en volver a casa. Había que hablar con las niñas… y con sus padres. «Ese fue el peor momento. Yo en los primeros que pensé fue en ellos. Ni en mis hijas ni en mí ni en mi marido. Es duro decirlo, pero fue así. Soy hija sola y sabía que si yo faltaba ellos se quedaban solos. El resto tenía sus redes de apoyo, pero ellos…». No se atrevió a ser ella quien se lo contase. No tuvo fuerzas. «Le dije a mi marido que esperase al día siguiente, que les dejase dormir una noche más tranquilos, pero los llamó en ese mismo momento. No queríamos ocultar nada».

Quizás esas fueron las peores horas. «Te das cuenta de que te va a cambiar la vida y la incertidumbre te mata». A pesar de estar acompañada en todo momentos y de sentir el calor y el cariño de todos, «esos días me sentí muy desprotegida». El diagnóstico definitivo llegó una semana después tras decenas de pruebas en el hospital San Pedro de Logroño. «Yo quería saberlo todo. Si era muy malo quería saberlo para aprovechar los cuatro días que me podían quedar». Estadio 2. Sólo estaba en esa zona. Eran buenas noticias aunque ella había salido de casa con tos y volvía con un diagnóstico demoledor. «Los días del hospital también fueron complicados. Mi marido y yo nos pasamos horas mirando hacia la calle desde la ventana esperando que nos dijera qué iba a ser de mí».

Después llegó el tratamiento. «La quimioterapia es una mierda. Te deja echa polvo, pero consigue sacarte de esto». María José reconoce que lo ha pasado peor con lo mental que con lo físico. Las lágrimas se vuelven a depositar en su mascarilla cuando recuerda el día que empezó a perder el pelo. «De un día para otro se empezó a caer a mechones. Fui a la peluquería de una amiga y me lo corté muy cortito para que el cambio no fuese de golpe. Cuando ya era algo evidente, volví a ir y de allí salí calva», recuerda.

Y es que avisa que no estás preparada para vivir algo como lo que miles de enfermos viven cada año. «Para esto no te preparan. Es un tsunami. Un bofetón en toda la cara sin esperártelo. No somos héroes ni tenemos superpoderes. Cada uno pasa la enfermedad como buenamente puede», reconoce. Su solución fue sacar su sonrisa a relucir. «Por la mañana me levantaba y me pintaba, me ponía el pañuelo y salía con mi sonrisa a la calle. La sonrisa fue lo que me vistió esos meses. Me compré pintalabios de colorines. Menos mal que entonces no llevábamos mascarilla». Pronto empezó a ver la luz al final del túnel.

«La luz no la ves de un día para otro, lo vas viendo conforme vas pasando el proceso, pero nadie se moja. Ninguno de los médicos por los que pasé puso la mano en el fuego, pero siempre confié en ellos», dice. Y entonces decidió pasar por la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). «Siempre viene bien». Ella lo explica de una forma que se entiende muy bien. «El cáncer es un charco y cuando ves otros casos con charcos mucho más grandes o mas profundos que el tuyo entonces te deja de preocupar tanto tu situación».

Ella ha sacado una conclusión de vida muy importante de toda la experiencia. «Ahora pongo el egoísmo en la casilla de lo positivo y no de lo negativo. Me he dado cuenta de que hay que pensar más en uno mismo y que cuando piensas en ti y estás tu bien, los que te rodean también lo están». Por ello, manda un mensaje de esperanza. «Muchos lo pasan mal y otros al final no salen, pero para muchos el proceso de enfermedad termina el día que te dan el alta y hay que seguir viviendo como antes».

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