La Rioja

La Rioja, en FITUR, tal y como es

Como decía Gardel, hay que volver para volver a partir. Para volver a recibir. Para volver a disfrutar. Volver a ver, tocar y sentir experiencias. Entrar en FITUR esta semana era volver a conectar con un mundo casi olvidado durante los dos últimos años: el de los viajes, los reencuentros y las maletas repletas de vivencias inolvidables. Esas que entran por la retina y que desaparecen en 24 horas de la historia de Instagram, pero que se quedan grabadas en el alma para siempre.

Volver a las risas, al cierzo de una mañana de verano en un pueblo de la sierra, a una copa de vino compartida a la sombra de un viejo olmo, a una tertulia de amigos tras una comida, a la rebequita en una noche bajo las estrellas. Un perderse hasta volver a encontrarse. Y mientras, disfrutar, siempre disfrutar, del camino andado. Volver, en definitiva, a vivir.

La Rioja ha acudido a FITUR con un objetivo claro: fortalecer su presencia nacional e internacional para captar turistas que lleguen a la región ávidos de sentir experiencias. Que disfruten de un territorio y un terruño que siempre deja huella. Como la de los grandes dinosaurios que hace millones de años ya eligieron este huequito del mundo para sobrevivir.

Con ese objetivo, La Rioja desplegó todo su encanto en 500 metros cuadrados diseñados con sumo gusto por Domingo García. El diseñador canaliego ha descubierto en los estuches artesanales de vino la oportunidad de transformar la madera en ventanas que dejan entrever lo que realmente pasa en cualquier punto de una comunidad que está esperando a los turistas con los brazos abiertos.

El vino como elemento diferenciador, como hilo conductor de una historia de siglos, pero un lugar también en el que encontrar diversidad paisajística, arte, cultura, tradiciones enraizadas, gastronomía con estrella, deporte, naturaleza, aventura y vivencias en calados que se han parado en el tiempo para poder volver a disfrutarlos. La Rioja como cruce de caminos que asombra al que llega y le hace vivir experiencias inolvidables que le empujan a volver.

Entrar en el stand riojano de FITUR era asegurarse un momento diferente con una actividad imparable. Ni un minuto sin poder hacer algo distinto. La envidia de los que pasaban de cerca y ya no tenían un hueco para disfrutar una cata o probar una menestra, así como para ver a los cocineros riojanos desviviéndose por dejar su sello de identidad. Un stand en el que una Vespa daba la bienvenida al visitante para soñar con recorrer esta tierra de viñedos, campos de olivos y cereales.

Un trocito de La Rioja en el que los aromas asomaban y salían hacia el resto del mundo. Un stand que mostraba a la perfección que los primeros vestigios de esta tierra se remontan a miles de años antes de la aparición del hombre. Un stand en el que no faltaron palabras, y en el que las palabras fueron parte del recorrido turístico riojano con el códice 60 como protagonista indiscutible de un proyecto común: convertir al Monasterio de San Millán en la meca del español. Que nadie se quede sin saber que el primer testimonio en castellano es una pequeña plegaria escrita en los márgenes de un códice en latín.

«¿Qué diferencia hay entre un vino de Rioja y un vino de Rioja Alavesa?», preguntó un curioso visitante. Y fue la misma presidenta de la región, Concha Andreu, la que se atrevía a sentarse en su mesa para explicárselo. Porque La Rioja está acostumbrada a las pequeñas distancias y es ahí, en la distancia corta, donde de verdad gana por KO al resto. Es ahí, en los gestos con los recién conocidos donde se ve esa naturaleza hospitalaria, ese calor de hogar que supone un refugio para el que visita tanto el stand de FITUR como para el que visita una tierra de hogares abiertos. Historias por seguir contando. Abuelos apoyados en el poyo de la calle dispuestos a llevar al visitante al lugar escogido.

Y es que sólo en el stand de La Rioja sucedían estos días determinadas cosas. Como que un medallista olímpico aparte a la persona con la que está hablando para pedirle un selfie a dos hermanos de Daroca de Rioja con una estrella Michelín y terminen siendo fotografiados por todos los medios que allí se encontraban. «¡No! En vertical, que es para instagram», decía Carlos Coloma posando orgulloso con los hermanísimos.

Y así, entre la naturalidad y la sencillez, entre la grandiosidad de lo cotidiano y la oportunidad de descubrir lugares aún desconocidos, La Rioja se vendió tal y como es: pequeña, sencilla y cercana. Pero también enorme en recursos gastronómicos, naturales, artísticos, culturales y, sobre todo, humanos. Porque la gente que te encuentras en el camino termina formando parte de la historia del viaje.

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