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Gol en Las Gaunas: ‘Liberen el bocadillo de cuarto de hora’

La exigencia requiere de una evolución. Al final, la ración grasa de calamares está garantizada en alguna de nuestras terrazas y encima sin poner en riesgo la protección de datos, que es la última preocupación de algún hostelero que otro. No así en Las Gaunas.

El viernes la Unión Deportiva Logroñés saltará al césped huérfana… de bocadillos de cuarto de hora, que es la unidad de medida mínima para poder afirmar ante tu cuadrilla que estás listo para un partido de fútbol más allá de las ocho y media, por tanto, situado al otro lado de la frontera de la cena. A no ser, claro, que seas francés, que para las seis de la tarde tienes el asunto resuelto y vas al fútbol no se sabe muy bien a qué.

Ir al fútbol un viernes por la noche sin la posibilidad de atravesarse en el descanso un bocadillo de tortilla de chorizo (incluya en este paréntesis, querido lector, su favorito) parece un sinsentido. Diría que es hasta de mala educación. Están en juego nuestros recuerdos de infancia, queridos gobernantes riojanos.

La chavalería que acude a Las Gaunas es cada vez mayor cuando juega la Unión Deportiva Logroñés y además de no haber podido ver a su equipo jugar en Segunda les estamos robando el bocadillo de su boca. Ese papel de plata para algo que sí merece la pena, el que se abre en cualquier circunstancia: con una victoria parcial al descanso, con un empate, incluso hasta en caso de derrota. Un buen bocadillo soluciona hasta un mal partido de Mere Hermoso…

Ese papel de aluminio se abre con un frío del demonio, en una calurosa noche en un amistoso veraniego, o sencillamente porque sí, porque es lo suyo. Las tradiciones… si nos roban las tradiciones no nos queda nada: al fútbol con bocadillo, o no habrá fútbol. Será la muerte del deporte rey que mal vive tras la prohibición de la bota en los estadios. La exigencia requiere de una evolución porque es mucha la gente que acude este año a Las Gaunas. Apretarse un bocadillo en el estadio tras el éxito de La Rioja en el proceso de vacunación. No hay mejor manera de celebrarlo. En EE. UU. pagan por vacunarse, aquí solo pedimos un bocadillo en Las Gaunas a cambio. No le pedimos otra cosa a la vida.

El bocata del fútbol a esas horas debería estar protegido por la UNESCO. Es pura dieta mediterránea: pan de panadería, aceite de oliva virgen extra y media pata de cerdo curada en Galilea. Algunos crecimos gracias a estos bocadillos en el fondo norte del Viejo Las Gaunas. A base de pellizcos maternos a ese pan que iba con algo dentro mientras corríamos por las gradas semivacías del estadio: «¡Vente pa’ca a comer esto!». Sin darte cuenta habías cenado y todos a casa tan contentos, independientemente del resultado. Eso les estamos robando a nuestros hijos, la posibilidad de crecer sanos: un filete de ternera, un pimientito verde y ese pan hueco moldeado por los vapores de la carne.

Y encima se están empezando a producir agravios comparativos. Cosas de la España federal, dirán algunos. Maldito modelo autonómico, observarán otros. Pero no hay modelo político que resista la prohibición de la flauta travesera de pan con una sardina y guindilla tocada con deleite en un estadio al aire libre. Estaría en posesión de afirmar en este punto de este agrio debate que ni la vieja democracia inglesa lo soportaría, pero esa gente isleña no conoce el bocadillo; el anglicanismo les endiñó el sandwich de lechuga, pepino y poquito más.

Los riojanos no pueden comerse un bocadillo en Las Gaunas; y los maños, sí. Y ojo, que tiran de longaniza. Ni tan siquiera un buen trozo de salchichón riojano. En La Romareda recuperaron a tiempo la posibilidad de alimentar a sus hijos mientras jugaba su Zaragoza. No hay riesgo de malnutrición en Aragón. ¿Veremos el viernes en Las Gaunas caras famélicas de gente sin nada que echarse a la boca? No hay espectáculo que aguante semejante revés de realidad pandémica.

A los vacunados futboleros, insumisión: libertad para el bocadillo de cuarto de hora. Abstenerse aquellos que apuesten por un ‘sangüichito’ mixto o vegetal, no hagamos de esto una guerra sinsentido. A las autoridades riojanas: liberen el bocadillo de cuarto de hora. Somos lo que comemos mientras vemos fútbol. Viva el bocadillo de tortilla de chorizo en el descanso de Las Gaunas. Y viva la bota de vino que ha permitido tanto y tantos primeros traguitos de vino bajo la mirada cómplice de unos padres orgullos: «Mira cómo crece el chaval».

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