El Rioja

Tierra nueva, manos maestras

Florentino Martínez Monje, frente a la laguna de Carralogroño con la Sierra Cantabria al fondo

Florentino Martínez Monje cruzó de chaval la muga con Álava, de San Vicente de la Sonsierra a Elciego, de la mano de su padre y sus hermanos para trabajar en una explotación sembrando cereal y llevando viñas, propias y ajenas. Pero ya nunca más salió de Rioja Alavesa, una tierra que le ha dado vino y amor y que ahora, con 70 años, sigue trabajando bajo la firma de Bodegas Luberri, «tierra nueva» en euskera.

Su gran paso vino hace 45 años, cuando dio el «sí quiero» en el altar ante Mari José. «Seguido compramos nuestra primera parcelita de viña en Elciego y con lo que sacamos de vender las uvas la pagamos. Y al año siguiente otra, de poco en poco. Corría el año 89 o 90, no recuerdo bien, pero era el primer año que vendía a granel, a una cooperativa de San Vicente. Lo hice a 2.600 pesetas la cántara. El año siguiente, a 450 la cántara. Ahí no nos quedó otra que torear, salir a Bilbao, Vergara, Mondragón… No podía aceptar vender a esos precios, así que decidimos dar el salto al embotellado y montamos nuestra primera embotelladora», relata.

Fue la del 90 la primera cosecha de vino joven de Florentino que saltó al mercado en el 91, aunque las instalaciones de la actual bodega no se empezaron a construir hasta tres años después, empezando con unas 30 barricas, pasando de vender solo joven a también crianza y poco después ampliando a varios cientos el número de barricas y apostando también por los reserva y los vinos de finca. Los años pasaron y aquella primera viña forma parte ahora de las 42 hectáreas en propiedad de la familia, más otras tantas más hasta llegar a las 70 de viñedo que controlan y Luberri ya deleita paladares con algo más de 400.000 botellas anuales en el mercado.

Las rudas manos de Florentino guardan entre sus líneas y callos muchas andaduras de toda una vida dedicada al vino, porque ni el tufo procedente de la fermentación que le intoxicó con sus escasos cuatro años mientras jugaba inconscientemente por los lagos de la bodega familiar le alejó de todo esto. «Estuve a punto de irme al otro barrio si no llega a ser por el médico de San Vicente, vaya susto se llevaron en casa».

Y aunque los años pasan, aquel chaval que se metía solo a los lagos para sacar horquillo en mano los racimos prensados, lanzándolos varios metros hacia arriba sigue teniendo las mismas ganas (aunque no la misma fuerza) de esforzarse. “Eso sí que era trabajar, y no ahora que se meten tres al depósito y salen sofocados”. Otros tiempos. “Otros tiempos sí, pero el afán de trabajar nunca lo he perdido y así se lo he inculcado a mis hijas, que aún recuerdo cuando eran jóvenes y volvían a casa de madrugada después de haber estado por ahí y directamente las mandaba conmigo a espergurar”.

Porque, recalca, “antes que vinatero soy campero, desde siempre». Y lo puede decir con orgullo porque todos los días va a las viñas, donde no deja ni una hierba que pueda perjudicar a sus uvas. «Yo soy el más ecologista y mi padre ya ni te cuento, que iba con la azada y sin aplicar tratamiento alguno. Pero ahora parece que ser ecologista es dejar crecer las hierbas sin control por la viña y eso es una competencia terrible para la uva. Tampoco creo en las cubiertas vegetales en zonas no muy húmedas porque luego viene el bochorno del verano y pasa lo que pasa. Aquí tenemos un suelo arcilloso que si le plantas una cubierta vegetal va a dejar la tierra más dura que una piedra y esta lo que necesita es oxígeno», manifiesta Florentino.

En su caso aplica tratamientos preventivos y también estiércol de oveja como abonado, siempre bajo la idea de respetar el medio ambiente, remarca. «Porque, dime, ¿quién más que yo va a querer cuidar y mantener vivo el campo si vivo de él y los vinos que hago salen de estas tierras? Y claro, luego querrán sacar tres uvas de una cepa y a ver a qué precio quieren venderlas para que su explotación sea rentable porque luego hay que salir a torear al mercado con Riojas de 1,26 euros».

Son debates que ocupan parte de sus días y, haciendo balance de las cepas que ha podado y los racimos que ha cortado a lo largo de su vida, reconoce que esta es la peor época en la que se encuentra Rioja. Pero no por la crisis del COVID-19. Florentino habla de algo que viene de antes y en lo que coinciden muchos compañeros del sector: “Hay muchas bodegas, pequeñas y grandes, que están haciendo calidad, pero en general nos hemos dirigido hacia una mecánica de producir y producir. Y creo que se nos ha ido de las manos porque nos han dejado plantar demasiado. Y ahora lo que falta es precio. La uva se está devaluando tanto que antes una persona con diez hectáreas de viña vivía bien, sacaba un sueldo bueno, aunque trabajara mucho. Pero ahora, ¿qué hace uno con esa superficie? Sacando 62.000 kilos de uva a los precios de ahora, pues calcula”.

Y su cálculo es que “la imagen de Rioja se está cayendo. Mientras en España están subiendo los precios de los Dueros y no pasa nada, Rioja se ve como el vino barato, también en los mercados internacionales. Ni bueno ni malo, pero barato. Y yo tengo distribuidores en España que me dicen que venden más crianzas de Ribera a 14 euros que los de Rioja a 6 euros. No sé qué hemos hecho mal, pero tenemos unos vinos en Rioja excepcionales y no sabemos venderos bien».

Una reflexión que lanza desde la laguna de Carralogroño con Laguardia y la Sierra de Cantabria al fondo. Alrededor, cepas de tempranillo, viura y malvasía de 80 o 90 años de las que elabora Las Salinas tinto, uno de sus vinos estrella. En total son unas siete hectáreas de cepas viejas en este complejo lagunar, de las que también saca sus Salinas blanco. «Todo esto hace más de 500 años era todo agua. Rioja Alavesa de por sí es una tierra de tradición salada por la degradación de la montaña, desde Viana hasta Salinillas de Buradón y eso hace que sea un territorio muy diferente al resto en el que tenemos plantadas las viñas».

Coge uno de los racimos, gordos y bien criados en una ladera con plantas que superan el metro y medio. «De aquí sale un vino fresco a la vez que elegante, como todos los que elaboro», apunta levantando el dedo, «porque quiero que sean fáciles de beber y se disfruten». Pues eso, un poco de salinidad en una tierra con unas levaduras que solo se habían descubierto también en las Rías Baixas. Así lo reflejó un estudio de la Universidad de Navarra con las levaduras que Luberri usa para sembrar. «Así que de aquí tienen que salir vinos especiales».

Al igual que sus Cepas Viejas, un vino que nace de finca Los Merinos, un pequeño tesoro vitícola de casi 80 años ubicado entre Elciego y Laguardia y que Florentino compró al bodeguero Fernando Remírez de Ganuza. «La compré para arrancarla y plantar viña nueva porque traía poca producción, pero ese primer año de vendimia probé las mejores uvas que he visto en mi vida. Joder, qué uva más buena. Así que nada de arrancarla. Elaboramos en su día esa viña con otra de un amigo y sacamos un vino espectacular». Y de esto hace ya 30 años. Por delante, Luberri sigue trabajando en buscar más tesoros terrenales para reivindicar el origen y su calidad. «Si no lo hacemos nosotros, quién lo va a hacer».

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