El Rioja

El ‘oro’ orgánico que mantiene vivo el vino

El ‘oro’ orgánico que mantiene vivo el vino

Pablo Ruiz Jiménez junto a Patricia Cereceda, en las instalaciones de la bodega en Aldeanueva de Ebro

La supervivencia ha hecho inteligente al hombre. Le ha obligado a tener sed de valentía y buscar en la nada el todo. Cuando los campos yermos rodeaban los pueblos arrasados por una Segunda Guerra Mundial devastadora, las gentes tuvieron que reinventar la actividad agrícola para devolver al suelo la vida que había perdido en el campo de batalla. Y para ello echaron mano de todo lo que abundaba y que no tenía mayor provecho.

Se daban así los primeros pasos en lo que luego se denominaría la Agricultura Biodinámica, aquella que defiende el ciclo vital de la naturaleza, el devolver a la tierra lo que siempre nos ha dado, y que se personificó en el filósofo Rudolf Steiner. El creador de corriente de la antroposofía defendía que la tierra, las plantas, los animales y el hombre, lo que compone una granja, se han de ver como un organismo agrícola en sí mismo donde todos los elementos están interconectados.

Ahora, varias décadas después, este conocimiento se asienta en Aldeanueva de Ebro. Francisco y Pablo Ruiz Jiménez, padre e hijo, gestionan la única bodega certificada como biodinámica en la DOCa Rioja (también cuenta con el sello de ecológico, por supuesto), lo que en repetidas ocasiones les obliga a responder a estas preguntas: «¿Qué es eso de ser biodinámicos? ¿Sabe mejor un vino biodinámico que uno que proviene de la viticultura convencional? ¿Es lo mismo un vino biodinámico y uno natural?».

Por pasos. La idea con la que nace la firma Viñedos Ruiz Jiménez es la de concebir el vino como un alimento, asegurar que se trata de un producto saludable y vivo. Y a partir de ahí concebir la viña como una parte más del entorno. No es yo planto mi viña, recojo la uva y hago mi vino, sino dar a la tierra y poner las condiciones para que esa tierra y la planta estén en equilibrio y no sobreexploten el terreno, fomentando que esté mas sana en tema de plagas.

Una atmósfera donde sus habitantes buscan que la ciencia se de la mano con la filosofía en un centenar de hectáreas de explotación, 64 de ellas de viñedo. Cuesta comprender el concepto de gestionar una viña según las fases lunares, con estiércol de vaca o empleando plantas medicinales como la milenrama en la vejiga de un ciervo o la manzanilla porque ayuda a mejorar los procesos vegetales. «Pero, a ver, si las fases de la luna mueven las mareas y la planta es agua, es lógico que estas tengan una cierta influencia. Al principio cuesta entenderlo, pero luego ves que funciona y que las viñas tienen una producción y una calidad espectaculares. Aunque aquí en España hasta que no haya concienciación de lo que es un producto ecológico no nos podemos concienciar de lo que es uno biodinámico».

Pablo Ruiz Jiménez sostiene un racimo de garnacha | Foto: Leire Díez.

La bodega nació hace 23 años bajo la premisa de vivir la agricultura y buscar la biodiversidad continuamente, pero esa filosofía de apostar por lo ecológico y lo biodinámico ya iba de la mano de Francisco desde años atrás. «Él siempre ha buscado el equilibrio para crear una atmósfera especial que no genere residuos en el vino para que quien lo beba sepa que todo es natural. Fomentar, a su vez, una especie de compensación ecológica cultivando no solo viñas, sino otros árboles y plantas que también sigan esta filosofía. Por eso lleva trabajando uvas en ecológico desde los 16 años», remarca su hijo.

Pero la inclusión en Demeter, la marca certificadora de la agricultura biodinámica a nivel mundial, tardó en llegar a los vinos Viñedos Ruiz Jiménez unos años más, en 2017. «Pienso que hay que certificar todo aquello por lo que se trabaja». Eso sí, todos los vinos son ecológicos pero no todos llevan la etiqueta de Demeter porque no todas las gamas son biodinámicos. «Nuestra idea es ponerlo en las marcas más comerciales, en las botellas de más alta gama», señala Pablo.

Este joven viticultor y bodeguero ama su filosofía de trabajo, pero desecha la idea de que la biodinámica sea una especie de religión: «No lo vemos así porque lo hacemos y vemos resultados. Quien piensa que esto solo es una forma de pensar pero luego ve cómo trabajamos y el producto resultante, cambia de idea». Intentan demostrárselo a sus clientes y visitantes, y no siempre es fácil. «Por eso exportamos el 98 por ciento de nuestros vinos, porque es fuera donde se valoran este tipo de certificados, mientras que se podría decir que el dos por ciento restante se queda para autoconsumo», apunta Pablo entre risas.

A su abuelo también le costó entenderlo en una época en la que del viñedo solo se quería sacar color, kilos y calidad. Y en el pueblo, ni digamos… «Cuando mi padre empezó hace 30 años, era el loco del pueblo porque dejar la hierba en la viña y algún año que le entraba mildiu a los linderos le echaban la culpa a mi padre porque no trataba. Pero él siempre lo tuvo muy claro y siguió hacia adelante».

Patricia y Pablo se asoman a una de las barricas que contiene el preparado Marian Thun, con la escultura de Hércules y Pholus al fondo.

Y como esto se trata de estar en contacto siempre con la tierra que nos da de comer, Pablo y su compañera Patricia Cereceda, responsable de Calidad de la bodega, conducen hasta un punto estratégico en el término de Autol conocido por unos como Alto de las Isabelas y por otros como Plana de Turrás. Nos observa desde ahí Hércules bajo una mirada atenta y curiosa. A su lado yace su amigo el centauro Pholus, a quien por error ha clavado una flecha venenosa por no recibir una jarra de vino. Una escultura, obra de la artista Mapi, vecina de Aldeanueva y familiar de Francisco, que no pasa desapercibida y sirve de atractivo turístico también para los visitantes, junto con el hotel de insectos creado por Francisco y el apeadero para aves rapaces («que también ayudan a controlar las plagas de topos, por ejemplo»).

A pie de la viña de garnacha blanca que compone esta finca, junto a un olivo, una barrica permanece enterrada bajo tierra solo con la parte superior al descubierto. Tampoco cuenta con la tapa inferior, ya que se pretende que el estiercol de vaca que guarda en su interior esté en contacto con la tierra del entorno para que se produzcan así unas tranformaciones naturales dando lugar a un producto muy rico en microorganismos. Esto se mezcla en agua para pulverizarlo después en el campo.

«Este preparado en concreto es Marian Thun. Usamos moñigas de vaca metidas en cuernos de vaca porque se necesita el aporte animal en el proceso biodinámico y el cuerno, además, tiene calcio que puede transmitir a la materia. Se dice que estos también absorben la energía del sol porque apuntan hacia arriba y también son muy buenos recipientes de conservación, ya que han de estar bajo tierra más de un año. Además, la vaca al tener cinco estómagos es una rumiante excelente y ese movimiento hace que sus excrementos sean mejores para el compost», explica Patricia mientras destapa la barrica. «¡Yo todavía no acabo de asimilar bien toda la información!», ríe, pero lo cierto es que se explica perfectamente.

Es un abono natural lleno de vida, con lombrices, mucho más porosa. Una tierra rica. «Y se aprecia al coger un tormo de tierra de una viña en convencional a otra que sigue un cultivo ecológico y biodinámico», insiste. Porque en los vinos no se parecia diferencia alguna: «No es el sabor del vino o de las uvas, sino el trabajo que hay detrás. Este tipo de viticultura es mucho más sostenible y también favorece que no surjan nuevas plagas con el excesivo uso de pesticidas, como es el caso de la araña».

Y si hay que hablar de sostenibilidad en la elaboración, Ingenium es la última creación que la bodega ha sacado a la luz con tres vinos «muy especiales» de pequeñas producciones (apenas unas 5.000 botellas entre las dos últimas añadas, de las 300.000 en total que comercializan), todos ellos naturales y sin sulfurosos. Una garnacha tinta, una maturana blanca y un tempranillo tinto que no portan el sello de Rioja «porque no siguen el perfil para estar dentro de Denominación. Tampoco están en Demeter por la aromática y complejidad que tiene, aunque sí siga la filosofía».

Y aquí otra de las típicas preguntas: «¿Y qué es un vino natural?». Y ahí está Patricia rápida para responder con la teoría bien aprendida: «Los vinos naturales son vinos ecológicos procedentes de uvas biodinámicas sin sulfitos añadidos y elaborados con una mínima intervención en campo. Pero el problema aquí es que no hay una certificación, no hay un criterio, de ahí que cada uno piense una cosa y sea más complicado posicionarse en un mercado tan extraño. Pero esta es nuestra forma de trabajo y lo que para nosotros es un vino natural».

Pablo junto al sacauvas en una jornada de vendimias | Foto: Leire Díez

Las locomotoras en Viñedos Ruiz Jiménez están a pleno rendimiento durante estos días, girando y girando, prensando el grano. Pablo es la segunda generación de una bodega que apunta maneras en el futuro vitivinícola, pero sobre todo vitícola. Incide, además, en que la viticultura biodinámica no está nada reñida con las máquinas y la tecnología «porque se trata de buscar lo mejor». La familia recoge a máquina el 95 por ciento de los viñedos, a excepción de la viura y alguna que otra viña plantada al vaso, ya que «de esta forma se garantiza mejor la conservación rápida de la uva». Porque en estas tierras de Rioja Baja, «que no Oriental», como prefieren llamarla quienes la trabajan, se mira mucho por esta materia prima, porque nazca de unos suelos sanos y llegue en las mismas condiciones a bodega.

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