El Rioja

Un tributo a la madre tierra bajo alma y manos femeninas

Un tributo a la madre tierra bajo alma y manos femeninas

Marta Apellániz, directora técnica de Bodegas Rosario Vera

En la serpiente de brea que enlaza la villa de Laguardia con Elvillar, un desvío a mano derecha lleva a lo que los agricultores de la zona conocen como el término Txorreñana. Muy al fondo, la neblina cubre en cierto modo el pico del León Dormido. Y con solo girar levemente la cabeza se erige una majestuosa pared de piedra que lleva por nombre Sierra Cantabria.

Allí, desde primera hora de la mañana, Marta Apellániz sondea las cepas de una viña vieja en busca de los granos más maduros en lo que es una jornada más de muestreo hasta que los cestos comiencen a llenar los renques. Este año el comienzo de cosecha está previsto para los primeros días de octubre, algo más tardío que en 2020. «Pero mira el color, cómo se van notando ya los taninos maduros y las pepitas». En boca, Marta estruja el hollejo de la uva y luego se lo echa en la mano: «Todavía le faltan unos días, se aprecia en las pepitas al romperlas y en la madurez fenólica, ahí puedes ver si están agresivos los taninos o no. Son una serie de sensaciones».

Va a ser la segunda vendimia que afronte esta enóloga natural de Oyón y con raíces vitícolas bajo los mandos del grupo Viñas Familia Gil, asentado en Jumilla (Murcia) y con once bodegas distribuidas en una decena de denominaciones de origen distintas dentro del territorio nacional. Todo un imperio en torno al mundo del vino y la viticultura que en 2016 también conquistó su hueco en el norte de la península bajo el nombre Rosario Vera, un tributo a la matriarca de una familia de nueve hijos que mantuvo en pie el legado que un día Juan Gil Jiménez, de oficio picapedrero, amasó allá por el 1916, plantando vides y vendiendo vino en plena Guerra Mundial.

El punto de inflexión llegó en 1977 con la muerte Juan Gil González, nieto de Juan Gil Jiménez y marido de Rosario Vera, que mejoró y consolidó la primera bodega al aplicar los conocimientos tradicionales del oficio. Un referente en la zona. Seguidamente, fue la matriarca quien se encargó después de enseñar a sus progenitores el valor de la formación y del vínculo entre hermanos para que, con la cuarta generación ya en el siglo XXI se produjera la gran expansión del grupo Viñas Familia Gil, con la estrategia de crecimiento en España y el salto a Estados Unidos.

“Su filosofía ha sido siempre la de apostar por las variedades autóctonas mayoritarias de cada zona. Así, aquí en Rioja Alavesa solo trabajamos con tempranillo tinto, aunque hay viñas más viejas que cuentan con alguna cepa de blanco, pero son minoritarias”, apunta la directora técnica de Rosario Vera mientras consulta en su móvil el satélite de Google para localizar la siguiente viña que muestrear, esta vez en la carretera de Lapuebla de Labarca en la que llaman El Rincón.

En total son unas 15 hectáreas en propiedad de la Familia Gil las que trabaja la bodega, junto a otras tantas de una decena de proveedores de la zona. «El lema del grupo es ‘Somos tierra’ y es que ellos defienden los suelos y son mucho de sacar de la tierra lo que da y no enmascararlo. Es decir, aplicar una mínima intervención en campo siempre que se pueda, porque si hay buena materia prima, poco más hace falta», indica. En el conjunto del grupo vinícola la producción ecológica supone a fecha de hoy el 40 por ciento de su volumen anual, pero aspira a alcanzar el cien por cien en los próximos años.

En ese camino se encuentra Rosario Vera con sus parcelas propias ya en trámites de certificación, «aunque llevan trabajándose con tratamientos ecológicos muchos años». De ahí nacen Rosario Vera, un tinto que honra a la figura femenina bajo una etiqueta genérica; Honoro Vera, como progenitor de la matriarca; y Amona (abuela en euskera), como un guiño del grupo a la zona alavesa donde se asienta la bodega sin olvidarse de las raíces familiares.

Unos vinos bajo las manos de Marta, y sus tres compañeros de bodega, que también buscan homenajear a todas las mujeres del mundo del vino, «cada vez más numerosas y también más visibles, porque siempre han estado ahí». Un sentimiento que la enóloga se lleva al terreno personal y remarca: «Amona también es un homenaje a mi abuela y a mi madre, al trabajo de todas las mujeres».

Un trabajo por y para la tierra. Ese respeto por el entorno supone el nexo común entre las once instalaciones de la familia Gil, combinando a su vez modernidad y tradición. «Sostenibilidad, eficiencia energética y aprovechamiento de los recursos son los principios que marcan la actividad de todo el ciclo productivo. Una filosofía que responde a la necesidad de buscar siempre la excelencia y que en Rioja Alavesa confiamos vamos a encontrar porque reúne las condiciones idóneas para la producción de uvas de extraordinaria calidad».

Para ello se apuesta por la selección de levaduras autóctonas y su reproducción en cócteles adecuados al respeto de la variedad que no cambia el perfil propio de la fruta. También por la eliminación de histaminas en los vinos, la reducción drástica del sulfuroso, la lucha biológica contra las plagas y enfermedades del viñedo y el desarrollo de técnicas de valoración de los residuos que se producen en las bodegas, entre otras actuaciones «como muestra del esfuerzo constante en I+D de Viñas Familia Gil».

Más de cien años de historia apostando por el terruño en 1.800 hectáreas de viñedo en todo el país -una comercialización de 300.000 botellas anuales en Rosario Vera- le dan la suficiente experiencia y madurez a la familia para culminar con su proyecto más especial y personal y asumir a la vez tal inversión. El sueño de elaborar en Rioja venía persiguiendo al grupo desde hacía años y, como al destino nadie le gana a caprichoso, la familia consiguió formalizar el plan solo un año después de la muerte de la matriarca: Rosario Vera, «la persona que supo dar continuidad y mantener unida a la familia».

Pero lo mejor está por venir. En la parcela que linda con la bodega ya han comenzado a hervir los primeros pasos para cerrar un proyecto que dará que hablar en la villa alavesa. «Será un homenaje en forma de bodega para honrar a Rosario Vera como cofundadora del sello familiar», señalan desde gerencia. Una construcción que la pandemia paró en seco cuando todavía no había ni cimientos y que servirá como tributo a la matriarca.

Desde Jumilla llegan algunas pinceladas sobre lo que aterrizará en Laguardia en los próximos años para ir abriendo boca: «Estará perfectamente integrada con el paisaje y contendrá las tecnologías más avanzadas y a su vez respetuosas del medio ambiente. No hay que olvidar que el grupo fue pionero en la construcciones de instalaciones bodegueras autónomas energéticamente, con vertidos cero, y con tecnologías avanzadas en los sistemas de elaboración de vinos de calidad. Para el proyecto de Laguardia deberemos encontrar el punto de equilibrio entre la disponibilidad de espacio y las posibilidades que nos ofrece la ubicación en la que irá construida, pero sin duda buscaremos la mejor solución posible. Y, por supuesto, habra una nueva creación de gama media alta».

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