El Rioja

Las 80 vendimias de Tasio entre mulos, zancudos y un Renault sin cabina

Anastasio Fernández,

«Día 5 de septiembre. Voy a la huerta. Cojo tomates, pimientos y tres calabacines. He bajado a la viña de detrás del cementerio con la furgoneta». Anastasio Fernández (1931, El Redal), bolígrafo en mano, escribe con una caligrafía de envidiar, de aquellas que ya poco se leen, los quehaceres del día a día, detalles menores que un día serán parte de la herencia. Lo lleva haciendo desde siempre, aunque goce de buena memoria, y buena cuenta de ello dan las numerosas agendas que acumula en la repisa de la ventana de su cocina.

Apenas sale de su pueblo natal. A sus 90 años suele decir en tono jocoso que posee el carné de burro, «porque solo puedo moverme en mi furgoneta a cinco kilómetros de aquí, lo que se andaba antes con la burra para ir a por las hortalizas». Él ahora lo hace al volante que, aunque con menos destreza, aún se maneja bien. El volante de la furgoneta pero también el del tractor, con el que sigue labrando los almendros. La gestión de las viñas ya la ha delegado en dos de sus tres hijos, Jesús y ‘Poli’, que aunque son médicos de profesión no descuidan el campo, a pesar de que el veterano les ahorre unas horas de trabajo alguna que otra vez . “Y tan felizmente”.

“No me preguntes cuántas vendimias llevo a mis espaldas. Solo sé que desde niño iba al campo, como todos en aquella época. A los 12 años ya sembraba alfalfa. Y desde entonces no he parado. En la viña, con los olivos, recogiendo pepinillos para pagar los estudios de los tres hijos… Labrador de toda la vida”, recalca mientras enseña el cesto que ha cogido esta mañana en la huerta a rebosar de pimientos y tomates. Y aún con todo eso afronta una vendimia más con la misma ilusión que de joven, con el afán de sacar el mejor producto.

«A mí me ha gustado desde siempre producir bien y bueno para sacar buen género, no producir por producir. Ahora debería pagarse por la calidad, no por el grado”, asegura. Tasio, como lo conocen todos en el entorno, se define como “un enamorado de la viña”, y bien se le podrían atribuir varios títulos universitarios, pero de esos que se consiguen en la escuela de la calle. Así, viendo su ‘currículum’, podría decirse que es matemático, ingeniero agrónomo e incluso empresario.

A su lado está su hijo mayor, Jesús, que actúa como una especie de intérprete para lograr entablar una conversación con el curtido en la viña. La cabeza la tiene bien cuerda, pero su oído, sobre todo el derecho, cada día le da más guerra. Eso le ha estropeado mucho sus habituales y ansiadas jugadas al Subastado en el bar del pueblo con la cuadrilla, un juego de cartas derivado del tute con el que se entrena mucho la mente y que le produce cierta morriña recordar. El COVID-19, además, tampoco ha ayudado.

«Es un hombre trabajador, curioso y muy inteligente. Cada fin de semana le traigo el ‘Expansión’ porque le gusta mucho leer sobre la Bolsa. Además, aunque cada día viene un mujer para ayudarle en casa, él mismo se cuida mucho en tema de alimentación y salud», cuenta Jesús. Mientras, Tasio comienza a relatar su periplo en el campo desde que tenía uso de razón, desde que la viña se labraba con mulos hasta que llegaron aquellos primeros tractores zancudos que rodaban por encima de las cepas. Luego ya entrarían en juego las viñas plantadas en espaldera.

«Teníamos unas 12 o 13 hectáreas de viñedo. De chaval iba con mi hermano y el mulo a labrar y un tío de mi padre siempre me decía: ‘Chiguito, palo y surco más’. Y cuanto que podíamos levantar el palo. Luego alumbrábamos las cepas, que era quitar la tierra de alrededor de la madera con una teja y echar ahí el ciemo».

Todavía recuerda aquel primer tractor que llegó al pueblo, el primero también de la comarca, de la mano de don Ramiro: «Vino desde Sartaguda y puso las viñas anchas para labrarlas con su Renault sin cabina». De recién casado, con 32 años, Tasio compró en común su primer tractor con otros tres vecinos más del pueblo porque veía que ya no podía trabajar el campo así. «Luego ya eché un David Brown zancudo y después ya reestructuré las cepas y puse las viñas emparradas».

Tasio junto a sus nietos Víctor y Raúl.

Es domingo y los vinos del vermú pueden esperar, así que Tasio coge su furgoneta y conduce hasta la viña que tiene cerca del cementerio. Ahora lo acompaña otro equipo: su hijo Poli y sus dos nietos Víctor y Raúl. Allí, entre los racimos de tempranillo tinto que en pocas semanas comenzarán a cortarse, cuenta que también fue injertador en sus tiempos jóvenes, una labor que solo los más veteranos de la viña conocerán, aunque todavía sigue injertando almendros.

«Un servidor se injertaba todas sus viñas. Plantábamos barbudas y al año siguiente las injertábamos. Aquellos días eran muy laboriosos pero qué emoción daba ver cómo movían los injertos después de unas semanas. Después llegaron los morgones, metiendo los sarmientos en la tierra para dar lugar a nuevas cepas en las zonas donde había faltas, hasta que ya acabamos comprando injertos y ahora ya se planta con láser. Pero es cierto que con esto las enfermedades de la madera son más comunes que antes».

A lo lejos, a pocos cientos de metros de distancia, este nonagenario vislumbra la Bodega Cooperativa San Cosme y San Damián entre El Redal y Corera, aquella que fundó junto a otros agricultores de estos municipios hace medio siglo. Vocal en la Junta Rectora durante 32 años, Tasio asegura que «los primeros años de funcionamiento fueron bien complicados porque no se vendía la uva y se perdió mucho dinero. Casi no sacábamos ni para pagar».

Esta sociedad agrícola surgió por la dificultad que tenían los viticultores de la zona para comercializar su vino de forma independiente e individual a quienes venían a comprar las cubas. «Se reían de nosotros, nos engañaban con los precios, así que había que unir fuerzas». Aunque las fluctuaciones del precio de la uva y el vino siempre se han servido en la mesa vitivinícola. «Recuerdo un año que llegamos a cobrar las uvas a 150 pesetas el kilo», apunta. También llega hasta su memoria aquel año en el que logró meter en un día hasta 27.000 kilos en bodega, en aquella época en la que no se conocía qué era eso del cupo del Consejo Regulador.

El desarrollo de la cooperativa ha ido ligado al crecimiento del sector vitivinícola. «A principios de los 90, el presidente, otros socio y yo viajamos hasta Reus para comprar un pesador de mosto, lo que se conoce ahora como el pincho que mide el grado, y que fue uno de los primeros que se puso en las bodegas de La Rioja. Eso supuso un antes y un después en la cooperativa», añade apoyado en su vara de madera.

«Mi padre siempre ha sentido la cooperativa como si fuera suya y no ha permitido injusticia alguna, defendiendo el bien común», interviene Jesús, ahora miembro en la Junta, y Tasio añade: «Yo nunca he llegado a ser presidente de la cooperativa pero sí he sido muy peleón».

Con siete nietos ya, siente «satisfacción y alegría» al rememorar su trayectoria al amparo del campo y sus virtudes: «Nunca arranqué las viñas, ni en los malos tiempos cuando no nos pagaron las uvas. Tampoco he vendido el papel y aunque ahora ya no se trabaje igual que antes porque las máquinas han invadido todo, me siento orgulloso de haberles transmitido a mis hijos el valor del esfuerzo». Y nos despedimos de la conversación, porque ya se le aprecia algo cansado, no sin antes lanzar un consejo a los jóvenes viticultores: «Que no esperen hacerse ricos en el campo sin trabajar. La gente tiene que espabilar».

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