El Rioja

El vino más personal de Rafa Vivanco surge del frío y los hongos

A orillas del río Ebro emergen ligeras las neblinas matinales que arropan los primeros, y fríos, días del año. Las bayas están arrugadas y muchas con signos del hongo botrytis, mientras que los pocos racimos que todavía cuelgan de la vid resisten a las inclemencias del tiempo. Quién diría que de este escenario pueden salir unos vinos que poco tienen que envidiar a los prestigiosos ‘Sauternes’, en la región vitivinícola de Burdeos.

Pero lo cierto es que algunos viñedos de Briones poco le envidian a la cuna de los mejores vinos blancos dulces del mundo. De ello se encarga Rafael Vivanco con su 4 Varietales Vino Dulce de Invierno, donde refleja desde aquella vendimia en enero de 2010 su sello más personal sin olvidar la tradición y cultura de Rioja.

Sin olvidar esos vinos ‘supuraos’ que hacían en tiempos pasados con uvas de garnacha y tempranillo, recogidas en la época habitual de vendimias pero colgadas en los altos de las casas para deshidrataras y alcanzar la pasificación. Uvas que ya en Navidad se prensaban y cuyo mosto, muy dulce, se repartía en cántaras y jarras de cerámica entre los vecinos que habían aportado género para que luego cada uno se encargara del proceso de fermentación de forma natural. Un vino que, sin embargo, nunca llegó a comercializarse bajo una Denominación de Origen.

El paso de Rafael por las escuelas de Enología de Burdeos, concretamente en la Denominación de Origen Sainte-Croix-du-Mont, le permitió aprender los métodos de elaboración para llegar a esa complejidad aromática de los más prestigiosos vinos blancos dulces. A su regreso a Vivanco en 2001 no dudó en recrear un vino de podredumbre noble, «pero a la riojana». Es decir, en lugar de uvas blancas, haciendo uso de variedades tintas. Tintas y muy riojanas, así que echó mano del tempranillo, la garnacha, el graciano y el mazuelo.

«Aunque el reto era mayor porque la piel tinta tiene polifenoles por lo que la uva está más protegida frente a las agresiones fúngicas y meteorológicas», reseña el enólogo. Por lo que en lugar de hacer una vendimia unas semanas más tarde de lo habitual, se hizo varios meses después. «El momento depende de cada año, pero lo más temprano es a finales de diciembre y lo más tardío, a comienzos de febrero».

Rafael hace especial hincapié a la mención correcta de su joya «porque cada concepto refleja el carácter y trabajo que hay detrás». Así, se ha de hablar de un vino naturalmente dulce, porque carece de todo añadido de azúcares y alcohol para parar la fermentación; de vendimia tardía, porque las uvas se recogen más tarde de lo habitual; y con una podredumbre noble, porque las condiciones del fruto son las adecuadas, con unas bayas pasificadas y con botrytis.

Hasta que la DOCa Rioja autorizó la elaboración de vinos dulces (antes solo estaba permitido el semidulce) pasarían unos años, concretamente hasta el 2009, justo cuando Rafael elaboró su primer vino dulce. Bodegas Vivanco se convirtió así en una pionera en la Denominación con su primera botella de 375 mm de la añada 2009.

De su aceptación en el mercado, poco que decir. Este ya cuenta con 92 puntos Parker en la añada 2018. «Haremos unas 3.000 o 4.000 botellas y poco tardan en acabarse. Hay que tener en cuenta que es un vino con un rendimiento ínfimo, ya que se necesitan entre cuatro y cinco veces más de uva para conseguir la misma cantidad de vino. Por ello siempre digo que esta creación responde a un reto de enólogo, a una ilusión personal, y que supone muchos riesgos, por lo que tampoco se puede vender barato».

La vendimia de la añada 2020 no terminó en Vivanco hasta la pasada semana. Con la vista puesta en la llegada del temporal ‘Filomena’, las manos apremiaron la labor para dejar a un lado la poda y pasar a la vendimia en la Finca El Cantillo. Pequeñas cajas de 10 kilos, tijeras y mucha delicadeza para recoger las últimas uvas de la temporada antes de que la nieve pudiera echar por tierra el fruto. «Este año se puede decir que ha sido un vino de helada, porque se ha vendimiado a 3 o 4 grados bajo cero», apunta Rafael, «que no de hielo porque para que sea un vino de hielo natural auténtico la vendimia se ha tenido que hacer a 11 o 13 grados bajo cero», añade como experto.

«El otro día abrí una botella de 2009 y me emocioné. Qué pena que sean botellas pequeñas y que se hagan tan pocas, da rabia hasta tener que compartirlas. Aunque realmente son eso, pequeños caprichos que demuestran su valor con el paso del tiempo». Como los buenos vinos, que mejoran con los años.

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