El Rioja

La viticultura bohemia, el dogma más puro de Gil Berzal

Si se habla de viticultura bohemia es probable que las dudas y cuestiones irrumpan de golpe, como si de una tormenta de verano se tratara. Puestos a echarle imaginación, el concepto puede derivar el otros términos como ecología, sostenibilidad, biodinámica,… Pues bien, la viticultura bohemia, tal como la define Saúl Gil Berzal, es un maremágnum de toda esas ideas. Justamente el dogma que caracteriza a sus vinos y que se enraizan en la agricultura más tradicional de Laguardia.

Con una base ecológica, pero también a través de unas prácticas culturales arraigadas, preservando los ciclos de la naturaleza, sin correr, defendiendo además la biodinámica y lo orgánico. «Una persona bohemia no sigue las pautas que marca la sociedad, actúa de forma más libre. Eso es lo que reflejan nuestras viñas y, por ende, nuestros vinos. Es el resultado del dejar hacer a la propia naturaleza, sin intervenciones químicas, guardando la pureza de los suelos y las zonas donde nacen», define Saúl como director de Bodegas Gil Berzal.

Son numerosas y de diverso carácter las bodegas en Rioja que han apostado por elaborar vinos ecológicos, pero no todas ellas pueden cargar sobre sus hombros una carta cien por cien ecológica. Gil Berzal sí, y lo hace fuerza de focos, sin prestar mucha atención a incluir esa certificación en sus etiquetas, «aunque es algo que los clientes extranjeros demandan mucho», porque para ella no consiste en tener un sello, sino en la consecuencia de una idea inicial: el reflejar la realidad de donde nacen los vinos, la prueba de su ‘terroir’.

«Busco coherencia en mi trabajo. No puedo hacer una partida de 2.000 botellas de un vino ecológico pero que luego el resto de las elaboraciones sean a partir de químicos y con un maltrato al medio ambiente. Un trabajo de campo basado en el uso de prácticas naturales es la clave para no distorsionar la realidad, para llevar a la botella lo que está sucediendo en la viña. Y dentro de esa filosofía, plasmar la propia realidad de Laguardia y su naturaleza característica, así como la cultura vitícola de antes, la viticultura de pueblo», remarca.

Y Saúl cumple con sus propósitos porque tiene claro que «los grandes vinos van ligados a la tierra, y para conseguirlos es imprescindible regresar a la viticultura de la época de los abuelos, siempre preservando un equilibrio entre el tiempo, la naturaleza y la tradición». En sus 18 hectáreas de viñas lo consigue, todas ellas al resguardo de la Sierra Cantabria y azotadas por la meteorología de Laguardia.

La familia frente a la Bodega Gil Berzal.

Nada de fungicidas ni herbicidas. En contraposición, cubiertas vegetales, dinámicas naturales para la tierra a base de preparados de sílice, ortiga o cola de caballo (en función de cada zona), regeneración de suelos a través de microorganismos u otras plantas, y si apuras, unas mulas de San Vicente de la Sonsierra (propiedad de Miguel Ángel Mato) para arar la tierra, tanto en viñas plantadas al cuadro como en las más modernas, «porque si se trata de los suelos, estas prácticas los mantienen más sanos». Aunque en años complicados en cuanto a incidencias fúngicas, como el pasado, sí echan mano de productos a base de cobre y azufre en bajas dosis.

Una doctrina que hace de esta bodega una única en Rioja. Además de colarse en la Lista Atkim en 2019 y 2020, goza de ser la primera en el mundo en recibir la Certificación EPD, una Declaración Ambiental de Producto y Huella de Carbono. El premio se lo llevó Recoveco Vendimia Seleccionada 2011, aunque esta gama ya ha crecido en tamaño y ya son tres los vinos Recoveco que sostienen la firma familiar.

Un nombre que representa esa búsqueda continua por el valor de cada zona. «Dentro de una viña hay lugares más especiales que otros, bien sea por el tipo de suelo, su orientación o variedad, y no hacemos más que aunar esos rincones o recovecos únicos de diferentes parcelas para hacer un vino que refleje ese patrimonio natural. Una filosofía que se defiende mucho en el estilo borgoñón donde la vinificación se hace por parcelas y pueblos, mayormente», apunta.

La llegada a la bodega de Saúl y su hermano, quinta generación de viticultores en la familia, supuso en 2009 un cambio de viticultura hacia una más natural, más enfocada a ese trabajo en parcelas y dedicación a los viñedos más viejos, a pesar de que su padre ya practicaba una ecológica sin emplear productos químicos. «Nosotros apostamos por un trabajo de diferenciación de suelos, algo que debería hacer Rioja, y a partir de ahí nacieron diferentes vinos», remarca Saúl.

Alma Pura es tal vez el que mejor representa la esencia de la bodega. Desde el Barranco de San Julián, en la localidad alavesa, y con un respeto máximo del medio ambiente para extraer la singularidad de la que es la parcela más antigua y especial de la familia. Pero la carta de Gil Berzal es más extensa (ya cuenta con ocho vinos) y está en constante evolución, la promoción no es algo a lo que dediquen demasiado tiempo, «eso es trabajo de los vinos».

Saúl afirma sin lugar a dudas que este tipo de viticultura, «una más sostenible y que respete la naturaleza del pueblo, donde se elaboren grandes vinos y sanos», es el futuro, «como ya han evidenciado otras zonas vitícolas como Borgoña, Burdeos o Champagne, aunque en España siempre vamos un paso por detrás en esta materia». En su municipio, por el momento, la corriente ya se está extendiendo a más bodegas: «Hace diez años éramos unas cuatro personas las que trabajábamos así, pero ahora la superficie de viñedo ecológico se ha multiplicado un 250 por cien».

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