Agricultura

Mano a la oliva: el cultivo tradicional como cuna del valor y el potencial riojano

Mantas tendidas rodeando el tronco del árbol, varas, vareadores mecánicos, o las simples manos, y a tirar olivas. A pesar de la innovación tecnológica y la existencia de máquinas que permiten ahorrar en tiempo, trabajo y, sobre todo, en mano de obra, todavía son muchas las personas en La Rioja que tiran del método más tradicional para recoger «esa pequeña finca de los abuelos y sacar aceite para casa».

«Pero más que afán por mantener la tradición de un cultivo, lo que hace que la oliva todavía se recolecte a mano es la orografía de muchas de las parcelas. Algunas, en el monte sin acceso adecuado para máquinas, plantadas como antiguamente o de escasas dimensiones. Además, máquinas como los paraguas no son del todo útiles porque la oliva no cae tan bien como ocurre con la almendra. Así que, seamos sinceros, los olivos que se recogen a mano no es por gusto, sino por necesidad», recalca Emilio Abad, ingeniero agrícola y agricultor de Arnedo.

Junto con su tío y algún familiar más, recoge cada año cerca de 300 olivos a mano, «echando mano en alguna ocasión del vareador mecánico para agilizar un poco la labor y poder llegar a las copas». En diciembre y con frío, muchos pueblos visten sus campos con vecinos, algunos a regañadientes, que acuden a los olivos familiares con el interés particular de sacar aceite para autoconsumo para surtir los hogares durante todo el año.

«Y buscan hacerlo al menor coste posible, de ahí que tiren del método manual, porque a diferencia de la uva o la almendra, la oliva es mucho menos rentable», apunta Emilio. Sin embargo, estima que, con el tiempo, con este cultivo puede ocurrir algo parecido a lo sucedido con el almendro hace años: «Una vez las generaciones de nuestros abuelos o padres dejen de querer cogerlas a mano, esas fincas se dejarán de atender y acabarán desapareciendo, mientras que las plantaciones mecanizadas crecerán en volumen. El olivar tradicional está sentenciado porque no da dinero».

Es justo en el marco de estos intereses donde Emilio aboga por preservar el valor de lo propio, el potencial de un cultivo tradicional que lejos de desaparecer, debe fomentarse. «Ya ocurrió con la viña, cuando se arrancaron cepas de garnacha por doquier, «mientras que ahora se busca justamente esta variedad para crear vinos especiales. No se puede aspirar a tener campos como los de Andalucía, con esas extensiones, porque ese modelo no funciona en una comunidad como la nuestra, pero tampoco se puede dejar perder esa virtud de unos aceites de calidad».

Un «punto de inflexión» que se produjo en el campo y que también vivió Emilio en primera persona: «De joven arranqué unos olivos centenarios para plantar nuevas variedades como campo de ensayo y ahora he comprado una finca al lado de olivos viejos porque la calidad del aceite que estos dejan no tiene nada que ver. Ahora sé que esa primera finca no la tenía que haber arrancado porque tendría unos olivos de 120 años». Cambios de intereses muy influenciados por la edad, ya que «conforme pasa el tiempo, te das cuenta de dónde está el verdadero valor de las cosas».

Este agricultor es tajante al afirmar que «esa oliva que dan los árboles viejos no tiene nada que ver con la de las nuevas plantaciones porque, al igual que en la viña, la raiz del olivo profundiza mucho mas y extrae nutrientes y sustancias que no es capaz de hacer un olivo joven». Y en esa tarea de divulgar y fomentar lo autóctono, Emilio aplaude el trabajo «fundamental» de recuperación de variedades antiguas que desde la Almazara Experimental de la Finca La Grajera realiza el Gobierno de La Rioja y la DOP Aceite de La Rioja, «demostrando su apoyo hacia el olivo y la búsqueda de la calidad».

Coincide en estas sensaciones Javier Alfaro desde Cabretón. La Almazara Valle de Añamaza tiene un valor añadido y es que las olivas que produce, de la variedad tradicional empeltre, proceden de olivos centenarios, ubicados en la Reserva de la Biosfera y con una recolección manual, cuyos aromas no son muy agresivos, con un amargor y picor no muy elevados y «perfectos para su uso en repostería». El broche de oro: el aceite que se comercializa es ecológico.

«Tienen propiedades y parámetros distintos, con producciones pequeñas pero de mucha calidad», destaca este socio que como otros 16 más mantienen este cultivo en su versión más tradicional. Sin embargo, Javier lamenta que no se valora lo suficiente este tipo de árboles y los aceites que dejan: «Hace falta algún tipo de normativa que de un empujón a esto, que inculque cultura en el consumidor para que este sepa diferenciar y valorar el producto».

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