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El Rioja

Mayor de Migueloa descorcha las raíces vinícolas de Laguardia

Es jueves y las agujas de la torre de la iglesia ya han pasado del medio día. La calle Mayor de Laguardia muestra una estampa bien distinta a la de un jueves prepandemia, con viandantes esquivando las múltiples mesas y taburetes haciendo de terraza en hora punta del vermú. Más bien hay silencio, escasos turistas y algún que otro vecino que visita un comercio para hacer su compra habitual.

En el número 20 de esta céntrica vía del municipio, sin embargo, la actividad es frenética durante y después de la vendimia. Este año, y por primera vez, bodega, hotel y restaurante comparten estancias en Mayor de Migueloa, un edificio del siglo XVII, el que fuera el antiguo Palacio de Viena, donde la elaboración del vino no se realizaba desde los años 50. Todo ello con el afán de recuperar la actividad vinícola dentro del municipio.

«La idea era conseguir un equilibrio armónico entre la zona, el pueblo, lo que es la casa y lo que es nuestra familia, una dedicada al mundo del vino desde 1690 ininterrumpidamente», destaca Javier Gutiérrez, quien ha puesto en pie este «ilusionante proyecto» que se abre en este inusual 2020 con un carácter vivo y activo, para evolucionar con cada añada y que ha recibió el pasado enero la placa de Patrimonio del País Vasco.

Fue su padre quien en 1988 adquirió este palacio del vino, tal como definieron el equipo de arqueólogos de Álava que participó en su rehabilitación, para crear el espacio turístico que es hoy en día en pleno corazón de Laguardia después de ser el director general en Bodegas Palacio. Rioja Alavesa le enamoró, pero sobre todo lo hizo esta casona de la que quiso mantener toda su estructura. La inauguración casualmente fue en San Mateo, el 21 de septiembre de 1992.

Bodegas Mayor de Migueloa se erige esta vez como un espacio abierto al público donde Javier ha querido acercar todo el proceso vitivinícola de principio a fin, desde la entrada de uva en cajas, hasta el despalillado, la prensa o el bazuqueo. Tareas donde visitantes o huéspedes del hotel han podido echar una mano e involucrarse en una actividad agrícola que acompaña al municipio desde siempre.

Aunque los métodos de elaboración de la bodega han cambiando algo después de setenta años (los lagos de hormigón se han sustituido por depósitos de acero inoxidable), la tradición y el trabajo manual siguen más presentes que nunca. Javier rompe el sombrero de una barrica de garnacha mientras explica que el vino de cada año será diferente, sin una línea fija, variando viñas y variedades.

«Sin previsiones futuras, pero manteniendo la esencia de siempre, la de una intervención mínima de la uva, con mucho mimo y cuidado, para hacer un gran vino que permita esa armonía entre la casa, el pueblo y la zona dando pie a nuevas manos que palpen el manejo de esta tradición y permitan cerrar el círculo de Mayor de Migueloa», destaca.

Poco tendrán que ver estos vinos con los que la familia ya elaboraba en su otra bodega de Elvillar y que solo trasladaban al centro de Laguardia para la fase de crianza. Esta, con producciones más masivas y de carácter más industrial, producía unas 70.000 botellas; mientras que apenas unas 5.000 salen de la casona de 1619 albergando una gran selección de vinos muy expresivos, con mucha extracción y algo más modernos dirigidos a un público que busca experimentar cada año.

Aunque la sala de barricas para crianza ya estaba habilitada, Javier aprovechó el confinamiento de la primavera para hacer una pequeña reforma en el sistema de iluminación y los suelos con el fin de convertir las instalaciones en una bodega de los pies a la cabeza. «De pequeñas dimensiones, eso sí, pero con mucha pasión porque el objetivo no era otro que devolverle al centro de Laguardia su historia que con los años se había desplazado a los alrededores».

Aunque la llegada de turistas ha sido intermitente después del verano, «la acogida ha sido muy buena y la gente, viendo y participando de primera mano en el proceso, valora ahora mucho más todo el trabajo que hay detrás de un buen vino hasta el punto de considerar barato el precio de una botella».

Continúa el bazuqueo de puertas para adentro en Bodegas Mayor de Migueloa. El tempranillo ya va por la fermentación maloláctica y en la planta baja las paredes de tierra, donde todavía se pueden observar los antiguos silos excavados empleados para guardar el trigo, dan cobijo a las barricas de roble francés que guardan la crianza de un vino que dará que hablar. El primero de muchos nacido en las raíces de Laguardia.

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