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El Rioja

El Sacramento de Viña Leizaola, un Rioja muy ‘château’

De izquierda a derecha, Etienne Cordonnier, Jesús Velilla y Begoña Royo en la bodega de Laguardia

Etienne Cordonnier Leizaola. Su nombre no es de la zona, está claro, pero sí es lo suficientemente conocido en Rioja por reflejar lo mismo que su proyecto vitivinícola: el concepto ‘château’ en un único y gran vino con el terruño por bandera. Una tendencia muy ‘bordelaise’ asentada en el corazón de Rioja Alavesa y con un recorrido muy marcado.

Esta es la historia de cómo un belga de nacimiento llega a Laguardia para construir desde cero una bodega donde aunar orígenes y pasión. De madre vasca y padre francés, su vida ha transcurrido entre las fronteras belgas formando parte del negocio familiar de distribución de vinos hasta que supo que su destino le auguraba una mayor implicación en todo el proceso vitivinícola.

¿Por qué la DOCa Rioja y, en concreto, esta localidad a las faldas de la Sierra Cantabria? Etienne lo tenía claro. El reconocimiento estaba asegurado perteneciendo a esta Denominación, pero lo que más atraía su interés eran la climatología y geología complejas con pequeñas parcelas únicas. «El viñedo, sin duda, es toda una hermosura; en cuanto lo vi supe que era el lugar idóneo».

Sin bodega pero con grandes ideas de crear su propio vino, durante los primeros años echó mano de la amistad con el presidente de la cooperativa Covila de Lapuebla de Labarca para usar sus instalaciones como espacio de elaboración de sus primeras cuatro hectáreas de viñedo, hasta que en 2018 estrenó su bodega con la octava vendimia de Sacramento, su vino estrella, ya con quince hectáreas en propiedad.

Viña Leizaola se erige con líneas rectas propias de una arquitectura moderna sobre unas texturas rugosas y desiguales que se ordenan caprichosas sobre diferentes alturas y pendientes. El contraste hecho arte donde cepas de tempranillo (mayormente), graciano, garnacha, viura y malvasía rodean las instalaciones de la bodega y que allá por la Edad Media se conjugaban en una parcela que llevaba por nombre El Sacramento de la Cofradía de Laguardia, de ahí la marca.

«He logrado mantener la idea de ‘chateau’, donde te focalizas en sacar un vino elaborado con uvas de un mismo viñedo que lindan con la propia bodega primando la calidad frente a la cantidad, porque desde el principio quería exprimir esas bajas producciones con rendimientos en torno a los 4.000 kilos por hectárea», apunta el bodeguero.

A pie de viña, los métodos naturales para controlar la producción merecen capítulo aparte. Cada año cultivan diferentes semillas en los surcos para crear mayor diversidad de ecosistemas que aporten riqueza a la vid. Este año le ha tocado el turno a la mostaza, una planta empleada como abono verde cuya raíz permite oxigenar el suelo. «Cuando llega el verano y hay más competencia entre la cepa y la propia planta, enterramos esta para que la vid se desarrolle adecuadamente, pero hace una gran labor de equilibrio en la producción además de los aclareos manuales que hacemos».

El belga asentado en Rioja descarta el estilo borgoñés para su proyecto: «No quiero muchas parcelas con un vino concreto y su marca. Para mí una añada ideal es una donde toda la uva pueda ir destinada a Sacramento, pero la naturaleza no siempre es tan benévola y toca seleccionar para hacer un segundo vino que no deja de ser un derivado del principal».

Así nace El Camino de Sacramento, un vino hecho con una proporción mayor de graciano que destaca por su expresividad, frutosidad, frescura y accesibilidad. Su nombre evoca a la senda que desemboca en el vino culmen, uno más fino, equilibrado complejo y elegante, con más capas y matices en cata. La lista de Leizaola la completa el blanco Paloma de Sacramento.

Recorre las parcelas que arropan la bodega junto a la enóloga Begoña Royo y el encargado del campo Jesús Velilla. Con los tres vinos en la categoría de ‘Zona’, los tres coinciden en que no se plantean portar las nuevas etiquetas de Rioja: “Podríamos meter casi todo en la categoría de ‘Vino de Pueblo’, pero no queremos crear diferencias dentro del vino para no confundir al consumidor, porque al fin y al cabo este mira principalmente el producto, no de dónde viene».

También tiene varias parcelas que cumplen con ‘Viñedo Singular’, pero solo le interesaría si pudiera meter el cien por cien en esta categoría. Cosa que no es así porque hay algunas centenarias y otras muy jóvenes. «Al fin y al cabo, considero que todas mis viñas son singulares, pero me quedo con la identidad de un único vino de la zona de Rioja Alavesa donde focalizar todos mis esfuerzos», sentencia.

La rentabilidad manda

Es justamente esa máxima de calidad lo que el público espera de su producto, sobre todo el público internacional, «el cual valora mucho más esta idea de unidad y tiene una mayor cultura en el consumo de vino, de ahí que no hablen tanto de si una botella es cara o barata». En la balanza del mercado nacional, Viña Leizaola se sitúa más hacia el extremo izquierdo, con unos vinos que rondan los 40 euros, razón por la que le cuesta competir con las grandes firmas de Rioja a pie de bares y restaurantes.

Etienne considera que este es un precio calidad «muy interesante» para el consumidor y también «rentable» para la bodega, pero reconoce que con estas características es imposible estar presente en todo: «Hacerse un hueco en Rioja es complicado, pero hay que fijar prioridades, así que nuestro punto fuerte se sitúa en la calidad de los vinos y la forma de trabajar». Fuera de las fronteras nacionales la búsqueda de los mercados rentables y potenciales también es el objetivo principal. Pero con una producción anual de 100.000 botellas no se puede abarcar todo.

El tener un nivel de exportación que supera el 80 por ciento de sus ventas ha propiciado que el daño provocado por el COVID-19 en la hostelería no repercuta en gran medida en su actividad comercial, a excepción de los viajes al extranjero aplazados en busca de nuevas oportunidades de negocio. Pero Viña Leizaola aguarda expectante para retomar el pulso porque Sacramento y sus ‘hijos’ tienen todavía mucho que emocionar y mostrar en boca ese ‘terroir’ característico que identifica al vino.

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