La Rioja

Sacando pecho: visibilizando el cáncer de mama

Estos días no habrá lecturas de manifiestos, ni concentraciones, ni carreras o paseos solidarios, pero la enfermedad sigue ahí, aunque parezca que el COVID-19 lo llena todo. Este lunes es el día del cáncer de mama, el segundo más diagnosticado en nuestro país y el más frecuente entre mujeres.

El 30 por ciento de los cánceres diagnosticados son de mama y una de cada ocho mujeres lo sufrirán a lo largo de su vida. En 2019 se diagnosticaron en España 33.307 nuevos casos de un cáncer que empieza a aparecer en la mayoría de los casos a partir de los 35 años pero que entre los 45 y los 65 tiene su mayor incidencia.

Estas son las frías cifras. Detrás de ellas miles de nombres femeninos (un uno por ciento de los casos afectan a hombres). Madres, hermanas, hijas, mujeres que han tenido que dar un paso adelante, enfrentarse a lo desconocido y romper muchos de los prejuicios que tenían antes de oír esa maldita palabra que hace que te cambie la vida de un día para otro.

Toñi, la presidenta de la asociación en Calahorra,  ha traído café, unos cruasanes y mermelada hecha en casa. Dos horas por delante de conversación, de miedos, de incertidumbres, de lamentos, pero sobre todo de esperanza. Con la complicidad que dan las miradas (mascarillas mediante) y con el distanciamiento social necesario para no complicar las cosas nos reunimos con tres personas que, de momento, le están ganando la batalla a la enfermedad. Podrían haber sido muchas más pero no nos podemos reunir más de seis.

Son Candela, Mariángeles y Mónica, el de ésta última no es de mama pero ha querido estar aquí por apoyar a sus compañeras y para explicar también su experiencia. «No todo es cáncer de mama y aquí en la asociación nos tratan a todas por igual, que nadie piense que con otro tipo de cáncer no va a ser igual de bien recibida», dice haciendo una declaración de intenciones desde el primer minuto de la conversación.

Se extrañan de que no sea una entrevista formato pregunta-respuesta. Hay veces que no es necesario. Simplemente charlar con ellas te permite hacerte una idea del momento por el que están pasando. Toñi nos deja solas y empieza a revolotear por la sede, tiene demasiadas cosas que hacer.

«La palabra cáncer ya no es sinónimo de muerte»

Comenzamos con los momentos más duros. Hace unos años siempre era la misma respuesta: el momento del diagnóstico. Con el paso de los años, esta respuesta va cambiando. «Ya la palabra cáncer no es sinónimo de muerte, por eso para mi el peor momento fue cuando me dijeron que mi tratamiento pasaba por la quimioterapia. Conoces a mucha gente con cáncer de mama que no la ha necesitado, así que piensas: ‘si yo la necesito es porque esto es más chungo de lo que pensábamos’».

Es Candela. Le diagnosticaron el cáncer hace cuatro años y en una mañana de un 5 de enero los Reyes Magos le trajeron uno de los peores regalos de su vida. Había que pasar por quimio.

Semanas antes le habían quitado el pecho. «Recuerdo el día que se lo dije a las médicos. Estaban frotándose las manos, no sabían cómo decirme que había que extirpar y fui yo la que les interrumpí: ‘quería preguntaros si podemos quitar el pecho para evitar males mayores’, les dije. Respiraron aliviadas, era lo que ellas me iban a proponer».

A Candela no le preocupaba su exterior, ella miraba más adentro. Sabía que la quimio no iba a ser fácil, pero nunca dejó de hacer nada por el tratamiento. «Bueno, un día dejé de llevar a mi hija a natación porque no me encontraba muy allá».

Con su familia a decenas de kilómetros de distancia es desde hace un tiempo cuando ve las consecuencias de la quimio. «Los dolores musculares son continuos, no hay día que no me levante de la cama con algún dolor, el brazo izquierdo no funciona como debería, si no tomo pastillas es imposible conciliar el sueño y no puedo hacer todo lo que hacía antes, pero sigo viva». Esa es la actitud de todas ellas. Saben que queda mucha vida que seguir disfrutando.

Se ha buscado un trabajo. No de ocho horas porque su cuerpo no lo aguantaría, pero le ha dado la vida. «Intentar hacer una vida lo más normal posible hace que nos sintamos útiles, que desconectes de la enfermedad, que te sientas más viva», cuenta.

La palabra miedo es recurrente en el vocabulario de todas. Miedo a la enfermedad, a las consecuencias del tratamiento, a ver sufrir a la gente a la que quieres por tu culpa, «pero hay que tirar hacia adelante». «Yo lo tenía claro, no quería tener dos enfermedades; no te puedes permitir tener cáncer y además caer en una depresión», dice Candela, que se emociona cada vez que recuerda todo lo que ha pasado hasta ahora.

Mónica no tiene cáncer de mama pero la situación es similar. Lleva cuarenta sesiones de quimioterapia y aún así celebra cada día la vida. «Me dieron por desahuciada, me dijeron que no había nada que hacer pero tenía un motivo demasiado importante por el que seguir luchando», cuenta. Su motivo era su hijo Kevin, con una enfermedad de nacimiento que le había hecho centrarse en él durante años. «Él me lo dejó claro: ‘Has luchado toda la vida por mí, ahora hay que luchar por ti’».

Mónica no pasa por su mejor momento y aún así sonríe al recordar a Kevin. Falleció hace unos meses. Sin esperarlo. Como cualquier madre ahora mismo, se cambiaría por él. «Si me oyese, me daba con la mano abierta». Eso le queda ahora, seguir peleando por el recuerdo de su hijo y por su marido, esa parte fundamental de apoyo en su enfermedad. «La asociación es ya algo más de mi vida, venimos, hablamos, ponemos en común nuestras experiencias, nos preocupamos las unas por las otras, nos damos ánimos y sabemos que lo que se cuenta en esta mesa no sale de aquí».

«Los dolores son continuos pero sigo estando viva»

El día a día no es fácil. «Cualquiera que me ve piensa que estoy estupenda pero los dolores son, en algunos momentos, horrorosos. Aún así estoy viva». Otra vez se repite el mismo mantra. La vida para ellas es un regalo que hay que celebrar todos los días.

A pesar de que las palabras dolores, miedo, incertidumbre, cansancio u horas sin dormir salen de sus bocas casi sin pensarlo en la sala, si hay algo que se respira es esperanza. Todo está con flores rosas, las han hecho ellas para adornar la fachada del ayuntamiento, les han sobrado algunas que adornan la sede de las asociación. El objetivo es la visibilidad.

El cáncer de mama fue quizás el primero en visibilizarse en la calle. Los lazos rosas, los pañuelos en la cabeza, las carreras solidarias… Visibilizar para ellas supone sentirse comprendidas, ser parte de una sociedad que reconoce su valor y su valía y recordar a todas aquellas que no lo superaron, no porque no quisieran, ni porque no tuviesen ganas de vivir… simplemente porque la enfermedad pudo más que ellas.

Mariángeles se acababa de jubilar cuando le detectaron el cáncer. A pesar de ser sanitaria y saber de qué iba todo, el peor momento para ella fue cuando le dijeron que había que biopsiar porque no era nada bueno lo que habían visto en el camión. Había pasado por el fallecimiento de su marido de cáncer y la experiencia había sido traumática. Su mayor preocupación era «volver a hacer pasar a sus hijos otra vez por lo mismo».

Fue en ese momento en el que se dio cuenta de lo diferente que era estar a un lado o al otro de la enfermedad, ser profesional o paciente. Ella muestra el lado más esperanzador de la enfermedad. «Hay que tomárselo como algo temporal porque ahora los tratamientos no tienen nada que ver con los de antes», dice.

Además, reconoce que «el equipo de cáncer de mama de La Rioja es extraordinario, es una suerte contar con ellos en nuestra comunidad», cuenta sin poder dejar de nombrar a Mercedes Sáinz, calagurritana y radióloga del Hospital San Pedro por la que pasan prácticamente todas las mujeres que tienen esta enfermedad.

Y es que la vida ya nunca es igual después de un cáncer. Tus prioridades vitales cambian, la enfermedad sirve para saber quién de verdad está a tu lado, pone a cada uno en su sitio. No ese atreven a dar consejos, pero recuerdan que cada enfermedad, cada tratamiento, cada reacción es diferente. «A las que vengan a partir de ahora solo decirles que no queda otra, que hay que tirar hacia adelante porque realmente merece la pena».

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