CARTA AL DIRECTOR

‘Orgullo nacional’

Con una frecuencia mayor de la que me gustaría, me suelen sorprender mis amigos extranjeros al comentarme que, a sus ojos, los españoles somos demasiado orgullosos. Entiendo con orgullo aquella susceptibilidad a defender lo que, de algún modo, se cree propio o muy relacionado con uno, como la madre o el bocadillo de jamón ibérico. Yo, en cambio, les respondo siempre que no, y que ojalá lo fuésemos más.

Un ciudadano con algo de amor propio no aceptaría, como se acepta en esta tierra, la ristra de escándalos y engaños que incumben a la Corona; mucho menos, los intentaría justificar, e incluso aplaudir –es verdad que no aceptaría, de primeras, y también por orgullo, una imposición tan errática y ajena como la monarquía (viene de Francia, como el propio adjetivo español), pero esto ya es otro cantar–. El caso es que la sumisión es muy nuestra. Siempre hemos querido cadenas, tanto que pareciera que nos excitase el sabernos robados y burlado.

Lo del «Quosque tandem», que dijera Cicerón a Catilina, no va con nosotros. Son tantas, ya, las veces que el orador de Arpino podría haber dirigido esta frase a los Borbón que, como Amadeo de Saboya, habría acabado abandonando el país, con un frustrado «allá ellos» más que entendible, como entendible es también que estemos condenados a esta malformación democrática, si consideramos las tropelías de J. C. (y la complicidad del hijo, en su silencio) una morbosa carnaza de Mediaset y no una radical ofensa a cada uno de los ciudadanos españoles a los que debiera representar y defender, que es lo que, al cabo, es.

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