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La intrahistoria de cómo la industria riojana se reinventó ante el COVID-19

Creíamos haberlo visto todo: conflictos bélicos, desastres naturales, recesiones económicas… pero la crisis sanitaria que llegó sin avisar hace cuatro meses nos situó en un escenario de total incomprensión, desconocimiento y frustración.

El COVID-19 no entendía de países, razas, edades o estatus sociales. Todos éramos víctimas de un virus que, por buscarle el lado positivo, ha hecho que la búsqueda del bien común sea una prioridad absoluta de todos y por todos. Y en esto La Rioja se ha llevado la palma. La solidaridad, el trabajo desinteresado y la generosidad de sus empresas y ciudadanos remando en el mismo sentido ha desembocado en una lección impagable: si actuamos como comunidad somos mucho más fructíferos y potentes.

Desde el primer día que la pandemia llamó a la puerta, el Gobierno de La Rioja se marcó un objetivo muy claro: salvar vidas. Así que puso en marcha toda la maquinaria posible para dotar de recursos necesarios a los profesionales y trabajadores sociales que permanecían en primera línea de fuego. «El Ejecutivo llamó a nuestra puerta con la necesidad de dar cobertura de equipos de protección al Servicio Riojano de Salud. Arnedo tiene una capacidad brutal de producción de zapatos, pero nuestras empresas tienen un potencial inmenso así que nos pusimos a elaborar batas», explica David Solana, bombero y representante de Protect Solana.

El ejército empresarial riojano supo adaptarse y superarse para diseñar Equipos de Protección Individual (EPI9 en un tiempo récord. «Desde el Ministerio de Salud se hizo un llamamiento para fabricar epis y nos pusimos de inmediato en contacto desde el Ayuntamiento con la oficina de presidencia ofreciendo nuestras cuatro grandes empresas para lo que se pudiera fabricar», señala Jorge Lladó, concejal de Ezcaray. «Nadie decía que no. Unos aportaban el material, otros cosían, otros repartían…». Era una máquina perfectamente engrasada y lo mejor, nadie se sentía protagonista, todos perseguían una misma meta: luchar con sus propias armas contra el virus.

Empezamos con diez o doce empresas, que eran las que más capacidad podían tener, pero rápido se fue sumando más y más gente», indica Alfonso Ruiz, gerente de Arneplant. «El Hospital San Pero es el que marcaba las necesidades y nosotros organizábamos todo, desde la búsqueda de material hasta los procesos de producción».

Las empresas han sido una de las patas de este proceso, pero los investigadores, ingenieros y profesores no han sido menos. «Expertos en diferentes áreas nos unimos para intentar desarrollar proyectos lo más rápido posible. Además de un gran grupo de voluntarios que han sido la gran respuesta en cuanto a colaboracionismo se trata», cuenta Álvaro Pérez, investigador del Cibir.

Y así nació el movimiento Coronavirus Maker. Un proyecto desinteresado que llevaron a cabo cientos de particulares y empresarios que no dudaron en utilizar sus impresoras 3D para elaborar viseras con pantallas protectoras. «Este es el proyecto en el que más se ha volcado la gente de la calle. Además, profesores como Fernando Alba desarrollaron una mascarilla funcional con un filtro comercial. La respuesta fue increíble, y el primer fin de semana ya se fabricaron casi 2.000 pantallas», comenta Pérez. “Y fue precisamente esta inmersión en el mundo 3D la que nos sirvió par valorar los prototipos de los procesos que se iban a industrializar», aclara Alpha Pernía, profesora de la Universidad de La Rioja (UR).

El Gobierno regional habilitó todas las vías posibles para aprovisionar a los profesionales de esos materiales tan necesarios en ese momento y el vínculo creado entre Salud e Industria se hizo inquebrantable en cuestión de días. Fue la Fundación Riojana para la Innovación (FRI) la que se convirtió en un abrir y cerrar de ojos «en el intermediario perfecto que lograra que las cosas llegaran a su destino en el momento adecuado y de la mejor manera posible», concluye Ruiz. «Todo fue rodado porque todo el mundo quería aportar lo que fuera. Había más manos que capacidad de canalizar la necesidad de ayuda. Fueron momentos espectaculares.

Solana recuerda cómo «veías esa carga emocional al sentirte útil y formar parte de una legión que lucha frente a una pandemia haciendo llegar los equipos, no solo a los sanitarios riojanos, sino a muchos otros trabajadores de otros centros de España». Para Alfonso Ruiz, «colaborar fue una manera de canalizar la frustración e impotencia que sentíamos. En el telediario lo veías todo muy negro y pensabas: ‘además de quejarme, ¿puedo hacer algo?’».

Miles y miles de batas, delantales, mascarillas, pantallas de protección… elaboradas por cientos y cientos de manos que han hecho lo impensable por sacar adelante una región castigada, como la que más, por el COVID. Pero eso no era lo más gratificante. «Lo conmovedor era cuando llegaban fotos de enfermeras del San Pedro dándonos las gracias por nuestro trabajo». Y es que trabajar en equipo, aunque sea en un ámbito desconocido y en una situación de extrema gravedad, es sinónimo de éxito seguro. Y de eso, La Rioja, se ha convertido en el mayor ejemplo.

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