Crisis del Coronavirus

En la trinchera contra el COVID-19 en La Rioja: «No hay tiempo para pensar»

Salidas a los balcones cada noche a las 20 horas. Ovaciones cerradas a todas esas personas que están dejando su vida, algunas de manera literal, por cuidar, proteger y curar a los infectados por el coronavirus. Lágrimas en los ojos, carne de gallina y mucha rabia contenida pero, ¿sabemos realmente cómo es el día a día de los sanitarios a los que tanto homenajeamos? ¿Somos conscientes de la labor real que desempeñan diariamente?

Aquí un ejemplo de lo que muchos sanitarios viven cada uno de estos días, marcado por esta horrible pandemia: Patricia, una enfermera leonesa que trabaja desde hace cuatro años en el Hospital San Pedro de Logroño y que estos días le planta cara al Covid-19 desde la trinchera más próxima a la línea de fuego.

«1,2,3… ¡Allá vamos! O como dirían mis queridos padres, ‘cuenta hasta 10 Patricia, cuenta hasta 10’.

Llega el cambio de turno en una de las plantas del COVID-19. Pasillos repletos de todo y a la vez vacíos. Nudo en el estómago y mascarilla en la cara, de las buenas si hay suerte ese día.

Llegas al control y empiezas a ver las primeras caras de derrota, las primeras marcas de guerra en la cara, los primeros gritos y los primeros agobios. Llega lo importante: tus pacientes.

El mío es de lo más variopinto, desde el abuelo de 93 años pluripatológico y demencia, hasta el niño de 16 años al que el coronavirus ha causado una neumonía.

Llega el momento de comenzar el desfile, de acudir a las habitaciones de personas derrotadas, no solo por el maldito virus, sino más bien por la soledad.

Entras a la primera habitación, con el lujo de pode mirar a los ojos al paciente y poder verla, todavía no se han empañado las gafas. A través de la mascarilla de oxígeno te saluda y te sonríe. ‘¡Por fin entra alguien, aunque y sea lo más parecido a un alíen y solo se le vean los ojos’.

Tienes el tiempo justo. El paciente de al lado se acaba de desaturar, le ha bajado el nivel de oxígeno y el de la 608 tiene 39 de fiebre… Comienzas a sudar bajo ese disfraz infernal, las gafas se empañan y apenas puedes ver. Quieres mantener una pequeña conversación mientras valoras al paciente pero el tiempo apremia…

Quieres dar un poco de aliento a esa mujer que echa de menos el contacto con alguien desde hace días, semanas incluso… Quieres dar un poco de ánimo a esa paciente que siente que se ahoga cada media hora, que siente que sus pulmones están llenos de algo que le impide respirar… Pero no puedes. Tienes que correr de habitación en habitación.

Te duele la cabeza; las gafas te presionan cada vez más… ¿Son las gafas, o será la angustia? ¿No será ansiedad? No tengo tiempo de pararme a pensar, tengo que seguir.

El paciente desaturado no remonta… ¿edad? 55… ¡Es reanimable! Hay que bajarlo a la UCI para intubarlo. ¿Hay sitio? Ayer ya no había espacio…

Suena el teléfono. Un familiar desesperado preguntando por su padre. No sabe nada de él desde ayer. ‘Lo siento señor, no puedo darle información’. Una frase causante de tanta desesperanza y que repetimos sin cesar.

Por fin, después de 15 días, el de la 630 ha dado negativo y se va a su casa. Él llora; yo también. Con media hora de distancia, la de la 632 fallece, y lo hace sola. Nadie la acompañaba, nadie le daba la mano, nadie estaba con ella en su último aliento.

¡Dos camas libres! Casi no da tiempo ni a que las limpien. Dos nuevos ingresos y vuelta a empezar».

Con estas palabras, Patricia quiere dejar testimonio de lo que viven estos profesionales día a día tras las puertas del hospital. La tristeza, el desánimo y el miedo «con el que vivimos a diario». Además, esta sanitaria destaca el compañerismo que la situación está generando y el enorme agradecimiento «que recibimos diariamente tanto del paciente como de la gente en la calle».

Patricia implora ánimo. «Ojalá nunca dejemos de luchar. A veces la vida improvisa, nos tumba y nos recuerda que no somos dueños de todo. ¡Quédate en casa y háznoslo más fácil!».

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