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Del desván al escaparate

José Luis García Iñiguez fue un pionero, el primero de los mochileros radiofónicos de este siglo tras la huella de la Unión Deportiva Logroñés. Aquel Grupo 3 de los inicios le trajo por el camino de la amargura. Campitos de hierba artificial ante equipos de ciudades catalanas con instalaciones modestas que se manejan por esta categoría con especial comodidad al no tener la exigencia de nada, salvo la de permanecer en la Segunda B del fútbol español. Badalona, Tarrasa, Hospitalet… y esos otros equipos levantinos que le añaden más kilómetros a esto de sentirse fuera de tu grupo habitual. Y es que hay más vida más allá del Grupo 2, pero esa vida está a demasiados kilómetros de distancia.

Bueno, a lo que iba, Iñiguez, el pionero de las ondas en este siglo XXI, le dio cera a su modesto coche plateado para apenas sí narrar alegrías en aquellos primeros cursos de un equipo con una masa social necesitada de emociones fuertes, de sensaciones futbolísticas reparadoras con las que regar unas raíces poco profundas por aquel entonces. Sin muchas alegrías y tampoco demasiadas decepciones, el aficionado se emocionaba la justo. Iba y venía a Las Gaunas como un autómata, por hacer algo, por llenar el domingo con un poco de fútbol local, por ver hasta dónde nos podía llevar este nuevo proyecto de fútbol para la ciudad. Souto y poco más. Souto… y ese algo más: la Copa del Rey.

En medio de una mudanza, escaleras arriba y abajo, con el lomo destrozado, la radio atronaba por el tramo de escaleras gracias a la enérgica narración de un José Luis que, desde la soledad del narrador a centenares de kilómetros de distancia, trataba de contarle a su audiencia las andanzas por la Copa del Rey de un nuevo equipo durante aquella primera semana de septiembre de 2010. Desde Badajoz, la voz animó una tarde anodina de final de verano en aquel Badajoz, 0 – UD Logroñés, 2 del torneo copero. El equipo ganó, José Luis lo narró, y en aquel divertido Twitter de 2010 la gente dejó constancia de que por primera vez, tras muchos años, estaba celebrando algo en blanco y rojo. Una pequeña batalla, que forma parte de la corta pero intensa historia de este club. Por algún lado debe arrancar un libro, y sin duda éste lo hizo desde tierras pacenses.

La afición blanquirroja.  Foto: Eduardo del Campo

Un nuevo equipo, una voz nueva, y un goleador eterno. Nada podía salir mal. Cervero hizo los dos goles, narrados extraordinariamente bien (no los recuerdo pero lo imagino; es muy bueno) por un José Luis que a la vuelta de ese viaje siempre recordará (se lo podéis preguntar cuando lo veáis, o seguro que os lo contará porque es un poco abuelo cebolleta) que fue la primera vez que sintió que al otro había alguien escuchando. La magia de la Copa surtió efecto, y pegado a la radio, el aficionado a este nuevo proyecto futbolístico se emocionó por primera vez, y sin saberlo, quiero pensar, lo hizo para siempre. Aquellos dos goles de Cervero, esa voz emocionada de José Luis García Iñiguez, y aquella Copa de 2010 que trajo hasta Las Gaunas posteriormente al Valencia de Isco, sin duda en mí hizo un efecto cauterizador. Cerró heridas y dejó el terreno abonado para el surgimiento de nuevas emociones.

La Copa del Rey, para los equipos modestos, es un premio en lo económico, o al menos lo era en el anterior modelo. La posibilidad de superar tres rondas ante equipos de similares categorías suponía entorno a 60.000 euros si se completaba el viaje hasta aquellos partidos de ida y vuelta contra un equipo de competición europea, que era donde habitualmente moría la emoción y donde seguro se rompía la magia copera.

Pero para los equipos modestos, quizás sin darse cuenta, la Copa del Rey ha supuesto la posibilidad de romper la rutina de una larga temporada en Segunda B no siempre estimulante ni del máximo interés, salvo para los muy cafeteros. O al menos para la Unión Deportiva Logroñés así ha sido. Va acumulando recuerdos, éxitos y fracasos; y la Copa del Rey ha sido un vivero de nuevas emociones. La Copa le ha sacado del desván para situarla en el escaparate del fútbol.

El torneo del KO, que este miércoles estrena esta Unión Deportiva Logroñés en esta temporada ante el Marino de Luanco, configura el ecosistema ideal para dejarse llevar, para ir a Las Gaunas y saber que tras 90 minutos nada volverá a ser como antes. Es donde surgen los instintos más primitivos del aficionado de verdad. Porque seamos serios: aquí nadie apuesta a caballo ganador. Si algo podemos asegurar sin miedo a equivocarnos es que la UD Logroñés no ganará este torneo en esta edición. Y si lo hace, vuelvo andando desde donde se juegue la gran final.

No ganará este torneo, y sin embargo una victoria abrirá las puertas a un deseo: ¿quién le tocará?; y si el asunto de este miércoles se decide en la prórroga, en los penaltis… nuevos héroes pasarán a formar parte de unos recuerdos compartidos. Cervero en Badajoz; San Fermín Sobrón aquel día que paró un penalti y marcó el decisivo; Miguel Santos y su penalti por la escuadra ante el UCAM; Buigues en Cartagena la temporada pasada… Y se celebrará como si de un título se tratara. Que para estar amargado ya tenemos el resto de la semana.

Es la Copa y la magia de una tarde donde solo puede quedar uno. No hay reválida ni partido de vuelta. Todo o nada. El fútbol en estado puro que permite a los modestos disfrutar de pequeñas finales a la espera de mayores éxitos.

Pero la Copa del Rey también puede ser diabólica. También trae noches desalentadoras que se recordarán por siempre. Lo de Formentera será un episodio que ningún buen aficionado olvidará en su vida. A partir de aquel minuto 82 en esa isla maldita pasaron cosas que solo la Copa puede provocar. Pero desde la desazón y el dolor también se riegan las raíces. Por lo que pudo ser y no fue, y por la lección aprendida de que la Copa puede sacarte del desván, como nos contó José Luis García Iñiguez, para iluminar el escaparate de las emociones, aunque sea solo durante noventa minutos, una prórroga y unos posibles penaltis.

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