El Rioja

Otro Rioja es posible

Rioja, la tierra de los mil vinos. Y de multitud de formas de entenderla. Por este Diario de Vendimia han pasado durante estos dos meses desde bodegas familiares que producen apenas unos miles de botellas a gigantes que manejan dígitos millonarios, de bodegas centenarias que prestigian el nombre de esta tierra por todo el mundo a jóvenes agricultores que adivinan el mismo mundo desde el garaje donde crean sus vinos. Todos tienen cabida en esta nueva Rioja del siglo XXI.

Atrás ha quedado el Rioja único de las grandes bodegas, volcadas más en los volúmenes de calidad que en el mimo de parcelas y majuelos. Son las que han encumbrado a la Calificada al lugar donde está, no lo olvidemos nunca, pero que en los últimos años se han visto obligadas a convivir con jóvenes viticultores que miran más al terruño y a la diversidad. Y creo que Rioja se ha enriquecido con estos vinos más personales que transmiten calidez y cercanía, lejos de una homogeneidad un punto apergaminada.

Valgan los fríos datos para aclarar cómo está el panorama de ventas en la DOCa Rioja con cifras del cierre de 2018. Diecisiete grandes bodegas riojanas comercializan el 55’38 por ciento del total de ventas, y abriendo un poco más el tramo comprobamos que la suma de las ventas de las 47 mayores bodegas alcanza el 81’28 del total. Son casi quinientas las bodegas activas comercialmente según datos del Consejo Regulador. Esclarecedor.

Nuevas formas de ver el ‘Territorio Rioja’

Al discurso habitual de Rioja únicamente como Alta, Oriental y Alavesa, que suena a argumentación con un deje de politequeo fuera de lugar, son muchos los profesionales que proponen calificaciones más acordes a suelos y climas. Sin olvidar el mítico estudio de suelos de Manuel Ruiz Hernández que, dice la leyenda urbana, reposa en un cajón del Consejo Regulador, Pepe Hidalgo presentó hace años un estudio conocido como «Comarcas Rioja» atendiendo a criterios como la naturaleza del suelo, el mesoclima y la altitud y orientación de los terrenos. Dividía el territorio en nueve zonas: Riberas del Oja y Tirón, La Sonsierra, Alto Najerilla, Ribera Occidental del Ebro, Ribera Oriental del Ebro, Laderas de Camero Viejo, Ribera Alta del Cidacos, Monte Yerga y Cuenca Alta del Alhama.

Alberto Gil y Antonio Remesal en su libro Vinos Silenciosos proponen ocho áreas de Rioja: Viñedos del Oja y el Tirón, Sonsierra Occidental, Sonsierra Oriental, Sonsierra del Ebro, el Najerilla, Viñedos del Iregua y el Leza, las Riberas de La Rioja y Navarra y Viñedos del Alto Cidacos y del Alto Alhama.

No hay dos sin tres, como me comenta Ana Jiménez, coordinadora de Bodegas Familiares de Rioja. «El gran diamante por pulir en Rioja es la diversidad de vinos que enriquece a esta denominación. Nunca defendemos la uniformidad de Rioja, porque creemos que son las bodegas pequeñas las que la hacen grande. Incluso cuando el Consejo manda los boletines de maduración a principio de vendimia, lo hace zonificando. Nos están hablando del Tirón, del Oja, de la Sonsierra, Moncalvillo, Ocón, Yerga, Alto Najerilla… La base de nuestra clasificación la marcan los montes y los ríos, o los cauces y sus valles. El relieve, los suelos… zonas con personalidad propia y con factor humano».

Su proposición es similar a las dos anteriores con el matiz de una división acorde a sus asociados: Viñedos del Oja-Tirón, la Sonsierra, Ribero Oeste del Ebro, el Najerilla, Entre el Iregua y el Leza, Ribera Este del Ebro y Laderas de la Sierra de la Hez y Monte Yerga. Una propuesta que marca un camino con la vista puesta más en el viñedo que en la bodega.

Y junto a la teoría, la práctica de viticultores que luchan día a día intentando alumbrar vinos con alma nacidos de pequeños majuelos, de viñas centenarias con rendimientos ridículos que se encontraban prácticamente abocadas a la desaparición.

Nuevos viticultores que ven el Rioja «de otra manera»

Por esta bitácora vitivinícola pasó hablándonos del calagraño Carlos Mazo, con su Costumbres y reivindicando la verdad de sus vinos y de los viñedos viejos en Aldeanueva: «Con cuatro hectáreas hemos dicho, vamos a hacer vino con lo que tenemos y vamos a salir a venderlo. Ya veremos hasta dónde llegamos porque en pueblos pequeños no se entienden bien estos proyectos. Nos da para comprar cuatro barricas haciendo las viñas de la familia a nuestra manera, porque sentimos que son las mejores, trabajando en garajes, sin tocar mucho los vinos para que duren y preguntando aquí y allá. Gente como Berta Valgañón, Roberto Oliván, Gabriel Monje-Amestoy, Pedrajo, Gorka de Malaspiedras… somos muchos los que estamos ahí. El pequeño productor de Rioja es necesario porque hace vinos diferentes».

Atentos a la historia de Rioja vista por Carlos: «Nuestro abuelos lo pasaron mal, algunos hicieron cooperativas porque estaban hartos, estuvieron un montón de años viviendo fatal hasta que se empezó a ganar dinero con la uva. Ahí entraron nuestros padres que dijeron, vamos a seguir y la uva empezó a valer y el Rioja a subir tanto en volumen como en calidad y se hizo un nombre en el mundo. Nos lo dieron todo, dejándonos un patrimonio impagable».

«Y ahora llegamos esta generación con todo montado –prestigio, Consejo y precios estables– y con estudios, pero algo críticos con la forma de llevar el viñedo. Y como somos pasionales y con poco que perder, nuestra generación apuesta por tratar las viñas de otra manera y vivir de esto haciendo nuestros vinos porque te lleva a la esencia del Rioja, pero con la idea clara de que tenemos que vender la cosecha año a año para poder seguir con este sueño. ¡Y eso da mucho miedo!».

Con la misma filosofía se presenta el grupo Rioja&Roll con una declaración de intenciones palmaria: «Nos gusta mancharnos las botas en el viñedo, hacer vinos con el corazón, libres, sin encasillar, que reflejen nuestra personalidad y la de los viñedos que trabajamos. Proponemos un estilo de vino más allá de rigideces geográficas o administrativas, tiempos de crianza o número de barricas en bodega». Estos son sus principios, no tienen otros.

Ahí están Bárbara Palacios, Tom Puyaubert y Bryan MacRobert –que ya han pasado por este Diario de Vendimia–, junto a Óscar Alegre y Eva Valgañón, Sandra Bravo, los hermanos De Miguel y Olivier Riviere, pequeños elaboradores con nombres que empiezan a sonar con fuerza. En un mundo teñido de colores ya algo ajados, cada vez más globalizado, esta cuadrilla rebelde busca su espacio. Y llegan con una paleta de colores propia, «vinos libres en donde el trabajo a pie de viñedo y el respeto a los tiempos que pida la viña sean los que marquen el paso». Su consigna In grapes we trust cobra más fuerza que nunca.

Pero fuera de Rioja&Roll se me ocurren otros nombres como Pilar Fernández Eguíluz y Carlos Sánchez con su Cantarada de los Mozos, Pedro Balda, los chicos de Panorámico reivindicando la zona de Albelda de Iregua, el proyecto Sínodo, José Gil de Olmaza o Gonzalo Gonzalo con su Gran Cerdo. Por citar únicamente otros viticultores inquietos que me vienen a la mente y que se unen, sin duda, a esta reivindicación. Son muchos los nombrados, y muchos más los no recordados en estas líneas, pero todos con una misma idea: entablar batalla vitivinícola a esa Rioja establecida, en muchos casos henchida de sí misma. De cualquier manera, y ahí va mi opinión, son dos modelos igual de legítimos y, sobre todo, complementarios. Todo suma.

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