La Rioja

El oficio de enterrador e incinerador: «Hay temporadas con lista de espera»

La rapidez y el menor coste hacen que la incineración sea ya el método mayoritario

Tras la muerte de una persona, una de las decisiones fundamentales que hay que tomar es la manera de darle sepultura. Tradicionalmente, lo convencional era llevar a cabo un entierro en el cementerio para poder, entre otras cosas, visitar al difunto siempre que se quisiera. Una opción que, poco a poco, y sobre todo desde que en 1963 la Iglesia católica autorizara la cremación, es elegida por menos gente. Sin embargo, hay muchas familias que, por respeto a las ideas de sus difuntos y por sus propias creencias, siguen eligiendo el entierro tradicional, sobre todo, en los pueblos.

Puede ser uno de los oficios menos demandados, pero hay quienes no sienten ningún tipo de pavor o repulsión por trabajar con los muertos. Este es el caso de Antonio Larrañaga, albañil de profesión, pero enterrador y desenterrador por encargo en la localidad de Corera donde reside. «Miedo ninguno, sí siento respeto, pero miedo solo dan los vivos», apunta tras 25 años realizando este tipo de tareas. Eso sí, confiesa que experimenta cierta tensión mientras lleva a cabo enterramientos en presencia de la expectación familiar.

Antes de sepultar a un fallecido, generalmente, tiene que desenterrar a un cuerpo o más para dejar hueco. En estos casos, asegura que son muchas las veces que se ha encontrado huesos de varias personas porque «antes se enterraban varios cuerpos juntos, ya que no daba tiempo a desenterrar a unos antes de meter a otros».

Principalmente, saca restos enterrados en tierra, por lo que su conservación depende mucho de la humedad. «Ha habido veces que he sacado prendas, cabellos, cuerpos enteros y gente momificada; otras, en cambio, solo había huesos que casi cabían en una caja de zapatos», relata.

Sus tarifas, explica, varían en función de la tarea. Así, mientras que por depositar las cenizas en nichos o taparlos cobra cincuenta euros, sacar cuerpos de nichos cuesta en torno a 150 y los desenterramientos en tierra asciende a los doscientos.

Aunque el enterrador sea él, es necesario la ayuda de varias personas para bajar el ataúd con unas cuerdas y empujarlo una vez esté ya en el subsuelo. «No suelo tener problemas para encontrar a algún voluntario, familiar o no, que se preste para bajar conmigo a la cavidad y ayudarme a recibir el féretro», declara.

Su método habitual de actuación a la hora de desenterrar es empezar desde los pies y, hueso a hueso, llegar hasta el cráneo. Larrañaga recuerda entonces una anécdota sucedida hace años: sacando los restos de un hombre, al llegar a la zona superior, no encontraba los huesos correspondiente a uno de los brazos. Cuando una familiar del difunto que estaba presenciando el desenterramiento le recordó que el hombre en cuestión era manco, Larrañaga no pudo más que echarse a reír.

Incineración

Actualmente, las incineraciones se han convertido en el setenta por ciento de las sepulturas. Pese a ello, Javier Barbadillo, funcionario del Ayuntamiento de Logroño y jefe de mantenimiento del cementerio municipal, señala que «aquí se trabaja todos los días del año. Tenemos un promedio de tres entierros diarios, aunque la cosa aumenta en primavera y a principios del otoño». Además, «nos encargamos del traslado de los cadáveres y del crematorio municipal».

La cremación se basa en la desintegración del cuerpo en un horno que se alimenta de diesel, gas natural o propano y alcanza temperaturas de entre 750 y mil grados. «En la cámara solo puede entrar un cuerpo. Esto hace que, con el aumento de peticiones de incineración, haya temporadas en las que tenemos lista de espera, no muy larga, eso sí».

El proceso viene a durar unas tres horas aproximadamente. Tras la preparación y revisión del cuerpo -deben ser retirados todos los dispositivos médicos metálicos, como marcapasos o tornillos- el ataúd se mete en la cámara de cremación, abierta unos segundos antes para perder el mínimo calor posible.

«El féretro arde primero y la madera desaparece por medio de unos motores de aire que empujan el polvo hacia arriba hasta que se esfuma». Una vez quemada la caja, se quema el cuerpo del difunto. Según comenta Javier Barbadillo, el precio de una incineración ronda los 190 euros para la gente de Logroño y 210 euros para personas de fuera. «Es mucho más barato que el entierro clásico, que incluye varios trámites y servicios como el embalsamiento , el alquiler de la sala del tanatorio, el ataúd, las flores…».

Una vez elegida la opción de sepultura, los restos de los difuntos descansan o bien en panteones familiares, nichos, osarios o columbarios del cementerio, siempre y cuando la familia no desee guardar las cenizas o llevarlas a algún lugar especial.

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