El Rioja

La singularidad de Cerro La Isa

Se acaban de hacer públicos los primeros vinos con el marchamo de Viñedo Singular. Son ocho los elegidos y, de ellos, dos han nacido en un viñedo centenario de Baños de Río Tobía: Cerro La Isa. Allí Juan Carlos Sancha ha sabido mantener esas viñas heredadas de su bisabuelo para alumbrar un tinto y un blanco que han pasado la segunda cata que los convierte en singulares por su excelencia.

Situémonos. Alto Najerilla, tierra fría, extrema en una denominación que allí acaba. Sorprende que la garnacha, siempre más habituada a zonas cálidas, reine en pueblos como Badarán, Cárdenas, Cordovín o el mismo Baños. «Tienes razón», asiente Juan Carlos, «el Alto Najerilla se ha caracterizado porque anormalmente se han conservado una gran mayoría de viejas garnachas. Yo pienso que por su rusticidad. En Baños siempre hemos cultivado garnachas y realmente con el cambio climático están fabulosas».

Como buen profesor universitario, Sancha comunica con una dialéctica arrolladora, pero siempre manejando datos: «Con mis colecciones de garnacha he querido hacer un homenaje, mi homenaje, a esta maltratada variedad, la ‘tapada’ como me gusta llamarla. Ahora mismo está de moda en cuanto a vinos, mensajes o prescriptores, pero no en cuanto a nuevas plantaciones. Baste decirte que en Rioja en 1973 teníamos más garnacha que tempranillo, cuando a día de hoy hay un 87,6 por ciento de tempranillo y solo un 7,6 de garnacha. Imagínate. Y en España se han perdido 106.000 hectáreas en los últimos 20 años». Los números son tozudos y, sobre todo, incontestables.

Satisfecho con mi adhesión, aparece de nuevo el bodeguero y me pregunta que si prefiero tinto o blanco. Me decanto por una garnacha del viñedo en el que acabamos de estar y seguimos tras descorchar un ’17. «Estamos ante una gran oportunidad de preservar el viñedo viejo. Esto es casi una ‘lucha a muerte’ contra la normativa de darle 7.000 euros a un viticultor por arrancar una viña magnífica para plantar un tempranillo clonal, en espaldera y con riego por goteo». Una reyerta donde no debemos dejar enemigos, me sumo a la arenga con convicción.

«El Viñedo Singular nace con la idea de proteger estos majuelos, que son los que han hecho grande a La Rioja. Esos planes de reconversión de viñedo han hecho más daño que ninguna enfermedad de madera tan en boca de todos. Es falso lo que se dice que se arrancan cepas viejas por enfermedad, hay más problemas de madera en viñedos con 30 años que en los centenarios». Asiento nuevamente y bebo, porque estoy de acuerdo.

Y ahora pregunto: ¿qué piensas de la clasificación actual por meses de estancia en barrica? «La respeto, pero no comparto la manera de clasificarlos; yo soy agricultor y vendo fruta, no soy carpintero y vendo madera. Quiero decir, el actor secundario que es la madera ha primado más que el protagonista, que es la uva. En el Viñedo Singular prima la uva, se debe tener una parada vegetativa en el momento del envero, un mínimo de 35 años, una producción máxima en tintas de 5.000 kilos por hectárea –6.922 en blancas– y un rendimiento de transformación del 65 por ciento, lo que viene a significar que tiene un 40 por ciento menos de producción en botellas que uno normal en términos económicos».

«Y sobre todo», arguye Juan Carlos, «una segunda cata una vez embotellado hecha por un comité de expertos que debe otorgarle la calificación de excelente. Eso a mí me parece fundamental. Por ahí podría venir el cambio en los Reserva y Gran Reserva, una nueva manera de evaluarlos para que los que no den la talla no puedan llevar esas contraetiquetas. No alcanzar esa categoría simplemente por meses de estancia en barrica».

Vamos a Cerro La Isa, un viñedo que ha certificado dos de los ocho únicos riojas calificados como singulares tras la segunda cata. Los otros seis son Sínodo Los Tollos de Villamediana, Caudum de Cenicero, La Taconera de Laguardia, Las Tapias de Elciego, Cosme Palacio Blanco de Laguardia y Canterabuey de Alfaro. «Cerro La Isa es el nombre del valle donde está el viñedo, compuesto por nueve parcelas expuestas al Sur. Yo siempre digo que a lo largo de mi vida de asesor habré plantado más de 800 hectáreas y nunca, repito nunca, he conseguido hacer la uva que sale de Cerro de La Isa, así de claro». Nuestros mayores sabían mucho…

«La viña la plantaron mi bisabuelo Daniel y mi abuelo Domingo entre 1906 y 1917, precisamente el año que se casó mi abuelo porque en Rioja tenían la costumbre de poner una viña para alimentar a los futuros retoños», sonríe Juan Carlos.  «Plantadas ‘al cuadro’ de 1,40 por 1,40 con una densidad de 5.100 cepas por hectáreas –lo normal es de 3.000– en un suelo arcillo-calcáreo con un alto contenido en hierro y una profundidad de 40-50 centímetros máximo. En total 1,7 hectáreas a 750 metros de altura en una ladera con desniveles de un 40 por ciento. Son prácticamente bonsáis porque la tierra no da para que crezcan más, tú lo has visto Fernando».

No hay quien le pare. «Y quede claro que es el viñedo más rentable que tengo, por una razón: lo he puesto en valor. A mis importadores y clientes los llevo allí para que vean que es un viñedo con alma. Es irrepetible, ésa debe ser la filosofía de un Viñedo Singular. Tiene 113 años y creo que puede vivir otro siglo sin problemas. Tengo, tenemos los viticultores, la obligación moral de preservar estas viñas para los que vengan detrás. Y fundamental recalcarlo, destacar la variabilidad genética que tienen estas parcelas, un patrimonio de enorme valor».

Apenas 1.500 botellas que salen hoy al mercado

Las etiquetas de Cerro La Isa 2017. «El tinto es cien por cien garnacha fermentado en barrica de roble francés Tronçais de 500 litros y con las duelas de la cara Norte. Criado 18 meses en roble y –tomen nota–, que sale al mercado precisamente hoy día 18 de octubre. El blanco es una curiosidad porque todas estas viñas viejas tienen siete, ocho, diez variedades conviviendo dentro del mismo viñedo. En este vino hay garnacha blanca, malvasía, viura y turruntés, hasta calagraño. Lo hemos fermentado en barrica donde ha reposado ocho meses con las lías».

«Soy de hacer vinos democráticos», parece disculparse Sancha, «pero se venderán sobre los 45 euros porque es imprescindible dignificarlos y ponerlos en valor. Únicamente 600 botellas de blanco y 890 de tinto. Estoy muy ilusionado con el blanco porque creo que hay un camino por recorrer muy largo y muy bonito. Y porque esas viñas centenarias ofrecen la suficiente calidad para llegar a hacer competencia a la Borgoña, creo que solo el corcho pondrá límite a estos blancos». Decía Oscar Wilde que uno siempre debe jugar de manera justa si tiene las cartas ganadoras, algo que cuadra perfectamente con la filosofía de calidad y precio de estos flamantes Viñedos Singulares.

Para terminar, la pregunta obligada. ¿Cómo ves ahora que ya tienes la uva en bodega esta cosecha? «Ha sido un año con un invierno y una primavera extremadamente secos. Después han caído unas tormentas muy bien repartidas y en el momento preciso, pero llegó septiembre y cambió el panorama. Tenemos una cosecha con menor fertilidad, menos racimos y más pequeños con menos granos de uva, pero mi vaticinio es que puede ser una cosecha un paso más allá de la excelencia, la veo excepcional. Soy optimista, espero que las garnachas 2019 van a ser de diez».

Nos vamos despidiendo. «Los mayores de Baños nos llamaban locos cuando empezamos a mimar los viñedos de mínimas producciones, queríamos los que estaban prácticamente desaparecidos, listos para arrancar. No nos entendían, pero con el tiempo están orgullosos por ver que estamos haciendo una labor por el pueblo y que las vamos a conservar. No hay nada más sostenible y que te deje más satisfecho que ver una viña que aguanta cien años simplemente dejándola estar y seguir creciendo». Respetar, cuidar, honrar el viejo viñedo para legarlo a las generaciones que llegan. Una filosofía la de Juan Carlos Sancha que respeto y comparto. Todavía estamos a tiempo.

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