Deportes

Un monolito

La pared de un frontón. Así tiene que ser la piel de un entrenador, como la pared de un frontón. Todo le toca, nada le hiere y debe devolverlo todo hacia afuera con buena cara y menos virulencia para de paso aislar a sus jugadores de los problemas del día a día. Como la pared de un frontón.

El egoísmo habitual del futbolista le impide ver, casi siempre, más allá de sus narices. Son los futbolistas esos que aseguran sin rubor que ellos son los únicos imprescindibles en este deporte. Garantizan, y es lógico, que sin ellos no se podría jugar un partido de fútbol. Se puede hacer sin árbitros, sin casi espacio, hasta sin porterías. Dos mochilas o dos piedras y a jugar a fútbol. Sin futbolistas no se puede jugar. Es un hecho. ¿Y sin entrenador?

El asunto es que en esta afirmación tan extendida, la de que los futbolistas son lo más importante de este deporte, nadie se acuerda del entrenador. Aseguran que se puede jugar a fútbol sin portería, sin árbitros… pero el tema es que no se acuerdan ni un segundo de la figura del entrenador. Pasa desapercibida.

Y, sin embargo, todos hemos tenido un entrenador al que recordaremos siempre. Todos hemos tenido la suerte de toparnos con un entrenador que ha formado parte de nuestra infancia y que nos ha marcado para siempre, porque más allá de los triunfos y de las derrotas, ese entrenador nos enseñó a perder y sobre todo nos enseñó a ganar; inculcó entre sus chavales la idea de que lo más importante es participar pero sabiendo competir porque “en la vida que hay ahí fuera se compite cada día”.

Valores fundamentales que se trabajan en casa, pero que se imprimen en la mente gracias a la figura de aquel entrenador que nos llevaba de un lado a otro para jugar a fútbol, y el mayor castigo era sentarnos a ver todo el partido en el banquillo. En el banquillo de un equipo, perdiendo la capacidad de ser futbolista dentro del terreno de juego, ahí es donde se aprenden muchas de las grandes verdades que seguirán vigentes durante toda la vida. “No juego”, te jodes, trabaja más. “No me pone”, no te tiene manía. “Me aburro”, pues no lo hagas. “Paso”, sigue pasando que vas a jugar menos aún. En el banquillo se cura la tontería, si el entrenador es justo, claro.

Durante ese sábado por la mañana, fuera donde fuera, él era el máximo responsable de todos nosotros, y como tal se le miraba y respetaba. Estábamos bajo el poder de sus decisiones, y su palabra era ley. Y sin embargo, conforme vamos creciendo, la figura del entrenador se va diluyendo en el malquerer de los malos o buenos resultados.

Vamos a las gradas a pitar a los entrenadores y aplaudir a los jugadores. Se insulta al entrenador por el once, por el cambio realizado, por la decisión tomada y la que no… Se insulta a quien se le exige ser como la pared de un frontón, porque todos sabemos que un entrenador es como un monolito que pasa desapercibido a un lado de una carretera secundaria. Está ahí porque tiene que haber de todo en esta vida, porque, creemos, que sin ellos se podría jugar perfectamente a fútbol. Hasta que se empieza a perder. Entonces, ahí sí, el entrenador es un mal necesario.

Y éste ha sido un fin de semana de entrenadores. Tanto de los ganadores como de los vencidos. Sergio Scariolo arengando a los suyos, el seleccionador argentino marcando el camino a todo un país para valorar con acierto el peso histórico de su plata… Y en otro escalafón, José Manuel Aira, de la Cultural, asumiendo la superioridad riojana con el único objetivo de hallar nuevos caminos para la mejora de su propia plantilla; o Sergio Rodríguez agradeciendo a sus futbolistas el esfuerzos realizado todas estas semanas para salir del peor arranque liguero de su historia.

Monolitos del sentido común. Monolitos descascarillados porque todos se la juegan domingo tras domingo. Son los que reciben el primer y el último insulto, y los primeros en ocupar la cola del paro. Y al mismo tiempo se les exige ser modelos de inspiración constante en la búsqueda de la gran victoria, ésa que todos acabarán haciendo suya una vez alcanzada.

Quizás algún día seamos capaces de acudir a Las Gaunas con el recuerdo vívido de aquel entrenador que nos inculcó el amor por el deporte, el respeto, la tolerancia o el esfuerzo constante… Entonces, igual, se nos arruga la lengua, se nos encoge el corazón y damos más tiempo a los entrenadores o al menos algo más de cariño.

Todos hemos tenido un entrenador que nos ha marcado para siempre, como Eduardo García, al que ahora todo el fútbol riojano llora y echa de menos.

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