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Cien veces Sergio Rodríguez

Aquellos dos partidos supusieron la mejor carta de presentación para aquellos que no le conocían en su faceta como entrenador de fútbol. Lo reconocían como promesa del fútbol riojano, primero; como futbolista profesional, después; como capitán de la Unión Deportiva Logroñés, más tarde; y también, finalmente, como persona del club que, tras su retirada, trabajaba con los canteranos. Pero aquellos dos partidos cambiaron la historia, la de Sergio Rodríguez y la del club donde lleva desde que se retiró, primero, colaborando, y ahora, trabajando.

Aquella goleada en Valdebebas (0-4) fue un hecho magnífico, algo insólito, un debut inesperado tras el fiasco de Carlos Puso por cansancio, a la espera de que el ‘nuevo’ director deportivo, el propio Carlos Pouso, fichara a su sustituto en una fórmula de lo más original, única hasta el momento en el planeta fútbol (el destituido entrenador ficha a su sucesor). A la espera de Rafa Berges, a Sergio Rodríguez le dio tiempo a golear al Castilla (0-4) y luego empató a cero en Las Gaunas ante la Real Sociedad B. Sus dos primeros partidos como entrenador de la primera plantilla habían sido un éxito. Pero no era su momento. Sí el de Berges.

En aquel momento, tras aquellos dos primeros partidos en interinidad, hubo quien desde dentro del club observó que Sergio, además de un hombre de club, podría ser responsable del primer equipo. “Pero ahora debe ser él quién debe tomar la decisión de si quiere o no ser entrenador de fútbol”, planificaban dentro de la entidad de Las Gaunas mientras Berges dirigía al primer equipo. El técnico andaluz llegó solo y solo se marchó tras aquella defensa de cinco que jamás le funcionó.

Tras la derrota en Socuéllamos, el equipo pedía primeros auxilios o la Tercera pasaba a ser una realidad. Sergio Rodríguez se puso de nuevo al servicio del club y aceptó, en interinidad de nuevo, el reto de revertir esta situación en el peor de los momentos. Esta valentía típica de los hombres de fútbol le permitió llegar a un vestuario que conocía, sentarse con tranquilidad y, sin levantar la voz, hacerse oír. Abrió las ventanas, entró aire fresco y el equipo respiró con alivio profundamente. Y de paso se abrió un deseo por aquel entonces íntimo, nunca verbalizado por nadie del club: ¿y si se logra el ascenso con un técnico de la casa? Aun sabiendo que estas grandes historias solo se relatan en clubes como el Barça de Pep, por ejemplo. Y esto es Logroño, sin ir más lejos, y la maldita Segunda B.

Redebut: 1-2 en San Sebastián de los Reyes. 4-0 al Navalcarnero en Las Gaunas. 0-1 en La Palma. Otro 4-0 al Castilla de Solari (ahora sabemos que esto no tenía mucho mérito) esta vez en Las Gaunas. 0-2 en Zubieta. Victoria ante el Real Unión (1-0). Derrota con los suplentes en Urritxe (1-0). Y 5-1 al Gernika en Las Gaunas para cerrar el curso. 7 victorias y una derrota, con Coulibaly encendido como pocas veces se ha visto a un jugador por Logroño. Solo dos goles en contra. Y si le sumamos sus dos primeros partidos en noviembre: 8 victorias, un empate y una derrota, en diez partidos. Prácticamente insuperable. Y una duda por resolver.

“No sabemos si quiere ser entrenador o no”, reconocían en el club tras aquella racha final tan inspiradora para sacar al equipo del descenso y situarlo finalmente en Copa del Rey. “Tiene una oferta encima de la mesa, la misma que le haríamos si trajéramos a un entrenador de fuera. Por ser de aquí no le vamos a ofrecer menos. Pero ahora debe ser él quien decida si quiere ser entrenador o profesor”. El discurso de noviembre se había fortalecido dentro del club en la recta final de aquel campeonato. “¿Y si el hombre ascenso resulta que lo teníamos en casa?”

Y aunque ahora aquel momento quede lejano y todos sepamos qué decisión tomó finalmente Sergio Rodríguez, aquel verano de 2017 no se veía de forma tan clara. Sergio Rodríguez dudó. Dudó bastante porque era un cambio de estilo de vida trascendental sobre todo para su familia. Porque para él, este salto fue de lo más natural:“Soy un hombre de fútbol, y sí, quiero ser entrenador de fútbol”. Y ya lo es una vez alejado de las aulas de Esculapios.

Este centenario que se celebrará (o no) el próximo domingo en casa, ante los suyos, no le llega en el mejor momento tras otro mal inicio de temporada, tras tres partidos sin ganar… Le llega, quizás, como perfecto reflejo de lo que ha sido su trayectoria como entrenador principal de la Unión Deportiva Logroñés. El chico de Logroño, el entrenador de los récords (segunda posición, 72 puntos, mayor porcentaje de victorias, menor porcentaje de derrotas, más goles a favor por partido, menos goles en contra por encuentro, semifinales de ascenso, 10.754 espectadores…) se ha topado con la cruda realidad del ser logroñés y muy riojano, y se ha chocado en las malas con algo muy nuestro: que más vale una sentencia ajena para gritar a los cuatro vientos aquello de la ‘Pousomanía’ que obtener buenos resultados con un perfil, no bajo, sino más bien normal, sin estridencias ni críticas veladas, sin gestos tribuneros ni medias verdades, sin aspavientos ni lecciones de superioridad, en proceso continuo de formación que le pasó factura en su primera temporada al completo cuando quiso mantener su impronta a pesar de la Segunda B y que supo ir modulando para alcanzar la segunda posición y las semifinales por el ascenso a Segunda.

En estos 99 partidos, Sergio Rodríguez acumula errores y también aciertos. Más aciertos que errores, pues no habría llegado a una cifra que solo ha superado Carlos Pouso (dimitió tras su partido 101). De haber fallado en exceso, sin duda, no habría llegado a ser centenario. De haber acertado en exceso, quizás, no seguiría entrenando en Logroño. O sí, porque cada vez que se le pregunta reconoce el amor sincero que siente por este club de reciente creación, donde llegó a ser capitán, donde se retiró y donde trabajó a cambio de las gracias durante cuatro años, antes de llegar a ser, por méritos propios ganados en diez partidos casi perfectos, el entrenador principal de la institución.

No es Molowny, como manifiesta casi siempre Félix Revuelta, ni ganas tiene de serlo. Molowny acudía al rescate de aquel Real Madrid en blanco y negro. Sergio Rodríguez lo rescató en sus peores momentos, y desde entonces sigue buscando un ascenso con una visión clara de lo que debe ser un club de fútbol profesional con futuro en Logroño. Pero es imperfecto, y se lo hacen saber constantemente desde la grada, y sin embargo progresa y seguro que le veremos en otros clubes, pero no pierde el foco de lo que ha venido hacer: trabaja con la honestidad que garantiza uno de la casa que sigue pensando en el fútbol de la región por encima de cualquier otro objetivo personal, y así lo explicó al término del curso pasado: “Un ascenso para recuperar para siempre República Argentina, como cuando éramos pequeños”, tal y como lograron al menos durante una tarde inolvidable. Aquellos diez minutos de ovación cerrada pese a la eliminación bien vale un exceso de pitos e insultos en su propia casa, de quien pudiera ser su vecino y como tal lo siente. Así es la profesión de entrenador. Lo sabe, lo asume y todo depende de los resultados para seguir siendo entrenador en su casa. Y cien veces lleva siéndolo Sergio Rodríguez.

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