Retrato de La Rioja

La vida camerana, del silencio al bullicio

Luis Espila. 39 años. Torrecilla en Cameros. Tendero en Ultramarinos Espila

Reportaje fotográfico: Clara Larrea ©

Algunas cuestiones requieren ser mamadas para sentirlas, para entenderlas, incluso para saborearlas. Porque eso es lo que marca la diferencia a la hora de tomar un estilo de vida con convicción o no. Luis Espila (39 años, Torrecilla en Cameros) es de los que cree en estilo de vida camerano, en disfrutar de los inviernos silenciosos entre semana y de los veranos con barullo.

Porque si algo tiene la sierra riojana son contrastes: en la cabecera de comarca apenas se llegan a los trescientos habitantes en plena semana laboral pero se superan los tres mil en verano. Acostumbrarse a ambos extremos tiene su mérito: no sentir que falta gente cuando es invierno y no creer que sobra cuando son vacaciones. Quizás eso es porque quien lo ha visto así desde la cuna lo entiende con naturalidad. Luis lo ha visto desde pequeño y hoy lo viven tan normal sus dos hijos, Paula, de ocho años, y Mateo, de cinco.

Como este retrato se hace en ‘día de labor’ son pocos los lugareños que nos topamos, pero aun así son unos cuantos: los del bar El Círculo, el alcalde que está dando una vuelta y niños. Grata noticia esta última. En el parque Felipe Nestares, el mítico de los árboles, varias niñas y Mateo, de diferentes edades, convierte la plaza en una pista de patinaje, meriendan, ríen. Porque esa es otra de las características de los pueblos pequeños: la convivencia múltiple, sin edades, sin géneros. Se trata de jugar y de comerse el ‘bocata’ y eso es lo fundamental, el fundamento.

Y entre medio de esa autenticidad Luis, el protagonista, va contando su vida: en la actualidad regenta la tienda-estanco-quiosco Espila, en la cuesta que sube a la iglesia de San Martín. Son los bajos de la casa de sus padres. “Antes que yo distintas generaciones de familiares se han dedicado a ser tenderos, mis abuelos por ejemplo tenían una tienda en Barruelo -uno de los barrios de Torrecilla-”, admite. Todo empezó en su bisabuela Antonia, luego sus abuelos, luego su tía… Y luego él.

Pero antes de llegar a la tienda, Luis también recorrió otros caminos. En sexto de la entonces EGB dejó el colegio de Torrecilla para estudiar en el Seminario. Un camino, en aquel momento, bastante habitual para quienes no residían en Logroño. Después siguió con los estudios en el instituto Escultor Daniel, hasta COU. “Ahí me planté, eso de estudiar no me iba”, admite y se puso a trabajar. Así ha sido la vida de muchos riojanos.

Su jornada laboral no es de 40 horas semanales, más bien de siete días a la semana, porque abre de lunes a domingo

La primera parada fue la empresa Embutidos Señora Julia, en Viguera, donde estuvo seis años. Después llegó su breve incursión en fábricas: primero, en una de Oyón de litografía y después, en Logroño, en otra de lacados. Pero las perspectivas eran difusas y coincidió que su tía -quien tenía una tienda de ultramarinos- se jubilaba y valoró quedarse con el negocio.
De eso han pasado 15 años.

Hoy la vida de Luis gira en torno a la tienda “Ultramarinos Espila”. Su jornada laboral no es de 40 horas semanales, más bien de siete días a la semana, porque abre de lunes a domingo: de lunes a sábado en horario de mañana y tarde, y los domingos por la mañana. Pero a tenor de sus palabras no supone una gran carga… “Es un trabajo agradable, entretenido. En verano es más intenso, incluso contrato a algún chaval para que me eche una mano porque no se da abasto y para atender bien se necesitan dos personas”, cuenta.

¿O sea que se cumple la frase de ‘hacer el agosto’? (Ríe). “Bueno, podría decirse que sí. Los meses de vacaciones la vida cambia completamente en Torrecilla y hay mucho más movimiento”. Y con este argumento llega su reflexión: “Yo suelo decirle a todos los que vienen los fines de semana, que son bastantes, porque la gente le tiene cariño al pueblo y bien por familia o por ‘veraneantes’, vienen, pero insisto, yo les digo: eh, que hay que ser consciente de lo complicado que es mantener una infraestructura y unos servicios capaces de atender a más de tres mil vecinos cuando la mayor parte del año son trescientos…”.

«Yo lo tenía claro, quería vivir en Torrecilla y mira, he podido llevarlo a cabo: trabajo, vivo…»

El futuro del Camero le preocupa. “No sé hasta qué punto se podrán mantener las cosas”. Pero él por de pronto ha apostado por ello. “Yo lo tenía claro, quería vivir en Torrecilla y mira, he podido llevarlo a cabo: trabajo, vivo…”. En ello tiene también que ver que su mujer Oihana sea lugareña. “Es de Torrecilla, pero yo tengo más antecedentes”, ríe. Ella trabaja en la guardería de Lardero y sus niños van al colegio local, pero hay determinadas extraescolares que cursan en Logroño como baile, natación o música.

“Ahora son 17 niños los que van a la escuela, en gran parte se mantiene por el cuartel de la Guardia Civil, que ahora en las nuevas instalaciones ha atraído a familias; creo que no habrá problema para que Mateo termine aquí la Primaria, pero ya veremos qué pasa después, si puede seguir abierta”, apunta Luis.

Entretanto vamos recorriendo su pueblo, la fuente, la plaza del (el Barrio que le llama él) y la tienda, donde vende fruta, ultramarinos, tabaco, prensa… “Yo no sé qué tiene ‘el Pronto’ pero es la revista que más vendo: debe engancharles, y aunque la compren más mujeres, ¡ojo!, que a los hombres también se les va el ojillo a ver qué cuenta”, ríe. Y, ¿qué hace él cuando no hay clientela? “Suelo leer, novela sobre todo”, apunta mientras enseña la que tiene ahora entre manos, ‘La caída de los gigantes’, de Ken Follett.

En el tiempo libre, que aparenta ser poco, “me gusta andar en bicicleta -de carretera- pero voy poco”. También pertenece a la Peña de Torrecilla y a la Sociedad de San Martín. Es muy de Torrecilla. “Yo admito que para no agobiarte en invierno con el frío, la oscuridad y que está todo más muerto, hay que mamarlo; yo lo llevo bien, pero quizás porque lo he vivido desde pequeño”.

Son cosas muy propias de los cameranos y aquí fluye un tema que quien conoce de algo Torrecilla sabe que es vital: la Virgen de Tómalos y todo lo que se genera en torno a ella. En invierno su figura reside en la ermita que lleva su nombre, pasado el pueblo, junto a la N-111, y en verano pernocta en la iglesia de San Martín, en el centro de la localidad. Y en función de ello, por la devoción que se le tiene, se decide el enclave de bastantes enlaces matrimoniales. “Yo soy de los que cree que a pesar de lo bonita que es la ermita de Tómalos y el entorno, donde tiene sentido es en la parroquia, donde has hecho tu vida religiosa. Así que yo me casé con la virgen presente, pero en la iglesia”, sentencia. No hay mucho más que discutir: es cuestión de sentimiento, y de haberlo mamado, claro.

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