Retrato de La Rioja

La horma de su zapato

Javier Oñate. 41 años. Arnedo. Director del Centro Tecnológico del Calzado de La Rioja

Reportaje fotográfico: Clara Larrea ©

En la vida, a menudo, se busca una horma en la que sentirse cómodo, con la que identificarse, pero siempre manteniendo el carácter propio. Lograrlo no siempre es sencillo, pero si se consigue es muy satisfactorio. Esa horma se aplica a lo personal, a lo laboral, a la amistad… Javier Oñate (41 años, Arnedo) hace tiempo que encontró la suya como director del Centro Tecnológico del Calzado de La Rioja (CTCR), en su pueblo. Y no solo porque sea un juego de palabras, que encaja a las mil maravillas con este retrato, sino porque sobre todo se acomoda con su historia.

En Arnedo es casi imposible toparse con alguien que no tenga relación con el sector del calzado. O primos, o padres, o hermanos, o abuelos, o tíos, o uno mismo en algún momento de su trayectoria se entremezcla -bien directa o indirectamente- con la actividad que ocupa al 80 por ciento de la localidad. Javier, nuestro protagonista, no es la excepción. Sus padres trabajaban para una firma de calzado y su hermano, tras estudiar FP, también acabó ahí.

«Me decanté por Empresariales. Pero siendo de Arnedo, lógicamente, una de las aplicaciones era una empresa de calzado, pero en administración»

Pero él siempre ha sido inquieto y en parte ambicioso de buscar algo más. No hay más que pasar una tarde para comprobar su energía. “Me decanté por Empresariales, en la Universidad de La Rioja; íbamos unos cuantos de Arnedo a hacerlo”. Y claro, luego eso había que ver cómo aplicarlo al mundo profesional. “Siendo de Arnedo, lógicamente, una de las aplicaciones era una empresa de calzado pero en administración. Así que me fui a hacer prácticas a Grupo Hergar (Callaghan): una figura, la de becario, que por aquel entonces no pasaba casi de poner cafés, coger el teléfono y hacer fotocopias”, cuenta entre risas. Pero estando ahí surgió la posibilidad de incorporarse a una empresa de maquinaria para fabricación de calzado. A los pocos años se convirtió en director de Administración de tal grupo.

Entonces, en el año 2000, le llamó Basilio García (hijo), de Callaghan, y presidente en aquel momento de AICCOR (Asociación de Industrias del Calzado y Conexas de La Rioja): pasó a ser secretario del colectivo del calzado riojano. Y ahí empezaron los retos, el principal: gestar un centro tecnológico del calzado, en el principal centro de actividad, en Arnedo. «En 2003 lo llevaban en el programa electoral casi todos los partidos…», recuerda. Finalmente lo diseñó el arquitecto Luis Rojo de Castro, de la escuela de Rafael Moneo. «El proceso fue largo, desde el proyecto hasta su construcción», cuenta ahora.

Su altura delata una de sus aficiones, el baloncesto, pero no por ello impone seriedad, al menos a NueveCuatroUno: la sonrisa asoma con frecuencia. Sentado en el ‘showroom’ del CTCR, va repasando su vida. “Pero aunque me tocaron todos los trámites de concepción del centro el puesto de director estaba sin asignar: de hecho hubo un concurso y lo ganó un chico de Burgos, pero al final renunció al puesto. Yo había quedado segundo en la prueba de selección y acabé ocupando el puesto de dirección (al tiempo que mantengo el de secretario de AICCOR)», precisa. Y de hecho, la asociación y el CTCR han aunado fuerzas, de tal forma que casi se han fusionado.

Como el buen vino, el centro ha ido ganando músculo. «Empezamos cinco personas y ahora somos casi una treintena. La verdad que en poco más de diez años el cambio del sector ha sido muy importante: y con él hemos tenido que cambiar nosotros, adaptándonos a las necesidades», explica. Porque, ¿qué se hace exactamente en este edificio ubicado en el polígono El Raposal? «Se llevan a cabo proyectos de I+D+i, se dan soluciones para la industria 4.0; sostenibilidad en materiales avanzados; nanotecnología; biotecnología; ecodiseño; se busca mejorar los procesos y los productos, siempre para mejorar la competitividad; además ofertamos servicios como por ejemplo la homologación europea del calzado de uso profesional; llevamos a cabo pruebas piloto de los proyectos; ofrecemos análisis a las empresas…», enumera Javier.

«Se prueba absolutamente todo: tanto materias primas por separado, como productos terminados» Desde la resistencia de los cordones, al pegado del velcro…

Sorprende tal variedad de servicios, pero en un recorrido por las instalaciones vamos sorprendiéndonos más aún: varios laboratorios donde se llevan a cabo ensayos de aspectos tan variopintos como puede ser la resistencia de los cordones al rozamiento, lo que pega un velcro, la goma… «Se prueba absolutamente todo: tanto materias primas por separado, como productos terminados». En ese paseo por las distintas estancias, donde predominan los ingenieros de todas las especialidades, ciertas máquinas producen admiración: como una impresora en 3D que materializa prototipos. También hay maquinaria para fotografías 360 grados y la creación de hologramas, especialmente destinados para ferias.

Si ya uno se centra en aspectos más concretos, como los que se muestran en la ‘showroom’, el asombro se vuelve algo común: piel natural cultivada con bacterias; sandalias flip-flop hechas con polvo de neumático reciclado; tejidos que cambian de color con la temperatura… Y eso solo son unas pinceladas de lo que han llevado a cabo.

Pero si algo le preocupa a Javier Oñate, el director, es que el CTCR no sea algo local. «No podemos quedarnos solo en Arnedo y solo en el calzado. Salimos mucho, estamos metidos en múltiples colectivos, aplicamos nuestra tecnología a otros sectores como la automoción, las conservas, los juguetes, etc.», apunta enérgicamente.

Todo ello siendo arnedano, ¿un motivo doble de orgullo? «Sobre todo es un orgullo que tengamos esto aquí, porque nadie se imaginaba que iba a haber un centro de este calado en Arnedo; y da un valor añadido a todo el tejido empresarial», subraya quien asumió la responsabilidad sin haber cumplido los treinta años. «La verdad que nunca me ha asustado la responsabilidad», admite.

Aunque no solo del trabajo vive Oñate. «Además tengo dos hijos, un niño de ocho años y una niña de dos». Residir, en este momento residen en Calahorra, de donde es su mujer, a quien también conoció en el mundo del calzado, trabajando en la parte comercial.

Se le ve decidido y con desparpajo. Aunque si pensábamos que todas las aplicaciones tecnológicas nos habían sorprendido, mucho más la afición de Javier. «Soy músico. Toco la trompeta desde bien pequeñito». ¿La trompeta? «Sí, mi abuela era vecina del director de la banda de Arnedo, con el que se llevaba muy bien, y empecé a tocar. Y de hecho sigo tocando en la banda: se ensaya el jueves, y el día que puedo voy. No voy todo lo que me gustaría, pero lo mantengo».

«Me pagué los estudios con lo que sacaba por ahí de músico en orquestas y charangas»

Su afición no se limitó a la banda. «Estuve en grupos. De hecho, me pagué los estudios con lo que me sacaba por ahí de músico en orquestas y charangas». Poco más que añadir. Ah, no, hay más… «He sido bastante deportista: de la selección riojana de baloncesto, con mi equipo campeón de La Rioja…».

Le gustaba mucho el deporte y la música, pero su ‘Pepito grillo’ particular le bajó a la tierra. «Ya sabes, mi padre me dijo ‘déjate de música y deporte, dedícate a los estudios’, y así he acabado: toda una vida ligada al mundo del calzado, aunque no sea zapatero». En sus distintos ámbitos, Javier ha encontrado la horma de su zapato.

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