Retrato de La Rioja

El gusto por la vida tranquila del Valle de Ocón

Sergio Balmaseda. 25 años. Corera-Molinos de Ocón. Granja de huevos camperos HuevOcón

Reportaje fotográfico: Clara Larrea ©

Cada uno necesita su espacio vital. Unos en medio de la ciudad, otros en el medio del campo, unos a cubierto, otros al aire libre… La cuestión clave está en encontrar “el lugar”. Porque lo que para unos es genial, eso mismo, para otros es desastroso. Sergio Balmaseda (25 años, Corera, donde reside) ha encontrado su lugar en la zona del Valle de Ocón. En concreto, en los Molinos de Ocón, de donde es originario su padre, Rafa. Ahí se dedica al negocio familiar: HuevOcón.

Sin embargo, su historia no es la de la tercera o cuarta generación de ganaderos. No. Su historia y la de su familia, es la de un núcleo familiar ‘reinventado’. ¿Por qué reinventado? Porque la crisis arrasó con muchas cosas, también con la actividad relacionada con la construcción a la que se dedicaban sus padres. Él, terminados los estudios, estaba también sin trabajo, lo mismo que su hermano Héctor. Así que se lanzaron a probar suerte: poniendo una granja de huevos camperos en la tierra de donde proceden, Ocón (ellos vivían entonces en Logroño). 

“Al principio sabíamos lo justo sobre la cría de gallinas: a esto se aprende sobre la marcha, observando los detalles”

“Cuando empezamos en octubre de 2015 sabíamos lo justo sobre la cría de gallinas para huevos camperos: a esto se aprende sobre la marcha, observando los detalles… Con prueba-error”, explica Sergio, que estudió por la rama del Bachiller de Artístico, aunque finalmente se decantó por una FP de Imprenta. A su lado su madre, Mamen, le deja que se suelte a hablar, pero con dulzura le va complementando. Se nota que ella es el faro.

Pero en este barco, que dieron en llamar HuevOcón, todos tienen su misión: Sergio se encarga de la granja y las visitas principalmente, Rafa de ir a vender a los mercados, como el de Vitoria, además de llevar la explotación agraria (viña, almendros, olivos…) y Mamen del reparto por las tiendas y restaurantes de Logroño y también de la gestión. Aunque en la práctica los tres están por la granja, incluido el hijo pequeño, Héctor, que trabaja en la cooperativa vinícola del valle, pero que también ayuda cuando hace falta.

Recogen al día unos 800 huevos y cuentan en la actualidad con 1.100 gallinas; empezaron de forma experimental con medio centenar

Y es que lo que empezó con una prueba piloto de medio centenar de animales, luego pasó a 420 y en la actualidad son unas 1.100 gallinas las que conforman la explotación ubicada a las afueras de los Molinos de Ocón. ¿Cuántos huevos cogen al día? “Unos 800”, apuntan. Son camperos, no llegan a ser ecológicos, pero a la alimentación de pienso le añaden “su toque”, el de cereal sembrado por ellos mismos.

“Desde que les abrimos a las 11 de la mañana, ellas pueden hacer lo que quieren: salir, entrar… Tienen total libertad”, explica Sergio. Pero son bastante rutinarias. “Todo tiene que ser a la misma hora, si no se vuelven locas”, precisa. “Las gallinas son muy cuadriculadas”, añade Mamen. “Un poco tontas, diría yo”, ríe Rafa. Y es que su comportamiento es repetitivo al máximo. “El primer mes con nosotros es cuando más atención exigen: hay que enseñarles constantemente lo mismo: donde tienen que poner, donde tienen que comer…”, cuentan.

Estas aves, que llegan con 17 semanas de vida, permanecen unos 15 meses en HuevOcón, para partir después al matadero. “Las tenemos el tiempo en el que mejor calidad dan los huevos: nuestra apuesta es por la calidad”, admite Mamen.

“Es un trabajo sacrificado en el sentido de que se trabaja todos los días; las gallinas no distinguen entre días de fiesta o de labor”, dice Sergio. “¿Qué día es hoy? Ni sé, todos estamos liados”, asegura entre vaciles Rafa. Pero en equipo todo aparenta ser más llevadero. Y en el equipo está desde hace algo más de un año Bobi, su perro, que no para de un sitio a otro. Lo normal.

Y aunque el frío aprieta, la nieve está muy cerquita y el suelo resbaladizo del exterior invita a la cautela, no hay Retrato sin experiencia in situ. Así que nos metemos hasta la cocina. Dentro del cercado donde están las gallinas el principal ‘gozador’ es Bobi. Las gallinas son para él amigas con las que jugar, aunque ellas no lo sepan. Las coge con la boca, cual pelota, pero nunca trata de hacerles daño. “Estate quieto, si te portas mal te vas fuera”, le grita Rafa. Atiende durante unos instantes, pero luego se deja llevar por la emoción del juego. ¿Resultado? “Has sido un desobediente, así que a verlas desde fuera”, le riñe el padre de la familia. “No les hace mal, pero tampoco es cuestión de que se estresen y son bastante sensibles”.

“Cuando empezamos las águilas nos mataron gallinas y como estamos en la Reserva de la Biosfera había pocas opciones: las ocas nos sirven como protectoras y las águilas no atacan”

Sorprendentemente, en una parte del terreno hay otras aves que no son gallinas: tres patos y 16 ocas. “Y tiro porque me toca”. Pero, ¿por qué ocas? Miran desafiantes. “Son muy malas. Muerden, atacan. Sobre todo las más grandes. No se andan con tonterías. Un día me mordieron en el culo con pantalón y buzo incluido”, cuenta Rafa mientras agarra a Bobi, quien les ladra de vez en cuando y ellas se encaran.

Entonces, ¿cuál es su función? “Cuando empezamos las águilas nos mataron gallinas y como estamos dentro de la Reserva de la Biosfera, pues no se podía hacer casi nada. Así que mirando qué hacer de forma natural, leí que las ocas hacían función de protectoras y las águilas no atacaban con ellas”, puntualiza Mamen. Y probaron. “La verdad es que conseguimos el objetivo”.

Ahora, además de proteger, también intentan aprovechar sus huevos, pero como solo ponen de febrero a mayo, son un bien preciado: “Son como tres huevos de una gallina”, indica Sergio. “Hacemos jornadas en mayo entorno a los huevos de oca”. Esa es otra de las actividades que organizan desde HuevOcón, en este caso con el restaurante La Alameda, de Pipaona. Entre ambos hay muy buena sintonía y tratan de hacer acciones conjuntas para revitalizar la zona. “El Valle de Ocón, no nos engallemos, es el gran desconocido, pero cuando se preparan cosas funcionan bien”. ¿Un ejemplo? Este mismo fin de semana tienen jornadas FungiOcón con La Alameda, donde las setas y los huevos como protagonistas.

Hablando de protagonista… ¿Es feliz un chaval de 25 años en este lugar? “Te tiene que gustar este modo de vida, la tranquilidad, pero eso de mirar por la ventana y no ver edificios, no tiene precio. Me encanta”. Eso y el estar al aire libre, con animales… “La tarea que menos me gusta es la de clasificación de los huevos y meterlos en los envases. Pero hay que hacerla. Para llevarla de forma más amena me pongo mi música”. El contrapunto son las visitas de familias o de grupos organizados. “Les enseñamos lo que hacemos, cómo viven las gallinas, etc. Hay un grupo de discapacitados, de la entidad ‘Igual a ti’, que ha venido varias veces y se lo pasan en grande”.

No sabemos si tan en grande como Bobi, gran apasionado también de comer huevos. Aunque si se trata de hablar de pasiones, Sergio no solo disfruta con su vida en Ocón: tiene un lado artístico bastante desarrollado. “Me gusta dibujar, pintar, crear… Ahora estoy ilusionado con aprender a hacer tatuajes. Ese es mi objetivo. Con eso se complementaría mi vida más aún”. Lo dice al tiempo que enumera su afición por la práctica de múltiples deportes, entre los que destaca la bici o el boxeo… Pero es muy joven. “¿Si me veo aquí toda la vida? No sé, pero con gente a mi cargo para trabajar algo menos y que al menos sea lo que me vacilan que soy ‘empresario huevón”. Es lo que tiene andar tocando huevos todo el día, que da mucho juego, literalmente hablando…

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