Retrato de La Rioja

De la oscuridad a la luz

Alfonso Sáenz. 40 años. Arnedo. Cura en el Camero Nuevo y Logroño

Reportaje fotográfico: Clara Larrea ©

La oscuridad atrapa, la luz libera. Alfonso Sáenz (40 años, Arnedo) vagaba por la primera tratando de buscar la segunda. Su vida, hace no tanto, caminaba entre las sombras y hoy lo hace en medio del fulgor. ¿Qué ha cambiado? A tenor de su relato, muchas cosas. Por de pronto, desde septiembre del pasado 2018, es sacerdote de la Diócesis de Calahorra-La Calzada-Logroño.

Pero no ha sido tan simple su camino. No llegó a este mundo pensando que quería ser cura. Ni mucho menos. Este arnedano llevaba una vida como la de muchos jóvenes: sin especial apego a la religiosidad, sin un trasfondo espiritual, de fiesta, con relaciones de pareja… Primero trabajaba en una fábrica de lo que uno imagina que es lo típico emplearse en Arnedo, de zapatos. “Pasaba horas montando las piezas y apenas sabía nada de la vida de la chica que tenía enfrente, estaba insatisfecho”.

“Iba acumulando errores, uno tras otro. No salía. Toqué fondo…”, recuerda.

Sin estudios específicos, en ese momento decidió comenzar a formarse en algo que le gustaba: electricidad y fontanería. “Siempre me ha gustado desmontar todo”, ríe. Así, comenzó a trabajar como fontanero, donde se sentía más a gusto, pero su vida personal transcurría en un sinsentido, y estaba entrando en la treintena. “Iba acumulando errores, uno tras otro. No salía. Toqué fondo…”. Un fondo confuso y oscuro, el de las adicciones, del que mucha gente no consigue escapar, en el que normalmente se necesitan terapias, pero algo se le removió poco a poco en el interior…

“A los 33 años algo me hizo ‘clac’ dentro; recuerdo que estaba oyendo Amaral, arreglando un desagüe…”, cuenta, incluso chascando los dedos. Un algo que él mismo no entendía y sobre todo no aceptaba: una inquietud interior hacia no sabía qué, pero algo superior. Entonces, en esa guerra interna, “porque lo que más me costó fue mi lucha interior”, acudió a hablar con su tío Félix, sacerdote. “Cuando me vio aparecer puso cara de ‘Madre mía, qué habrá hecho este ahora’”, reconoce entre sonrisas. Porque hoy todo su relato fluye con un brillo en sus ojos y una sonrisa casi imborrable, ni atisbo de esas sombras de las que habla.

Así, pues, tras pasar un rato con su tío, hablar de nada y quedarse a cenar, en la despedida dijo algo definitorio: “Creo en Dios”. A partir de ahí, muy poco a poco, comenzó a interesarse por los temas espirituales, a ir a misa… “Me daba vergüenza que me vieran ir a la iglesia y daba varias vueltas antes de llegar, para despistar por si alguien me veía y me preguntaba adónde iba”.

Sin embargo, esa inquietud crecía y a los 34 años dio otro paso: se matriculó en el Seminario para estudiar Teología. Y poco a poco se redescubrió a sí mismo. “Tenía mis capacidades completamente dejadas. Lo único que leía por aquel entonces eran los manuales para montar las calderas. Y empecé a leerme cosas superdensas. En los inicios me faltaba concentración, leía tres frases seguidas y no había entendido nada…”, recuerda. Pero en vez de abandonar, se aferró más a ello y lo terminó. “Increíble, y con buenas notas”.

“Me fui acercando más a mis padres, estaba muy alejado de ellos, bueno, de todo, en general. Y un día les dije: ‘Creo en Dios”

Su vida iba mejorando. “Me fui acercando más a mis padres, estaba muy alejado de ellos, bueno, de todo en general. Y un día les dije, ‘Os tengo que decir algo’. Se miraban con preocupación, y les dije lo mismo. ‘Creo en Dios’. Ellos se aliviaron, ya habían visto que algo estaba pasando en mí, que había cambiado. De hecho, todo lo que me ha ocurrido les ha acercado más a la fe”, explica Alfonso mientras conduce con el equipo de NueveCuatroUno camino de los pueblos del Camero Nuevo donde ejerce.

Poco a poco, esa cercanía con la religión le mostró su camino: el sacerdocio. “Mis amigos hicieron una porra a ver cuánto aguantaba; nadie la ha ganado”, ríe. Y el 16 de septiembre de 2018 vivió el día más especial: cantó misa por primera vez; es el último cura ordenado en La Rioja. Ahí empezó su nueva vida, oficialmente, porque hacía tiempo que nada en él era como antes.

Hoy vive a medio camino entre los pueblos del Camero Nuevo (Villoslada, Lumbreras, San Andrés, Villanueva de Cameros, Pradillo -compartido-) y la Unidad Pastoral de Santo Domingo de Silos en Logroño, celebrando misa también en las parroquias de la zona Oeste de la ciudad. Además, colabora con Proyecto Hombre La Rioja: “Cuando miro a los usuarios sé que yo podía haber sido uno de ellos, aunque en su momento no di el paso”, admite hoy, liberado, con aficiones deportivas como el esquí o la escalada que tanto le ayudaron a salir de la oscuridad.

Respecto a su día a día actual, “ahora, en invierno, como hay más tarea en Logroño, por la catequesis y los grupos pastorales, estoy entre semana en la ciudad y el fin de semana en los pueblos; pero la idea es que cuando llegue el buen tiempo, que las cosas se revierten, esté de fijo viviendo en Villoslada y atendiendo así esa zona de diario”, relata.

Y ahí que nos vamos, a conocer in situ esos pueblos. Primera parada: la panadería de Pradillo. Allí Mari Carmen recibe con gran vitalidad. Ella, además de panadera, como atestiguan sus manos con restos de harina, es la encargada de limpiar y mantener los cuatro templos que tiene este pueblo: la iglesia y tres ermitas. Gente como ella son el gran patrimonio de estos pueblos, la irreemplazable.

El diálogo entre ellos es un lujo, a Mari Carmen le puede la espontaneidad. “La verdad es que hemos tenido suerte con los curas que nos tocan, Alfonso lleva solo tres meses, pero queremos que se queden más tiempo, enseguida nos los quitan”, protesta. “Yo lo que digo es que os teníais que poder casar”, subraya.

“Es un reto apasionante estar en este instante de la historia de la religión y ver hacia dónde gira todo”

Siguiente parada: Lumbreras. La nieve cubre ligeramente algunos puntos. “Me da pena no haber estado mucho todavía por aquí. Tengo ganas de ir conociendo poco a poco los pueblos y la gente. Disfruto del día a día; de cada homilía, de cada celebración: a cada uno le llega el mensaje de una manera”, admite Alfonso. ¿Y cómo se lo prepara? “Necesito un tiempo de reflexión antes de la misa”,  al tiempo que explica que también la tecnología ha irrumpido en la actividad religiosa, con la app de ‘Rezando voy’ y el servicio de WhatsApp ’10 minutos con Jesús’, que le sugieren conceptos.

Él sabe que en estos tiempos ser cura es ser una ‘rara avis’. “Lo sé, pero vivimos momentos de cambio, en los que los feligreses tienen que dar un paso al frente y tomar una actitud activa, no ser pasivos como hasta ahora. Es un reto apasionante estar en este instante de la historia y ver hacia dónde gira todo”.

Tercera estación: Villoslada, donde está la casa parroquial. Allí una visita al bar, saludos con los lugareños y un recorrido con Yoana y su madre Ana Mari, una menuda señora, que es quien se encarga de abrir por la mañana la iglesia de Nuestra Señora del Rosario y cerrarla por la tarde. “Venid a ver los chorizos recién hechos, que los acabo de colgar”, insiste Yoana, pura energía. Es la auténtica vida camerana invernal: muy poca gente, secado de embutidos, olor a leña… “No os podéis ir sin tomar algo”. Los serranos son así, no solo no cierran las puertas de las casas, sino que además las abren a los que se acercan. El corazón de La Rioja más empedrada.

Y después de pasar una jornada con él por los pueblos que le toca atender en el Camero Nuevo, surge una duda: ¿Cómo le gusta que le llamen: cura o sacerdote? “Me gustan los dos; cura tiene un significado muy bonito de ‘cura de almas”. Nos quedamos con cura. Es la historia de su vida: se curó y ahora busca hacer lo propio con el resto. Predicando con el ejemplo y en su caso siempre se puede decir, sin faltar a la verdad, que fue cocinero antes que fraile.

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